Estreno de 'La crónica francesa'

El inconfundible universo de Wes Anderson, en 5 claves

Un fotograma de ’La crónica francesa’, de Wes Anderson

Un fotograma de ’La crónica francesa’, de Wes Anderson / El Periódico

  • Gran orfebre del cine contemporáneo, el director de 'La crónica francesa' ha configurado durante su carrera un estilo intransferible con tantos seguidores como detractores. Repasamos las constantes estéticas y temáticas de un director sencillamente único

  • Crítica de ‘La crónica francesa’: tres cuentos imaginarios

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Beatriz Martínez
Beatriz Martínez

Periodista

Especialista en cultura y cine

Escribe desde Madrid

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El estilo de Wes Anderson es inconfundible. Tanto, que genera filias y fobias irracionales. Perfeccionista y meticuloso hasta lo maniático, a lo largo de sus obras el director ha ido configurando una serie de rasgos que lo definen a la hora de crear toda una cosmogonía que sirve para adentrarnos en un catálogo de códigos intransferibles que caracterizan sus historias y sus personajes excéntricos y entrañables. Su imaginario bebe de numerosas fuentes, tantas como su propio bagaje y conocimiento cultural de la modernidad, y en cada nueva película logra abarcar una dimensión diferente que lo sitúa como uno de los grandes orfebres del cine contemporáneo. En 'La crónica francesa' consigue condensar todo su genio iluminado a través de un homenaje al periodismo desde su prisma colorista, cartesiano y representacional en el que, por encima de todo, vuelve a confirmar que su obsesión por la forma no está reñida con la emoción. 

Repartos infinitos que son familia

La coralidad ha estado presente en el cine de Wes Anderson desde 'Los Tenenbaums. Una familia de genios'. Sus películas han ido abarcando cada vez más y más personajes hasta llegar a una acumulación tan tumultuosa como efervescente y chispeante. Probablemente ningún autor desde Robert Altman se haya atrevido a crear tantos vasos comunicantes entre sus criaturas para dar forma a relatos en los que el centro se dispersa hasta el infinito sin perder nunca la perspectiva. Unas criaturas que van más allá de la caricatura para erigirse como entidades totémicas dentro de un mundo en el que la realidad se suspende para otorgar un protagonismo fundamental al actor y su interpretación dentro de ese espacio teatralizado en el que la máscara supone una forma de alcanzar la esencia del ser humano. 

Imagen promocional de 'Los Tenembaums. Una familia de genios', de Wes Anderson

/ El Periódico

Su troupe primigenia se ha ido ampliando. Desde Luke y Owen Wilson, presentes en su ópera prima, 'Bottle Rocket (Ladrón que roba a ladrón)', a Jason Schwartzman, Bill Murray y el desaparecido Seymour Cassel en 'Academia Rushmore', integrando a Anjelica Huston, Jeff Goldblum, Eduard Norton o Frances McDorman en diferentes proyectos. Permutaciones infinitas para dar forma a una familia tan bien avenida como la de Éric Rohmer. 

Una estética muy estética

Se ha analizado hasta la extenuación los rasgos que unifican la filmografía de Wes Anderson. No hay un elemento que quede al azar en ella, incluida la tipografía. Si a Woody Allen le caracteriza la Windsor, a Wes Anderson, la Futura. La simetría es otro de sus recursos más estudiados, demostrando su obsesión por trazar una línea perfecta dentro del plano a través de composiciones de una milimétrica perfección. Fotogramas que parecen superponerse en torno a una imagen especular, planos cenitales subjetivos a modo de collages que componen bodegones kistch.

La simetría en el cine de Wes Anderson: 'Life aquatic', 'Viaje a Darjeeling' y 'Los Tenembaums'

El Periódico

A pesar de la acumulación de elementos, sus secuencias son de una enorme depuración estilística, limpias y elegantes. Su paleta de colores tiende al ocre y al sepia con estallidos determinados de rosa, rojo o amarillo para representar alguna connotación anímica. Hay detalles por todas partes que sirven de manera subrepticia para definir a los personajes. Cada título tiene su galería particular de objetos fetiche, desde los más obvios a los más impredecibles. Aparatos y colecciones retro, vestuario identificativo casi a modo de uniforme, maquinaria obsoleta y lujo demodé. 

Arquitecturas icónicas

Cada película de Wes Anderson transcurre en un decorado que adquiere una importancia fundamental. La casa de los Tenenbaums, la distribución del barco de Steve Zissou, el Belafonte, con todos sus camarotes en 'Life Aquatic', cada una de las estancias subterráneas de 'Fantástico Sr. Fox’, la Isla Basura en 'Isla de Perros', el campamento veraniego de 'Moonrise Kingdom', el coche cama en el que se desplazan los protagonistas de 'Viaje a Darjeeling', o el imponente Gran Hotel Budapest

'El Gran Hotel Budapest', de Wes Anderson

/ El Periódico

Cada uno de sus escenarios parece en realidad una maqueta y se encuentra a medio camino entre la miniatura de las casas de muñecas, la ambientación teatral grandiluente y el lenguaje de la novela gráfica y el cómic. A pesar de su artificio, encontramos un trabajo artesanal en la composición de estos sets, algo que se pone especialmente de manifiesto en sus trabajos de animación en stop motion. 

Adultos que son niños. Niños que son adultos

El mundo al revés. En las películas de Wes Anderson, los niños son los que tienen las cosas más claras y se comportan de acuerdo con unas extremadas dosis de resolución y clarividencia que no poseen sus supuestos modelos de referencia, anclados en traumas del pasado, en relaciones familiares tóxicas y en estados 'peterpanescos' que les impide tomar decisiones en su vida que corresponden a su verdadera edad. Casi nunca tienen obligaciones reales, mientras que los niños se las imponen, no se encuentran atrapados en las telas de araña que se han tejido sus mayores, sino que tienen un espíritu mucho más libre y aventurero.

Fotograma de 'Moonrise Kingdom', de Wes Anderson

/ El Periódico

Los niños son prodigiosos, luminosos, mientras los adultos unos fracasados, pueriles, egoístas, narcisistas y maniáticos. Quizás el motivo provenga del seno familiar, de la disfuncionalidad que los caracteriza, padres ausentes, autismo emocional, melancolía congénita, y un sinfín de taras del primer mundo. En realidad, los adultos del mundo de Anderson, están pidiendo a gritos volver a su niñez. 

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Humor hierático posmoderno

Wes Anderson pertenece a una generación que trastocó las bases del humor a través de una deriva incómoda en la que los gags se vaciaban de su sentido original, la risa fácil, para ejercer un mecanismo de extrañeza en el espectador. El más radical en este sentido fue Todd Solondz por el cariz perverso de sus historias, pero lo cierto es que todos los directores surgidos del 'boom indie' de los noventa comparten unas dosis de ironía y cinismo posmoderno que en cierto modo tiene que ver con la subcultura popular de esos años, dominada por la melancolía y la sensación de frustración constante que contiene una base generacional, la de no encontrar un lugar en el mundo y compadecerse constantemente de ello. La tristeza de un gesto patético que genera complicidad cómica.