Serie fenómeno

En contra de 'El juego del calamar': eficaz, pero previsible e incongruente

  • El crítico de cine Nando Salvà no se muestra precisamente entusiasmado con la producción surcoreana

  • Por el contrario, su colega Quim Casas la aplaude

En contra de 'El juego del calamar': eficaz, pero previsible e incongruente
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Nando Salvà

'El juego del calamar' reproduce con astucia y meticulosidad una estructura argumental de eficacia probada, e insufla de notables dosis de emotividad su sádica premisa, que resulta repelente pero también muy atractiva. Sus personajes centrales están desarrollados lo suficiente como para garantizar nuestro interés en su periplo y, mientras los contempla, la serie exhibe varios momentos de comedia -negra, por supuesto- y un puñado de escenas francamente vistosas. Su eficacia narrativa está fuera de toda duda.

Pero, ¿hay para tanto? ¿Tiene sentido el fenómeno cultural en el que se ha convertido? En realidad son dos preguntas distintas. Y no admiten la misma respuesta.

Netflix, eso también es indudable, tiene el poder para generar y estimular ese tipo de fenómenos, gracias a sus certeras estrategias de márketing y autopromoción, a su capacidad para sacar partido de las pautas de consumo cultural que las redes sociales imponen y a los algoritmos de recomendación y jerarquización de la oferta en los que se basa su plataforma de ‘streaming’. Los usuarios de su servicio pueden tomar decisiones, pero siempre en función de las limitadas opciones que en él se nos presentan. Esos usuarios, por su parte, asumen que sus opiniones solo importan si se refieren a aquello de lo que el resto del mundo ya habla. Y la discusión pública no da espacio a productos culturales que no sean fácilmente convertibles en meme.

‘El juego del calamar’ ha generado memes. Muchísimos. Y la mayoría de ellos se han propagado en TikTok de la mano del ‘hashtag’ #SquidGame, que de momento ha generado 23 mil millones de visionados. Y a ese estruendo se ha unido el que consecuentemente han provocado los medios de comunicación en un intento de traducir el ‘hype’ en ‘clicks’. En este momento haber visto la serie es prácticamente un requisito, porque casi nadie quiere tener la sensación de nos estar conectado. Eso, por cierto, es una patología psicológica cada vez más habitual, y tiene un nombre: FOMO, acrónimo de 'Fear Of Missing Out' o, en castellano, 'Miedo a perderse algo'. Así está el patio.

Por supuesto, nada de eso habría sucedido de no ser por la pericia con que ‘El juego del calamar’ maneja los ‘cliffhangers’ para estimular el ‘binge-watching’, y esos son dos conceptos que, ojo, carga el diablo. Al verla se hace difícil apartar la mirada del mismo modo que, pongamos, es casi imposible que no te salga un nudo en la garganta al ver ‘Una mente maravillosa’ a pesar de que -en eso estaremos de acuerdo- es un pastel. Que una película te haga llorar no es garantía de calidad, y lo mismo puede decirse de una serie que te empuja a devorar sus episodios sin descanso.

Glotonería

Quizá si a la hora de verla no hubiéramos caído en la glotonería que Netflix estimula, si nos hubiéramos tomado más tiempo para pensar en ella, habríamos decidido que no, que ‘El juego del calamar’ no es para tanto. Su premisa se parece mucho a la de ‘El malvado Zaroff’ (1932), a la de ‘Battle Royale’ (2000), a la de la saga ‘Saw’, a la de ‘Los juegos del hambre’ (2012) y a la de ‘Alice in Borderland’ (2020). Su relato no solo está lleno de improbabilidades y situaciones ilógicas sino que además deja numerosos cabos sueltos -eso tal vez es deliberado, pero tal vez no-, y a pesar de ello resulta del todo predecible; se apoya en un personaje principal que carece de carisma, y se abre camino gracias a la suerte y a su habilidad para aprovecharse de la inteligencia de los demás; y, dado lo poco que explora su asunto de cabecera -la explotación de los ricos a los pobres-, en última instancia da la sensación de usarlo como mera excusa para entretenernos con una sucesión de juegos perversos y de secuencias violentas. Y, puestos a buscarle las incongruencias, ahí van dos más: es una serie que critica el modo que tiene el capitalismo de modelar nuestro pensamiento, pero que ha sido producida por una compañía todopoderosa que usa algoritmos para hacer precisamente lo mismo; y es, en parte, un comentario moral sobre los males de ser espectador que, eso sí, es lo más visto en Netflix. Ojalá no tarden en estrenar la segunda temporada.

 

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