Concierto

C. Tangana, domador de la música latina en el Palau Sant Jordi

  • El cantante madrileño se mostró dominador en el espectáculo ‘Sin cantar ni afinar’ fundiendo registros flamencos, tropicales y urbanos, e integrando a una treintena de músicos y a tres invitados inesperados, Estopa, Jorge Drexler y Kiko Veneno

JORDI COTRINA

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Jordi Bianciotto
Jordi Bianciotto

Periodista

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De chico malo de la música urbana a anfitrión de la casa común latina: C. Tangana escenificó este sábado su salto del nicho trapero a una música caliente de amplio espectro anotándose los favores de sus mayores, como Kiko Veneno, Estopa y Jorge Drexler, sorpresas del programa. Lo hizo en un espectáculo de factura inédita, el de esa gira, de irónico título, llamada ‘Sin cantar ni afinar’, con una treintena de músicos, carrusel de invitados y puesta en escena con perfiles informales y arrolladora pulsión festiva.

Antón Álvarez, C. Tangana, parece haber concebido esta gira para que sea histórica, y va a ser difícil contradecirle atendiendo al empuje de un concierto con el que, en el Palau Sant Jordi (entradas agotadas, 18.360 asistentes, según la promotora The Project), se mostró dominador sin siquiera necesidad de acaparar el foco. Pucho (para los amigos) fue el chulapo con modos de gánster que se las apañó para que danzaran a su alrededor no solo la tropa de músicos de viento o de cuerda, y cómplices como la portentosa Rita Payés (trombón en ristre en ‘Te venero’, secundándole cuando cantó frases como “Julián Muñoz, Jesús Gil, todo eso lo aprendí de ti”), sino también El Niño de Elche, a golpe de pasodoble, o un Jorge Drexler que invitó al recinto a cantar ‘Nominao’ a pleno pulmón.

Cantes de sobremesa

Tangana rumbero y flamenco, afín al tratamiento oscuro electrónico en ‘Yelo’ y a la bachata en ‘Bobo’, marcó estilo en ‘Demasiadas mujeres’, el impactante tema de apertura del álbum ‘El madrileño’, mientras un camarero servía bebidas en las mesitas dispuestas sobre el escenario. Creíamos que en el Sant Jordi lo habíamos visto todo, pero no un espectáculo de esa naturaleza, enredado en un vaivén de instrumentistas y figurantes en un ambiente digno del Corral de la Pacheca que a medio trayecto se desvió hacia el formato ‘tiny desk’. Sobremesa, literal, evocadora del célebre video, que nos habló de la música como un acto compartido, regenerador, abierto a composiciones propias y ajenas: ‘No estamos locos’, de Ketama, con el marchamo de la guitarra de Carmona, y guiños a New Order (‘Bizarre love triangle’) y Ray Heredia (‘Alegría de vivir’).

Tremendo estruendo en la sala con la aparición en escena, y en las pantallas, de David y Jose Muñoz (Estopa), prestos a sumarse a la algarabía de la escena con un fogoso asalto a ‘Tu calorro’ que conectó generaciones rumberas y que condujo a otra pieza candente, ‘Ingobernable’. Seguía siendo un concierto de C. Tangana, aunque Kiko Veneno se hiciera escuchar con su desparpajo en ‘Los tontos’.

De la bossa nova al rock

Misión ambiciosa, casi impertinente, la de Tangana al pretender integrar como si nada los venerables hallazgos de la bossa nova (‘Comerte entera’) o la salsa (‘Muriendo de envidia’), fundiéndolos con sutiles tramas urbanas. Pero el conjunto resultó compacto, tanto como los chocantes préstamos de Rosario y Alejandro Sanz en ‘Nunca estoy’.

Pucho nos vino a decir que está aquí, casi nada, para apoderarse del legado de las músicas latinas, hacerlo suyo y expandirlo desde su encuadre de artista hecho en esta segunda década del siglo XXI. Propósito emocionante. Ahí, resultó más matador en esa rumba deconstruida llamada ‘Tu me dejaste de querer’, que incendió el bis de la mano (y la cintura) de La Húngara, que en una pieza tan aparatosa como ‘Hong Kong’. Pero, seguramente, esto no ha hecho más que empezar.

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