Entrevista

Rodrigo Cortés: "Llegar pronto a un sitio se parece muchísimo a llegar tarde"

  • El cineasta se revela como un escritor de imaginación desbordante en la novela 'Los años extraordinarios'

El cineasta y escritor Rodrigo Cortés

El cineasta y escritor Rodrigo Cortés / Marta Calvo

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Beatriz Martínez
Beatriz Martínez

Periodista

Especialista en cultura y cine

Escribe desde Madrid

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Teósofos que levitan, barcos que transitan túneles marinos subterráneos, figuras legendarias, la llegada del mar a Salamanca, monjas karatecas, niñas ancianas, el ataque sanguinario de los de Alicante. Resulta imposible resumir la cantidad imágenes elocuentes que aparecen en ‘Los años extraordinarios’ (Literatura Random House), la impresionante e inabarcable novela que ha escrito Rodrigo Cortés, que, además de consolidado cineasta (‘Buried’), se revela ahora como un portentoso escritor capaz de introducirnos en un mundo tan poético como irónico en el que las reglas adquieren un nuevo sentido a través de la mirada de un hombre, Jaime Fanjul, que pasa por la vida sin sorprenderse por nada. 

¿Cómo definiría a Jaime Fanjul? 

Es indefinible, incluso para mí. Me está sorprendiendo mucho su acogida entre el lector, porque Jaime hace muy poco por ser querido, llega a ser irritante y no le pone las cosas fáciles a nadie. Yo diría que es un personaje que se mueve entre el pasmo y la indiferencia, que acepta la vida del modo en que le viene, sin juzgarla, y sin ninguna resignación tampoco, más bien con la contemplación indiferente de alguien que asume las cosas como son. No tiene un particular propósito en la vida y huye de cualquier persona que pretenda dotarla de trascendencia. Como mínimo, tiene dos características que sí me parecen ejemplares: que no se queja y que no juzga. 

Precisamente dos de las cosas que más hacemos, quejarnos y juzgar

Yo diría que esas son las dos cosas que nos definen como sociedad infantil desde hace tiempo. Jaime Fanjul está lleno de problemas, pero no tiene esos dos. 

"No solo no tenemos por qué opinar, sino que tampoco tenemos por qué tener una opinión necesariamente sobre nada"

El personaje no parece tener capacidad de sorpresa por ninguna de las cosas extraordinarias que ocurren a su alrededor. Tampoco tiene opinión sobre nada. 

Creo que no hay ninguna prisa en tener una opinión sobre algo y, sobre todo, ninguna necesidad. No solo no tenemos por qué opinar, sino que tampoco tenemos por qué tener una opinión necesariamente sobre nada. Para empezar, porque el 99% de las ocasiones es irrelevante. 

¿Cómo surgió ‘Los años extraordinarios’?

Está escrita sin objetivo, sin la vocación de transmitir, de aconsejar ni recomendar nada. Ha sido escrita con orejeras y vendas, sin atender a retóricas de mercado, sin tener miedo a ser incorrecto, sin protección ni red, sin abanderar ningún tipo de bandera. Solo me he guiado por una pulsión creativa. 

¿Se ha sentido libre al escribirla? 

Me he impuesto esa libertad. Ha sido un acto de vindicación de la libertad creadora. Nunca sabía qué iba a hacer cada día cuando me sentaba. No tenía ni idea de quién era Jaime, ni qué le iba a suceder, ni cómo iba a acabar, ni sabía si tenía objetivos, si iba a estar un día en una habitación o siete años viajando por el mundo; no sabía con qué tipo de gente se iba a cruzar, aunque tenía la intuición de que sería gente extraordinaria de la que iba a aprender muy poco. Me acogía a cualquier imagen por ignoto que fuera su origen y la abrazaba, la modelaba y seguía adelante con ella. O me ponía escollos, obligaba a Jaime a hacer cosas que yo nunca haría. Era una especie de partida de cartas diaria a través de una escritura totalmente kamikaze en la que cualquier cosa era posible. 

Es una novela de aventuras, de viajes, un relato homérico, un cuento fantástico en el que hay seres legendarios… ¿Cómo definir ‘Los años extraordinarios’? 

