Crítica de concierto

Chicuelo, en busca de donde no ha estado antes

El tocaor deslumbró con el estreno de su proyecto 'Caminos' en el cierre del Mas i Mas Festival

El guitarrista Joan Gómez, ’Chicuelo’.

El guitarrista Joan Gómez, ’Chicuelo’. / ÁLVARO MONGE (EPC)

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Roger Roca

Aún queda un concierto, el del guitarrista todoterreno Jesús Prieto 'Pitti' este martes en el Jamboree. Pero el Mas i Mas Festival, la persiana de la música en directo que cada agosto sube cuando en Barcelona bajan todas las demás, tuvo su fin de fiesta el domingo con un concierto doble en el Teatro Coliseum. Y qué fin de fiesta. El tocaor Juan Gómez 'Chicuelo', héroe local en racha creativa, estrenaba el espectáculo 'Caminos'. El nombre es prosaico y poco sugerente pero para el caso ya sirve. Porque efectivamente, Chicuelo y sus compañeros, el violoncelista Martín Meléndez, el percusionista David Gómez y la bailaora Karen Lugo, exploran nuevas vías a partir del flamenco. El pianista Chano Domínguez, que abrió la noche al frente de un grupo de alumnos aventajados del Taller de Músics, se refería a Chicuelo en una entrevista reciente con este diario como uno de los guitarristas flamencos “más punteros”. Y ese era el Chicuelo que estrenaba en el Coliseum. Un artista que avanza, que busca en lugares en los que no ha estado antes.

La matriz de 'Caminos' está hecha de tangos, de alegrías, de bulerías y de granaínas. Pero lo que levantaron los músicos y la bailaora tenía formas nuevas. Chicuelo, tan exultante tras un tiempo sin tocar que aseguró que se le ha hecho largo, anunció para empezar unos tangos de Málaga “pero en versión 3.0”, que aunque a quienes saben de tecnología les pueda dar risa, es una buena manera de dar a entender que algo tiene ecos de futuro. Y sí, algo hay de tecnológico el baile de Karen Lugo, que se deslizaba a la vez flamenca y robótica, con un fluir al mismo tiempo tremendamente humano y digital, como modelado en 3D. Algo hay futurista en el toque cristalino de Chicuelo y en la precisión y la discreción de David Gómez, contrapunto ideal a la exuberancia del violoncelo de Martín Meléndez. Y si no es futuro, por lo menos es algo muy opuesto a la nostalgia o a la reverencia por el pasado. Con el tocaor siempre en el vértice, hubo piezas a dúo, trío y cuarteto hasta que Marco Mezquida, con el que Chicuelo ha abierto su horizonte en los últimos años, apareció para el remate final de una noche que acabó en euforia. Antes, Chano Domínguez, a la cabeza de una banda joven, solvente y aun algo tímida, había recorrido con autoridad el terreno entre el jazz y el flamenco que él mismo ha descubierto y mapeado -su acercamiento a Monk es sencillamente una genialidad-, pero el concierto quedó inevitablemente eclipsado por el de Chicuelo. Demasiado para una sola noche. 

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