Festival de cine

Edgar Wright se pone serio pero no da miedo

'Última noche en el Soho' es la más oscura de sus películas y, quizá por ello, tal vez también la menos redonda

De izquierda a derecha, el director Edgar Wright, los actores Anya Taylor-Joy, Matt Smith y Michael Ajao, y la guionista Krysty Wilson-Cairns.

De izquierda a derecha, el director Edgar Wright, los actores Anya Taylor-Joy, Matt Smith y Michael Ajao, y la guionista Krysty Wilson-Cairns. / Claudio Onorati / Efe (EFE)

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Nando Salvà

El británico Edgar Wright lleva mucho tiempo explorando los arquetipos del cine de terror -muertos vivientes en ‘Zombies Party’ (2004), sectas en ‘Arma fatal’ (2007), invasiones alienígenas en ‘Bienvenidos al fin del mundo’ (2013), un montón de clichés del género en el falso tráiler ‘Don’t’ (2007)-, pero hasta ahora siempre lo había hecho con la intención de provocarnos la risa. En ‘Última noche en el Soho’, un 'thriller' psicológico cuyas escenas están llenas de fantasmas amenazantes y sangre a borbotones, el humor brilla intencionadamente por su ausencia. Es la más oscura de sus películas y, quizá por ello, tal vez también la menos redonda.

Presentada este sábado en la Mostra fuera de concurso, la película se ambienta tanto en el Londres actual como en el de hace medio siglo. Su protagonista es Eloise (Thomasin McKenzie), estudiante de diseño recién llegada a la ciudad que adora la música, el cine y la moda de los años 60. Tras alquilar una habitación en el apartamento de una anciana en el barrio de Fitzrovia, la joven empieza a experimentar extraños sueños y visiones que la transportan a aquella década y la conectan misteriosamente con Sandie (Anya Taylor-Joy), una aspirante a cantante. A medida que esas fantasías se vuelven cada vez más perturbadoras, la muchacha va perdiendo la capacidad para distinguir la realidad del delirio.

Mientras la contempla, Wright se recrea mezclando los significantes estéticos y musicales del ‘Swinging London’ con elementos expresivos que evocan las maneras del ‘giallo’ italiano, y en el proceso confirma su brillantez como narrador a través de imágenes y su habilidad a la hora de usar las memorables colecciones de canciones que componen las bandas sonoras de sus películas para hacer avanzar sus historias. El problema es que, aquí, toda esa exhibición formal le sirve menos para crear el tipo de atmósfera que el género requiere que como mero envoltorio de una historia llena de improbabilidades, repetitiva y algo boba, que no solo distrae al espectador de esos placeres visuales y sonoros sino que resta fuerza a las reflexiones de la película sobre los peligros de la nostalgia y la explotación de las mujeres.

 

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