Vuelta a la actividad

Razzmatazz, Apolo, Sidecar, Luz de Gas... : las salas de concierto resucitan 19 meses después

  • Los locales de actuaciones musicales recuperan la actividad valiéndose del pasaporte covid, con público en pie, sin distancias y con mascarilla

  • Los espacios esperan que el 70% de aforo ahora permitido se transforme pronto en el 100%

Ferran Sendra

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Jordi Bianciotto
Jordi Bianciotto

Periodista

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Sentimientos de alivio y liberación en las salas de concierto, que vuelven a funcionar 19 meses después de que la pandemia guillotinara su actividad de un día para otro. Ha sido una larga travesía en la niebla a la que pone fin el certificado covid-19, requisito para acceder a unos locales que pueden ocuparse al 70% (y que esperan acceder pronto al 100%), con los asistentes de pie y sin distancias, aunque con el uso obligatorio de la mascarilla.

El fin de semana pasado ya se pusieron en marcha salas emblemáticas como Apolo, Salamandra (L’Hospitalet) o La Mirona (Salt), a las que siguen ahora otras muchas, caso de Sidecar, cuyo director, Roberto Tierz, transmite el estado de ánimo de estos días. “Todo son abrazos”, resume. “Es un momento muy emotivo, porque nos estamos reencontrando con proveedores, comerciales, técnicos…, tras mucho tiempo sin vernos las caras”. En el camino quedan algunas plazas que ya no levantarán la persiana: “Cinco o seis”, apuntan con discreción desde la Asacc, la Asociación de Salas de Conciertos de Catalunya, que agrupa a 83 locales de música en directo. Hablamos de espacios sujetos al epígrafe del ocio nocturno, y no de la cultura, y que requieren de aforos completos, o casi, es decir, con el público en pie, para poder ser operativos. Ahí, el sector ve todavía un agravio comparativo con los parámetros en que se mueve estos días el conjunto de la sociedad.

Tardanza del pasaporte covid

Las salas funcionan en estos primeros compases, sobre todo, como clubs: ahí está Razzmatazz, que reabrió este jueves con sesiones de ‘dj’ en sus cinco salas, esperando retomar los conciertos en las próximas semanas (estrenará la nueva era Mala Rodríguez el 4 de noviembre, dentro del ciclo Cruïlla de Tardor). Su responsable, Lluís Torrents, que es el presidente de la Asacc, reprocha que “el certificado covid ya se podría haber aplicado este verano”, y recuerda que el ocio nocturno es el único al que se impone este protocolo. “Pero no nos quejamos, porque hacía diez meses que lo pedíamos y nos lo negaban sin darnos ningún motivo”.

La respuesta del público a las reaperturas está siendo expeditiva, con llenos diarios tanto en Razzmatazz como en los tres espacios de Apolo, y hablamos de unas 2.000 personas por noche en ambos casos. Se aprecian “la excitación y la alegría”, tanto en la clientela como en el personal, hace notar Albert Guijarro, director de Apolo, que quiere ver en el pasaporte de vacunación un incentivo “que anime a vacunarse a la gente que falta, sobre todo en la franja de 20 a 30 años”. El complejo de Nou de la Rambla acogerá el martes que viene, 19 de octubre, su primer concierto con público de pie, el de la artista experimental Caterina Barbieri.

Mascarilla sin policía

La diferencia más visible respecto a la era precovid es la mascarilla, obligatoria pero relajable en las barras para el consumo de bebidas. Un punto este delicado, pero las salas alegan que “no pueden poner un policía al lado de cada cliente”, desliza Guijarro. En las conversaciones de las salas con Salut e Interior se concluyó que “hay que apelar a la responsabilidad individual", precisa Torrents. “Entendieron que no nos podían trasladar el cumplimiento de una norma que ni la policía puede hacer respetar en playas o botellones”.

Tanto el personal de las salas como la cartelería recuerdan la obligatoriedad de la mascarilla, pero ir más allá podría ocasionar conflictos, de modo que “sería peor el remedio que la enfermedad”, razona Torrents. “Nosotros empapelamos las salas y los accesos con recordatorios del uso de la mascarilla, y los camareros se lo dicen a cada cliente si no la llevan puesta, pero si luego alguien no se la quiere poner, no lo vamos a expulsar, porque supondría dar pie a un conflicto, y nuestro personal está para evitar los problemas, no para generarlos”, argumenta el codirector-gerente de Razzmatazz. “En Interior nos dijeron que eso era exactamente lo que querían”.

Fugas a otros sectores

Las salas han debido reestructurar sus plantillas a toda velocidad tras estos 19 meses de parón, sacando a sus plantillas de los ertes y cubriendo bajas, ya que una parte del personal ha optado en este tiempo por cambiar de sector. “Se nos han marchado cinco personas, algunas con el argumento de que esta profesión es muy inestable”, explica Tierz, de Sidecar. “El susto no se te pasa de un día para otro”. Debido a las bajas en las plantillas, “tras haber cobrado los ertes o haber terminado sus estudios”, añade Torrents, “el sector va ahora loco buscando personal”.

Las salas han llegado hasta aquí encadenando icos y endeudamientos, y tratando de suavizar las cargas con las ayudas institucionales y las renegociaciones bancarias y de alquileres. En Razzmatazz estiman las pérdidas en unos dos millones de euros. Fede Sardà advierte de que la sala que dirige, Luz de Gas, está endeudada, y que “ahora hay que currar para devolver el dinero”, pero ve el paisaje mucho más diáfano que meses atrás. “Alegría, que hemos abierto”, celebra sin rodeos. Las aportaciones públicas han sido providenciales, particularmente en las salas más pequeñas, apunta Tierz. “Proporcionalmente, nosotros hemos sufrido menos gracias a las ayudas de la Generalitat, y nuestra situación no es tan grave como era de prever. Eso hay que reconocerlo”.

Los flecos del Brexit

Pero la plena normalización de las salas llegará el día en que sus escenarios se integren en las giras de conciertos, incluidas las internacionales. Y ahí hay que hablar del factor Brexit: España es uno de los pocos países del continente que no ha firmado un convenio con el Reino Unido que facilite las giras de los artistas británicos. Un contratiempo que nos deja por ahora fuera de los itinerarios, sobre todo, de los artistas de perfil medio y pequeño, dado el coste que comporta, de unos 400 euros por persona involucrada en el ‘tour’.

Pese a esos (importantes) flecos pendientes, las salas respiran por fin, y algunas preparan fastos de regreso a la vida. Sidecar trabaja en un concierto inaugural, “de un grupo potente”, para el fin de semana que viene o el siguiente, y Luz de Gas celebrará en enero su 25ª y su 26ª aniversario, ambos a la vez, con el doble concierto de The Christians y The Blow Monkeys. Música en directo para cumplir con una función no solo social sino mental, como resalta Torrents. “Psicólogos y psiquiatras nos están diciendo que la gente joven se resiente de no haber podido salir y relacionarse durante todo este tiempo”, razona. “Se equivocaron quienes no nos situaron en el orden de prioridades”.

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