Al fin y al cabo, son las memorias de un viajero que recorre el mundo entero y regresa sin haber descubierto nada. Efectivamente, tiene algo de homérico, pero también del Siglo de Oro, de la picaresca, de la ironía de la novela inglesa, de Enrique Jardiel Poncela y Ramón Gómez de la Serna. Tiene algo de tus mil lecturas, de las reacciones infantiles que tuviste ante películas de aventuras en las que todo era un reto, de la gente que has conocido, de las cosas que has visto, pensado o reflexionado, de las que has imaginado. Pero en el fondo nada es arbitrario. Jaime ve fantasmas, pero tiene una lógica dentro de todo ese mundo. Es cuestión de entrar en sintonía vibratoria con la novela y entender sus reglas para aceptar ese mundo como real. 

"La novela tiene algo de homérico, pero también del Siglo de Oro, de la picaresca, de la ironía de la novela inglesa, de Jardiel Poncela y Gómez de la Serna"

En la primera parte, la que corresponde a la juventud del protagonista, no paran de pasar cosas, sin embargo, el final es mucho más crepuscular y reflexivo. ¿Cómo estructuró ese viaje? 

No planifiqué, pero eso no significa que no veas lo que estás haciendo. Es como si estuvieras escribiendo y montando al mismo tiempo la novela. Así que, de forma natural, los pasajes infantiles son más ingenuos, más directos, con frases más cortas y exuberantes. La juventud es más descontrolada, no hay plan detrás y sí muchas vías posibles, mientras que con la madurez empieza a llegar un determinado desencanto que nunca es amargo, porque Jaime nunca se queja de nada, pero te impone una mirada, y desde luego la vejez supone una determinada reflexión sobre las decisiones que has tomado, nunca solemne ni con afán de lamento, eso sí. 

Al escribir la novela, ¿veía las imágenes de manera cinematográfica? 

El cine y la literatura son antitéticos. La escritura cinematográfica es muy económica, muy sucinta, con una estructura muy cerrada sobre sí misma, no se siembra ninguna información que no se vaya a recoger después o que no sea significativa y los personajes se definen a través de sus acciones. En el caso de la literatura, nos introducimos en el mundo de la evocación, en el terreno de la mirada. La trama a veces es secundaria, es mucho más importante la interpretación de los hechos, la sensorialidad, el valor connotativo de cada personaje, la sonoridad de la palabra escrita. 

¿Cree entonces que ‘Los años extraordinarios’ sería inadaptable al cine? 

Abarca más de siete décadas, con seis actores de diferentes edades recorriendo el mundo entero, con barcos que se introducen en túneles submarinos, con seres mitológicos... Creo que habría que recurrir a un universo como el de Michel Gondry, como el de Wes Anderson, con técnicas de cine mudo, recreando imágenes como si fuera una ópera de Fellini y huir de la literalidad del CGI. En fin, sería una aventura bastante insensata. 

Pero por lo que veo se le han ocurrido ya ideas al respecto

Ya sabes, la imaginación siempre vuela. 

Usted fue 'tuitstar' antes de que Twitter se convirtiera en indispensable, ha hecho podcasts antes de que se pusieran de moda, hizo una película que predijo la crisis económica...

Llegar muy pronto a un sitio se parece muchísimo a llegar tarde, es prácticamente indistinguible.

"En las redes puedes decir lo que quieras, es falso que haya una censura asfixiante. El truco es no contestar"

¿Qué relación tiene en la actualidad con las redes sociales? 

Las utilizo para compartir cosas que hago fuera de las redes sociales, un artículo, un espot, la promoción de una película… Durante un tiempo fue una especie de taller literario y experimental, pero las redes se han convertido en un sitio mucho más enfadado y turbio. 

Pero usted no se ha metido en demasiadas trifulcas

En ninguna. En mi opinión, el truco es no contestar. Puedes decir lo que quieras, es mentira que haya una censura asfixiante. No sucede nada con tal de que no entres en un juego en el que tú no pones las reglas y no se juega en tu campo. La gasolina es tuya y, si no avivas ningún fuego, la vida sigue. 

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¿Qué piensa de la llamada 'cultura de la cancelación'?

Creo que es ruido. El mundo no funciona según lo que dicen los gurús de Twitter, que no tienen ningún poder sobre nada. Si alguien se amedrenta, es porque así lo decide, porque las consecuencias no son reales. La sociedad es infinitamente más razonable, sana y normal de lo que creemos.