Crítica de teatro

'La dona del tercer segona' es una soberbia Àurea Márquez

La actriz despliega un enorme trabajo en la Sala Atrium, bajo la sobria dirección de Ivan Benet, a partir del monólogo de Víctor Borràs Gasch

Àurea Márquez, en una escena del monólogo ’La dona del tercer segona’.

Àurea Márquez, en una escena del monólogo ’La dona del tercer segona’.

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José Carlos Sorribes
José Carlos Sorribes

Periodista

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Las reuniones de comunidad en una escalera acostumbran a ser una rutina de aquellas que cualquier hijo de vecino intenta eludir la mayoría de ocasiones. A veces, sin embargo, pueden llegar a transcurrir de manera inesperada y con sorpresas mayúsculas. En la sala Atrium tenemos un excelente ejemplo con 'La dona del tercer segona'. Esa vecina del 3º 2º se llama Raquel, tiene unos 50 años, trabaja como carnicera en un súper y vive con la única compañía de su hijo, de 22. La mujer pasa habitualmente como una sombra por la escalera, apenas conoce a sus vecinos (algo nada inusual en la mayoría de comunidades), ni asiste a esas reuniones. Un día decide hacerlo para pedir la palabra en el turno de ruegos y preguntas. Tiene un problema serio y necesita ayuda de la gente con quien comparte el espacio de su vivienda.

De lo que parece una simple anécdota, apenas una semilla, brota una historia potente y frondosa como un árbol robusto. Nos habla de soledades, de relaciones personales, de enfermedades estigmatizadas, de salud mental y de una sanidad pública que, en algunos casos, no actúa como debiera. En poco más de una hora mucho se cuenta, y bien, aunque a veces con una redundancia algo excesiva en el texto. La producción de Teatre Nu cuenta con tres caras visibles: Victor Borràs Gasch (autor), Ivan Benet (director) y Àurea Márquez (intérprete). Son tres grandes soportes para una pieza que encaja a la perfección en una sala de las dimensiones y la proximidad de Atrium, un espacio donde el teatro se respira.

Dudas, dramas y broncas

'La dona del tercer segona' es Àurea Márquez, actriz grande, no siempre con el reconocimiento debido, y que aquí da un curso soberbio de aproximación a un personaje. Porque nos planta en la cara, desde que aparece en escena, todas las dudas, dramas, broncas y sinsabores de una mujer a la que la vida la golpea, pero que se resiste a caer noqueada en la lona. Ella sola llena el escenario, acompañada de unas proyecciones ocasionales que casi aparecen como un contrapunto onírico. Magistrales son esos breves silencios que pueden llegar a decir más que párrafos enteros.

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Márquez tiene siempre la complicidad de un director que está dando sus primeros, y firmes, pasos en esa tarea: Ivan Benet. Porque nadie mejor que un acreditado colega para embarcarse en un monólogo, género en el que el propio Benet levantó un monumento hace unos años con ‘Informe per a una acadèmia’. Le da todo el espacio a su actriz, sin excesos de director, sin que se perciba su huella, lo que aquí resulta sin duda un acierto.

 

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