Entrevista

Joaquín Reyes: "El humorista debe envejecer con su público"

El actor, guionista, dibujante y presentador vuelca su pasión por la literatura en una primera novela, 'Subidón', que relata las tragicómicas andanzas de un cómico manchego

Joaquín Reyes, observado por un ejemplar de ’Subidón’.

Joaquín Reyes, observado por un ejemplar de ’Subidón’. / Jordi Otix

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Rafael Tapounet
Rafael Tapounet

Periodista

Especialista en música, cine, libros, fútbol, críquet y subculturas

Escribe desde Barcelona

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Después de labrarse una sólida reputación como humorista, dibujante, guionista, monologuista y actor de comedia, Joaquín Reyes (Albacete, 1974) se estrena como novelista con ‘Subidón’ (Blackie Books), un libro desternillante y trágico como las novelas rusas que han alimentado la vocación lectora de su autor en el que se relata una semana en la vida de Emilio Escribano, un cómico de un pueblo de Cuenca que con la llegada del éxito y la fama pierde los papeles hasta el punto de dar bastante ‘cosica’. "La primera novela existencialista manchega", dice Reyes

¿Qué son esos inquietantes ojos de la portada, que además están troquelados y se mueven?

El protagonista, Emilio, es un hombre confundido por las cosas que le pasan, que ha perdido la perspectiva, y estos ojos así un poco locos reflejan su confusión frente al mundo. Y además, miran al lector cuando maneja el libro. Le interpelan.

En esa portada, debajo del nombre del autor y del título se especifica que esto es una novela. ¿Era necesario?

Me gusta mucho eso. Que las cosas queden claras desde el principio. Por otra parte, al venir yo del mundo de la comedia y de la televisión, que ponga “Novela” ayuda a que el posible lector sepa qué clase de libro es este. Que no es un libro de guiones ni de monólogos ni nada de eso.

De un humorista que publica una novela se espera que haya hecho una novela cómica, y esta sin duda lo es, pero es también muchas más cosas. ¿Le ha condicionado esa expectativa?

Bueno, es que para mí el humor no es un fin en sí mismo, sino un medio, el lenguaje que yo utilizo para explicar una serie de cosas. Esta novela no pretende ser una novela de humor, sino una novela en la que el humor, que es mi medio natural, está al servicio de una historia que sentía necesidad de contar. De hecho, ha habido un trabajo de rebajarle el tono humorístico al libro, de eliminar chistes para no perder de vista lo que quería narrar.

En la contraportada se habla de Dostoyevski y usted mismo ha citado a Gógol en alguna ocasión como referente. ¿Qué tiene en común ‘Subidón’ con la novela decimonónica rusa? 

Desde luego, no la extensión [‘Subidón’ tiene 159 páginas]. Pero sí me interesaba adaptar ese tipo de novelas en las que a un personaje que no acaba de enterarse muy bien de nada le van pasando una serie de cosas. El lector no va a relacionar ‘Subidón’ con ‘Almas muertas’ de Gógol, pero ha sido una influencia importante, con ese protagonista que se cree más listo de lo que en realidad es y que va viajando y le van pasando peripecias. Claro que eso está mezclado con otras cosas, como Jardiel Poncela o Gómez de la Serna… Yo soy muy lector y al final todo se filtra.

El protagonista es un cómico manchego que hace monólogos. No se me ocurre de dónde puede haber sacado la inspiración.

Emilio Escribano no soy yo y no sé si hace falta que lo diga. Pero sí es verdad que elegirlo como protagonista me permite escribir sobre cosas que conozco bien. Claro que que eso de escribir sobre lo que conoces supongo que lo hacen todos los escritores, salvo, quizá, los de ciencia ficción. Aunque no sé, porque hay muchas novelas de ciencia ficción sobre averías [ríe]… 

A Emilio la fama lo convierte en un tipo bastante lamentable. ¿Cómo gestionó usted el asunto?

Yo también me ha sentido un poco confundido cuando he llegado a un cierto nivel de éxito o de popularidad. A ver, que tampoco somos Leonel Messi, pero sí es verdad que uno puede caer en la tontería con bastante facilidad, aunque yo tengo una fama bastante llevadera. Lo peligroso no es el éxito en sí, sino lo que uno hace con el éxito. Emilio pierde los papeles y entra en un bucle de culpa y justificación y yo sí me identifico con eso porque en algunos momentos me he podido sentir así también. Luego adquieres perspectiva y ves que las cosas no son para tanto.

"Yo también me he sentido un poco confundido por la fama. Lo peligroso no es el éxito, sino lo que haces con él"

El otro gran personaje de la historia es el primo Fede, que es el ancla de Emilio con la realidad. ¿Ha tenido usted a algún primo Fede a mano?

El primo es fundamental, sí. Es esa especie de escudero que, por contraste, ayuda a entender al protagonista y al mismo tiempo le recuerda quién es, el chaval del pueblo. En mi caso, tengo una pareja a la que conozco de antes de ser más o menos conocido y eso ha sido muy importante para quitarme las tonterías. Conservar relaciones anteriores al, digámoslo así, éxito es una buena manera de mantener el anclaje con la realidad.

Una de las debilidades de Emilio es que a menudo confunde hacer reír con ser verdaderamente querido. ¿Es ese un mal que se puede extender a la especie de los cómicos?

El cómico en general suele ser muy apreciado. Yo me siento así. Otra cosa es conseguir que te tomen en serio o que se entienda que no tienes que estar todo el tiempo en modo gracioso. La forma en que en el libro los fans de Emilio se relacionan con él sí está sacada de mi experiencia. Y ahí te encuentras de todo. Como esa gente que siente la necesidad de ser borde contigo, que supongo que lo hacen para bajarte los humos, así que casi hay que agradecérselo.

