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Sitges 2021: de vuelta a las buenas vibraciones de siempre

Colas para acceder a una de las sesiones de la jornada inaugural del Festival de Sitges 2021

Colas para acceder a una de las sesiones de la jornada inaugural del Festival de Sitges 2021 / Ferran Nadeu

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Julián García
Julián García

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Juan Manuel Freire
Juan Manuel Freire

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Especialista en series, cine, música y cultura pop

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"Este año se ve otra atmósfera. Hay más alegría, más pasión. Es más Sitges", aprecia Ángel Sala, director del festival, en conversación con este diario, justo antes de la primera proyección especial de 'Titane', de Julia Ducournau. No le falta razón: a su lado, tres fans de los de toda la vida asaltan con sus carpetas a Belén Rueda, que la noche del jueves debía recibir el Gran Premi Honorífic del festival por su aportación al cine de género patrio. 

Si han vuelto los caza-autógrafos a Sitges, es que algo ha cambiado. Y para bien. Recordemos que el año pasado, con la pandemia todavía en fase muy inestable, el festival pudo realizarse por la vocación irreductible de sus organizadores y, sobre todo, por la pasión de los seguidores del fantástico, pero flotaba en el ambiente cierta sensación de tristeza, de frialdad y de preocupación, que este año al fin parece haberse disipado.

"El año pasado fue muy especial. La gente respondió mucho, y si todo salió bien fue gracias a ellos, pero la situación era todo menos normal", admite Sala. Hoy en Sitges, al margen de mascarillas y protocolos sanitarios, todo parece ser como antes del covid, pero el director lamenta que las restricciones del Procicat en los aforos de las salas, limitados al 70%, dejen fuera a mucho público. Ya apenas quedan entradas a la venta para casi nada. "Aún tenemos fe, quién sabe, de que se amplíen los aforos. Sería una gran noticia para nosotros y, sobre todo, para el público".

En su 54ª edición, que se extenderá hasta el domingo, día 17, el festival se erige de nuevo como ejemplo del valor de la experiencia colectiva en sala –todas las películas ganan una estrella vistas en este ambiente–, pero sin olvidar el terreno 'online' ganado el año pasado. Se desarrolla otra vez en un formato híbrido físico-digital, mezcla de proyecciones en sala y 'online', esto último a través de la plataforma Festival Scope & Shift 72, en la que se podrán ver hasta 53 títulos, entre ellos los prometedores debuts 'Silent night', de Camille Griffin, y 'The blazing world', de Carlson Young.

Ellas marcan el minuto

Griffin y Young no son rara representación femenina: en realidad, el festival acogerá este año obras de hasta 47 mujeres directoras, prueba inequívoca de que los tiempos cambian en la industria. Ellas dominaron la jornada inaugural. Por primera vez en sus 54 años de historia, el festival abrió con una película dirigida por una mujer: 'Mona Lisa and the Blood Moon', de Ana Lily Amirpour, quien salió de la edición de 2014 con dos premios (Citizen Kane al director novel, mejor película jurado Carnet Jove) y una mención especial por 'Una chica vuelve a casa sola de noche'. Aunque más humorística y frenética, su nueva película no deja de ser otra estilizada carta de amor a los olvidados de la sociedad, cambiando un Irán imaginario por Nueva Orleans; una vampira por una joven con poderes telequinésicos, y el blanco y negro por los colores vívidos, los golpes de neón o las tiras LED ultravioleta. 

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La citada al comienzo 'Titane' se estrena en salas este mismo viernes, día 8, pero su presencia en Sitges era esencial. Su directora, Julia Ducournau, concursó aquí dos años después que Amirpour y se llevó los dos mismos premios más el Méliès d'Argent. Sitges la quiere. Pero también es cuestión de ser coherente y mostrar lo que dictará el futuro del cine de género (o sobre género): 'Titane' ya es leyenda no solo por su maravillosa exhibición de atrocidades, que el jueves despertó una eléctrica mezcla de quejidos y risas nerviosas, sino también por la calidez inesperada de una historia que habla, en el fondo, de nuestra necesidad de ser aceptados seamos quienes seamos; o de la necesidad de una sociedad no regida por los estereotipos de género.

A su lado, casi cualquier película resulta modesta o cobarde, pero no se puede negar el valor de 'Censor', de Prano Bailey-Bond, absorbente inmersión en la era de las 'video nasties', pero, sobre todo, el interior de una mente fracturada. Antigua montadora, la debutante galesa sabe dotar al relato de un pulso hipnótico y arrastrarnos por los caminos de intriga, humor o catarsis (a veces todo al mismo tiempo) que nacen de su más que prometedora imaginación. 

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