Crítica de concierto

Chucho Valdés, la ambición más grande

Portentoso, espiritual, por momentos espeso y finalmente irresistible, el músico cubano presentó 'La creación' en el Palau de la Música

Chucho Valdés, en el Palau de la Música, el martes.

Chucho Valdés, en el Palau de la Música, el martes. / Ferran Sendra

3
Se lee en minutos
Roger Roca

Chucho Valdés, 80 años, un sinfín de cimas coronadas en la música afrocubana y el jazz, pianista total, manos que todo lo pueden, es un gigante. En su abrazo enorme se diría que cabe todo. Y durante la pandemia quiso escribir su obra más completa. Valdés quería contar el recorrido de una cultura que es la suya y que nació en África occidental, llegó al Caribe y se extendió hacia el norte, a Estados Unidos. Todo partiendo de la figura de Olodumare, divinidad de los orishas en Nigeria y creador de la regla de Ocha. Y todo siguiendo el latido de los tambores batá y los cantos yoruba dedicados a los santos de la santería cubana. “Creo que es una de las obras más completas que se han escrito en este sentido. Lo dejo a la consideración de ustedes”, anunció antes de empezar el concierto en el Palau. Lo hizo tras entregar la medalla de oro del Voll-Damm Festival de Jazz de Barcelona a la directora del Conservatori del Liceu, aliado del festival desde hace una década larga. 

A su obra total Valdés la ha titulado 'La creación'. Para hacerla posible hacen falta una docena larga de músicos, entre vientos, teclistas, voces, percusiones y sección rítmica. Pero antes de estrenarla en Barcelona, tocaría un rato a piano solo y en cuarteto. ¿Han visto alguna vez un portento? Porque eso es Chucho Valdés al piano. Un portento. Una combinación de destreza, potencia, sensibilidad y conocimientos que debe haberse dado muy pocas veces en un mismo músico. Solo al piano, jugó con estándares del jazz norteamericano como si fuesen miniaturas, y en compañía de su banda se fue a lo afrocubano, con traviesas citas a Mozart y Ravel. El sincretismo hecho ejemplo y alegría.

Noticias relacionadas

Y llegó 'La creación', que arrancó misteriosa, mística, con una invocación a Olodumare y se hizo luminosa cuando entraron en juego los tambores batá, y sobre todo, las voces. Qué decían, a qué santos cantaban, era imposible saberlo. Cantada en la lengua de los yoruba y sin el programa de mano que Chucho Valdés anunció días antes en sus entrevistas, solo cabía conjeturar en qué episodio de la travesía estaban en cada momento. Pero la hondura, la espiritualidad, quedaban clarísimas, aunque los largos solos de sus músicos -ahora contrabajo, ahora percusión- desdibujaban un poco el hilo de la narración. Desde los teclados, dos hombres de confianza de Valdés, el cubano Hilario Durán y el norteamericano John Beasley, dirigían una imponente sección de vientos, mientras el autor quedaba en un segundo plano, acompañando la música con el cuerpo, bailando en su banqueta, tocando lo justo y reservando sus poderes para un único pasaje de piano solo.

La música se hizo espesa y eléctrica, luego se cambiaron los tambores batá por chekerés, quizás señal de llegada a otra estación en el recorrido de África hacia América. Quedó clara la llegada a Estados Unidos, con los cantos yoruba engarzados sobre un blues de toda la vida, y desconcertó un poco el final de 'La creación', en forma de pirotécnico solo de su batería -un solo de categoría: para tocar con Chucho Valdés solo valen los mejores-. ¿Quizás para dejar claro que todo empieza y acaba en el ritmo? Y mientras ponía en pie al Palau con un irresistible bis de Irakere, quedaba la duda de si 'La creación' es, efectivamente, su obra mayor. La más ambiciosa, seguro.