Joaquín Reyes, en un hotel de Barcelona.

/ Jordi Otix

Hacia el final de la novela, un supuesto admirador le dice a Emilio que se ponga las pilas en lo suyo porque “hay gente joven por ahí que es increíble”. Me pregunto si los humoristas viven con ese miedo permanente a quedar desfasados y a ser superados por nuevas formas de hacer humor.

Sí, totalmente. Ese es un miedo que te acompaña siempre. Yo he llegado a la conclusión de que los humoristas deben envejecer con su público. No digo que no esté bien intentar evolucionar y cambiar, pero por lo general el humor funciona a partir de códigos compartidos y es muy difícil atraer a un público más joven a partir de ahí. Conseguir saltar una generación ya es un gran éxito. Y ojo, que algunos lo han conseguido hacer, como Faemino y Cansado, pero es algo muy raro. En general, son pocos los cómicos que tienen una carrera larga. Nosotros ya estamos durando mucho…

Existe ahora también un cuestionamiento no solo de las formas sino también de los temas sobre los que se hace humor.

Yo es que ese discurso de “ya no se puede hacer humor de nada” pues no lo acabo de ver. Hoy hay más humor que nunca: en la televisión, en el cine, en las redes sociales, y la gente lo consume y lo pide. El humor nos une, quizá más que ninguna otra cosa. Y el humor, cuando se comparte, es lo mejor que hay. Otra cosa es que no tienen por qué hacernos gracia las mismas cosas que hace 20 años. El mundo ha cambiado, la sociedad ha cambiado, y no me parece mal que el cómico tenga que replantearse cosas que hace un tiempo no se planteaba. Creo que eso dice algo bueno de nosotros como sociedad. Se puede hacer humor de todo, la cuestión es el enfoque. Yo hay chistes que ya no hago, cosas que hacía en el pasado y que ahora no las haría. Está bien que cada uno se responsabilice de las bromas que hace y de los chistes que cuenta.

"La sociedad ha cambiado y está bien que el cómico tenga que replantearse cosas que igual hace un tiempo no se planteaba"

“El influjo del pueblo es implacable e infalible a menos que salgas huyendo de allí”, dice en un momento del libro.

Bueno, eso lo dice Emilio Escribano, no yo. Yo nací en Albacete, que no es exactamente un pueblo, pero, vaya, me fui a Madrid. Así que, de alguna manera, comparto un poco esa creencia de que en determinados casos, para realizarte profesionalmente o del modo que sea, hay que ir a la ciudad. Ahora hay un discurso que ensalza el regreso al pueblo y a unos determinados valores un poco romantizados, y parece que está mal reivindicar la cosa metropolitana, que al fin y al cabo es el lugar de la mezcla, del encuentro, donde se normaliza esa diferencia que en los pueblos, a veces, está muy penalizada. Todo el cine de Almodóvar sale de ahí.

Usted se fue a Madrid pero se llevó consigo todos esos giros lingüísticos manchegos que han sido un pilar importante de su carrera como humorista y que hoy ya tienen casi estatus de cultura pop. 

Eso me enorgullece mucho, claro. Para mí la cultura pop es muy importante y no entiendo que a veces se la mire por encima del hombro. Para mí esa distinción entre alta y baja cultura no tiene sentido. Culturalmente, somos el producto de todo lo que hemos absorbido y luego cada uno lo utiliza como mejor le parece.

En ‘Subidón’ incluye algunos de esos términos con su correspondiente explicación.

En realidad, en el libro he intentado no meter muchos modismos de La Mancha, porque eso ya está muy estudiado, y sí poner, en cambio, neologismos, expresiones inventadas que utilizamos entre amigos y que a mí me hacen mucha gracia.

Me fascina especialmente la definición de ‘trofollata’. “Cuando en un restaurante italiano se pide comida de más deliberadamente”.

Lo de la ‘trofollata’ viene de ‘trofollo’, que es una expresión que utilizaba Raúl Cimas y que quiere decir “gordo”, básicamente. Y Ernesto Sevilla, que es muy tragón, la sacó algún día que fuimos a un restaurante italiano: “¿Qué? ¿Hacemos una trofollata?”. Y ahí se quedó.

Tiene sentido. Hasta suena como una palabra italiana.

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Sí, eso lo hace más gracioso. Es que ese día estábamos en La Tagliatella y, claro, en La Tagliatella lo suyo es hacer una ‘trofollata’.

Joaquín Reyes y las novelas rusas

“De los autores rusos me gusta que se toman la literatura muy en serio, aunque luego no se toman demasiado en serio a sí mismos. Y mezclan la tragedia y la comedia como si tal cosa. Cuentan unas cosas tremendas pero en medio te meten unos pasajes graciosísimos. Como esa novela de [Venedikt] Eroféiev [‘Moscú-Petushkí’] en la que van unos borrachos en un tren y de repente uno dice: “Ahora vamos a hablar del amor, como en los libros de Turguéniev”. Esas cosas me gustan mucho. Turguéniev, por cierto, le prestó dinero a Dostoyevski para que pagar unas deudas de juego y este se lo agradeció poniéndolo a caldo y ridiculizándolo en ‘Los demonios’. Qué tío. También me gusta mucho [Serguéi] Dovlatov: ‘La maleta’, ‘La extranjera’, ‘La zona’… ‘La zona’ es buenísima: una historia de los campos de concentración pero desde el punto de vista de los guardias del campo. Bueno, es que Dovlatov fue guardián de un campo de concentración. A esa gente les ha pasado de todo”.