Exposición en BCN

El CCCB recorre los usos políticos, sociales y culturales de la máscara

  • Del KKK a Pussy Riot, pasando por Fantômas y ‘V de Vendetta’, la magnífica muestra 'La màscara no menteix mai' estudia su papel en una época, además, marcada por la pandemia

Exposición ’La máscara nunca miente’ en el CCCB

Exposición ’La máscara nunca miente’ en el CCCB / Zowy Woeten

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Quim Casas

En noviembre de 2019, cuatro meses antes de que se decretara el España el estado de alarma a consecuencia del covid, Servando Rocha publicaba ‘Algunas cosas oscuras y peligrosas. El libro de la máscara y los enmascarados’. Jordi Costa, recién aterrizado en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) como responsable del departamento de exposiciones, vio enseguida que aquel ensayo daba pie a una exposición. Dos años después, ‘La màscara no menteix mai’, comisariada por Rocha y Costa, es una realidad. Inaugurada este martes, la exposición contempla la historia de la máscara desde una perspectiva cultural, antropológica y política. Podrá verse hasta el 1 de mayo del 2022.

Exposición ’La màscara mai no menteix’ en el CCCB

Magníficamente estructurada y diseñada, arranca con un ejemplo del neolítico, cuando la máscara era elemento de comunicación entre los vivos y los muertos, y avanza a partir de siete grandes temas, desde la máscara como elemento represivo del Ku Klux Klan hasta su carácter subversivo con el colectivo ruso feminista Pussy Riot. Los dos comisarios coinciden en la misma singularidad que rodea, hoy, esta exposición. Para Costa, “llega en un momento en el que todos llevamos el rostro semioculto, pero se empezó a trabajar en ella mucho antes de la pandemia”. Según Rocha, “nunca imaginamos inaugurar una exposición enmascarados”. El efecto es brutal: gente con mascarillas quirúrgicas contemplando objetos, dibujos, colajes y películas de gente enmascarada del pasado.

Exposición 'La máscara nunca miente' en el CCCB

/ Zowy Woeten

“Las máscaras generan un efecto de transfiguración. De pronto, no sabíamos como tratar al otro”, explica Rocha. “No es una exposición exclusivamente de máscaras. Como coleccionista y fetichista es un placer estar ante los objetos originales. Pero la idea es explicar quienes somos, porque te enmascaras. La máscara nunca miente, nos ponemos una máscara para vivir una experiencia real, no para mentir”. En la antigüedad, la máscara representaba un intento de retener el rostro más allá de la muerte. Después, el Ku Klux Klan, los criminales o las organizaciones secretas necesitaban la máscara para ser monstruos. Pero Costa recuerda que “el criminal del rostro fluido, como Fantômas, influenció en la transgresión de los surrealistas”. “¿Quién no desea desaparecer a su antojo, no ser identificado?”, apunta Rocha. Figuras criminales tan populares como Fantômas –en la exposición se muestran noticias sobre Eduardo Aros, un ladrón español que aseguraba ser la inspiración del archivillano francés– serían glorificadas. El pintor surrealista René Magritte diría que solo en sueños puedes atrapar a Fantômas.

Almas de los soldados muertos

Menos oníricas resultan las máscaras del Ku Klux Klan, que evolucionaría el concepto de los ejércitos furiosos hasta llevarlo a la idea del diseño textil y el marketing después del éxito de ‘El nacimiento de una nación’ (1915), el filme de David W. Griffith en el que los héroes son miembros del Klan. Pero antes de que esta película popularizara las caperuzas y sábanas blancas y el KKK asumiera su condición de ejército invisible, la organización tenía aires más carnavalescos y se presentaba como la representación de las almas de los soldados muertos en la guerra civil.

Exposición 'La máscara nunca miente' en el CCCB

/ Zowy Woeten

La exposición recorre las máscaras iniciáticas de la masonería, el cabaret espectral del dadaísmo como respuesta a los estragos de la primera contienda mundial –con su iconografía de máscaras antigás y los rostros rotos de los soldados mutilados–, las máscaras de los luchadores mexicanos convertidas después en respuesta política por los zapatistas, la disidencia recogida en los movimientos activistas de los años 60 y 70 y, más recientemente, en Pussy Riot y Anonymous, y una parte final que alude a la actualidad, a la mascarilla quirúrgica como elemento cotidiano. Un cambio de valores en toda regla. Para Costa, “el rostro enmascarado ahora es el normal, y es el rostro descubierto el que nos provoca inquietud”.

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Una de las integrantes de Pussy Riot, en actual arresto domiciliario, participará telemáticamente en el ciclo de conferencias organizado a finales de enero. Martí Riera y Onliyú, dos autores de la época gloriosa de la revista ‘El Víbora’ que realizaron una historieta sobre los orígenes del dadaísmo, han reinterpretado para la exposición del cuadro de Marcel Janco ‘Cabaret voltaire’. Antoni Hervás también ha realizado expresamente la pieza ‘T(ouch)!’ con el Gitano del Futuro, en la que lo no enmascarado es lo que da miedo.

Identidad, ocultamiento, disidencia. Tres ejes ilustrados con la indumentaria del KKK, las máscaras centroafricanas, los cómics de Alan Moore y David Lloyd, las aventuras de Fantômas, los filmes de Louis Feuillade, el chamanismo, la imaginería dada, las imágenes surrealistas de Leonora Carrington, los luchadores enmascarados mexicanos, ‘La máscara de la muerte roja’ de Roger Corman y los pasamontañas de colores de Pussy Riot, porque no querían que fueran pasamontañas negros para no parecer malas personas.

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