Teatro

Crítica de 'Bodas de sangre': Lorca en moto y un funeral

Una imagen del montaje de ’Bodas de sangre’ de Projecte Ingenu.

Una imagen del montaje de ’Bodas de sangre’ de Projecte Ingenu. / EPC_EXTERNAS

2
Se lee en minutos
Manuel Pérez i Muñoz
Manuel Pérez i Muñoz

Periodista.

ver +

La muerte baña todos los rincones de la obra de Lorca y frecuentemente anega su gran tema, el amor insatisfecho que conduce a la tragedia. Entre esas pulsiones se sitúa el muy representado ‘Bodas de sangre’, drama que el grupo Projecte Ingenu ha querido llevar hasta nuestros días. En paralelo a la trama, nos encajan el funeral que el poeta nunca tuvo, justo cuando el próximo miércoles se cumplen 85 años de su asesinato. Y todo contra la superstición comercial de estrenar en el temido agosto teatral barcelonés. ¡Suerte!

Se la merece esta compañía encabezada por el director Marc Chornet, a quien ya hemos visto desacralizar más de un Shakespeare y vestir de chándal al elenco de la también lorquiana ‘Yerma’. Redoblan aquí el riesgo tecnológico hasta casi sumergirse en el teatro-cine que Katie Mitchell y otros tótems han puesto de moda en Europa. Así, el detalle de las mejores interpretaciones se reserva para el primer plano electrónico que veremos proyectado en la pantalla.

Noticias relacionadas

En consonancia, todo pasa en una especie de estudio fotográfico. Sonrisas para la cámara bajo las que se esconde el otro gran tema lorquiano, la denuncia de la hipocresía social de la época. La adaptación de Anna Maria Ricart y el propio director, no obstante, prescinde del entorno rural y del hecho real en el que se inspira la obra para llevar la trama hasta nuestros días. La pareja adúltera huye de la boda en moto y no en el simbólico caballo lorquiano -que tan bien explotó la versión reciente de Oriol Boggi- y alguna cosa se disloca también cuando el Novio tiene un concesionario en vez de una viña. Pero la pérdida más grande se produce por la síntesis: solo veremos a las parejas jóvenes y figuras cruciales como La Madre casi desaparecen o prestan sus diálogos.

La parte elidida de tramas y situaciones la llena un nuevo personaje añadido, el propio Lorca, interpretado por el bailaor Jesús Blanco. Gesto, danza y duende para subrayar fragmentos de discursos, canciones y otros textos que se yuxtaponen al argumento y aportan lecturas de presente. Una especie de fantasma pirandeliano que llena de flamenco su propia obra, anticipándose con taconeo al trágico desenlace. La música en directo de Gerard Marsal va de la tradición a la mesa de mezclas, parte fundamental de esa densa atmósfera que concluye en la acumulación final de entierros. Meter a Lorca dentro de Lorca, hasta que encajan los versos proféticos de ‘Poeta en Nueva York’: "Cuando se hundieron las formas puras / bajo el cricri de las margaritas, / comprendí que me habían asesinado".