San Sebastián

Davies revive al poeta Siegfried Sassoon

El veterano director hace una primera película en la que explora de forma explícita el amor entre hombres

Davies revive al poeta Siegfried Sassoon
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Nando Salvà

Terence Davies es homosexual y eso se entrevé en toda su filmografía, pero ‘Benediction’ es la primera de sus películas que explora de forma explícita el amor entre hombres. En ella, el maestro británico se sirve de la biografía del poeta Siegfried Sassoon para hacer lo que se le da mejor: reflexionar en tono elegíaco sobre el peso que el pasado acumula sobre el presente.

Presentada hoy a concurso en el certamen vasco, la película resume las vivencias de Sassoon posteriores a su experiencia como soldado en la Primera Guerra Mundial, que lo marcó de por vida y permea buena parte de su obra, en forma de una sucesión de romances fallidos con amantes narcisistas y crueles que poco a poco lo convierten en un hombre amargado y azotado por dudas y reproches sobre su sexualidad, su talento y su éxito artístico y social.

En el proceso alterna escenas que capturan el extravagante modo de vida de las clases altas londinenses de hace un siglo con imágenes de archivo de la guerra, y así sugiere que el amor es algo tan cruento como el campo de batalla. Sus personajes se comunican a través de intercambios de golpes verbales llenos de sarcasmo y mordiente, y para capturarlos recurre a una puesta en escena contenida y decorosa que refleja la represión emocional de su protagonista.

En conjunto, ‘Benediction’ no alcanza las cotas artísticas de los títulos que convirtieron a Davies en uno de los grandes cineastas vivos -los dramas familiares autobiográficos ‘Voces distantes’ (1988) y ‘El largo día acaba’ (1992), el documental ‘Of Time and the City’ (2008), las exquisitas adaptaciones ‘La casa de la alegría’ (2000) y ‘The Deep Blue Sea’ (2011)-, pero no le hace falta. Una película menor suya es una película muy grande.

También Lucile Hadzihalilovic tiene una de las miradas más personales del cine actual. ‘Earwig’, su tercer largometraje -tercero que compite por la Concha de Oro-, ofrece una variación de los elementos narrativos que la belga ya exploró en ‘Innocence’ (2004) y ‘Évolution’ (2015), como la niñez y el tránsito hacia la adolescencia, el aislamiento y misteriosas figuras que ejercen la autoridad.

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En concreto, la película se sitúa en el interior de una mansión gótica para retratar la existencia triste y oscura de Albert, un viudo reprimido que cuida de una niña llamada Mia, y a diario recolecta su saliva para congelarla y fabricarle con ella una dentadura postiza. Por las noches, alguien lo llama por teléfono y le pregunta por el estado de Mia hasta que, en una de esas comunicaciones, se le informa de que debe preparar a la niña para su salida al exterior.

Que la premisa argumental parezca absurda da igual porque, en realidad, Hadzihalilovic es una directora menos interesada en contar historias que en crear atmósferas y confundir al espectador. ‘Earwig’ se mueve permanentemente en una tierra de nadie entre la realidad, el sueño, la memoria y el delirio, y en el camino muestra tal capacidad para convertir la fealdad humana en una sucesión de imágenes bellas que, al verla, uno casi se olvida de pestañear.