El 'boom' transalpino

Italia, una celebración de la resiliencia

  • Los triunfos en Eurovisión, la Eurocopa y los Juegos desencadenan en el país una ola de alegría después de un oscuro periodo de derrotas y pérdidas

La selección italiana de fútbol celebra el triunfo en la Eurocopa por las calles de Roma.

La selección italiana de fútbol celebra el triunfo en la Eurocopa por las calles de Roma. / Angelo Carconi / Efe

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Alberto Marini
Alberto Marini

Guionista

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Os sitúo: Parlamento italiano, el domingo pasado. Se discute la muy controvertida reforma del sistema judicial (¿os suena?). La oposición saca carteles de “la mafia os da las gracias”. El orador de turno es abucheado. Bronca general y desatendidos llamamientos al orden. Italia en estado puro, la Italia que te esperas. Pero entonces alguien avisa de que en Japón pasa algo. Fuera carteles y dentro móviles. Y ocurre la magia: un aplauso espontáneo se apodera del hemiciclo. Se interrumpen los trabajos parlamentarios: el ser humano más rápido del mundo es italiano. Júbilo, por unanimidad. Los que antes se insultaban ahora vitorean juntos; Fratelli d’Italia con Movimiento 5 Stelle. Os vuelvo a situar: imaginad aquí a Vox y a Bildu haciendo lo mismo. Y, en las casas de toda la bota, escenas parecidas, con independencia del credo político, de la edad, sexo, norte, centro o sur.

Y no me vengáis con que Italia siempre ha sido un país patriótico y atento a la cita olímpica. Este domingo ha celebrado los oros de Lamont Marcell Jacobs y de Gianmarco Tamberi gente que no se sabe la letra del himno. Este domingo ha colgado el tricolor al balcón peña que en la final entre Italia y Brasil del Mundial de 1994 iba con Ronaldinho y Bebeto. Este domingo hasta mi tía Carolina estaba muy contenta, ella que no ha visto una competición deportiva en su vida, que no tiene ni idea de quién es Usain Bolt, que cree que para participar en una olimpiada simplemente hay que inscribirse.

Lo que pasa es que Italia tiene unas ganas locas de celebrar. De celebrar… la vida.

Un clima particular

Me di cuenta de este clima particular cuando fui a visitar a mi padre el mes pasado, tras muchos meses de ausencia forzada por la pandemia. Era el día del Italia-España. Volaba desde Sevilla, donde había dejado atrás un ordinario alegre, caluroso día veraniego, con alguna bandera en las terrazas y bares como único testimonio del evento de la noche. Pero nada más poner la nariz fuera del aeropuerto de Turín quedó claro que el tema ahí era distinto. En el recorrido hasta la casa vi una infinidad de puestos ambulantes de venta de banderas tricolores y malditos petardos, de gente con camiseta de la 'azzurra', de niños con la cara pintada. Por todos lados ilusión, esperanza, tensión…, a pesar de que faltaran aún cinco horas para el pitido inicial. Y encima en Turín, la ciudad más seria e introvertida del mundo, donde en los entierros está mal visto llorar y muchas bodas se celebran con una comida y todos para casa.

No, Italia no se ha vuelto patriótica o deportiva de un día para otro. Hay mucho más que futbol o medallas de oro, plata y bronce detrás de las celebraciones de este verano. Es un fenómeno popular a 360 grados.     

Conexiones

Estoy convencido de que existe un significado, una conexión, en el triunfo de Maneskin en Eurovisión pocas semanas antes de quedarnos huérfanos de la añorada Raffaella Carrá; entre la pierna de Tamberi que se rompe antes de los Juegos de Río y el saltador 'azzurro' que celebra su oro en Tokio sosteniendo precisamente esa escayola que le pusieron hace cinco años; entre los ojos al suelo de Chiellini tras la humillación del no mundial de Rusia y su mirada al frente, llena de orgullo, ahora en Wembley. Hoy celebramos la resiliencia. Italia se levanta tras haber caído de forma estrepitosa. Celebramos hoy con ganas porque hemos sufrido mucho ayer.  

El 5 de julio se fue la grandísima Raffaella. Se le dedicaron tres días de impresionante capilla ardiente, un funeral multitudinario retransmitido en directo en el primer canal de la televisión pública (3,5 millones de espectadores), se vertió un mar de lágrimas de norte a sur, de "…'Trieste in giú'", como dice una de sus canciones más famosas. Pero en esas lágrimas había más que la pena por pérdida de la histórica cantante. Eran las lágrimas de un país llamado demasiadas veces, en los últimos tiempos, a unirse en la tristeza. Eran las lágrimas de un país privado una vez más de algo querido. Un país que ya no puede más. Y si entonces un grupo de cuatro chavalines romanos lo peta en Eurovisión, pues a celebrarlo por todo lo alto, porque nos vienen a decir que la vida no solo sigue, sino que puede ser bonita, como antes, cuando las cosas iban bien.

Entonces cobra sentido la extraña celebración de Insigne y de Immobile, que, tras marcar en la Eurocopa, gritan a cámara una frase de una comedia de los 80 de Lino Banfi que probablemente no vieron nunca. O que la selección celebre la victoria en Wembley cantando 'Notti magiche', una canción que acompañó el Mundial de Italia de 1990, cuando los Barella, Donnarumma, Chiesa y Verratti ni habían nacido.

Volver a la alegría

Italia está cansada de estar abatida. Quiere volver a esos tiempos cuando había más alegrías que tristezas, cuando las mascarillas no tenían sentido; cuando ese "'porca puttena'" de Lino Banfi generaba millones de carcajadas en la sala; cuando 'Pronto Raffaella' era para muchos el momento televisivo más delicioso del día; cuando Pietro Mennea ganaba el oro en los 200 metros en Moscú, Sara Simeoni saltaba más alto que nadie en Los Ángeles y la 'Azzurra' ganaba el Mundial de España. 

La celebración de Italia hoy es el desahogo de quien lo ha pasado demasiado mal. Dejando al margen las frivolidades,el covid ha sido devastador en todo el mundo, pero en Italia se ha cebado, sobre todo porque fuimos los primeros en Europa, los más castigados cuando aún los demás no estaban tan mal. Ha sido una catástrofe. La imagen estremecedora de esos ataúdes amontonados en Bergamo aún está demasiado viva en el recuerdo colectivo. Cuenta Bonucci que pensaba en los que ya no están cuando caminaba hacia la pelota para tirar el penalti contra Inglaterra. De eso va la cosa.

Ahora, si algo positivo ha habido en esta tragedia, es que ese dolor se ha compartido, ha unido a los italianos no detrás del rencor contra las instituciones, del victimismo o de un patriotismo estéril, sino en un deseo de volverse a levantar, todos juntos.

El 'efecto fútbol'

Para los 'illuminati' que ahora me vienen a decir que fútbol, olimpiadas y concursos musicales son solo circo para el pueblo, os remito a lo que los economistas llaman 'efecto fútbol'. Resulta que, por ejemplo, en las últimas 13 ediciones del mundial, el país ganador ha tenido un incremento medio del PIB del 0,77%. Y en un país tan emocional como Italia las cosas se disparan. En 2006, tras la victoria en Alemania, el PIB tuvo un aumento récord del 4,1% y la disminución del paro fue del 10% (estudio ABN Amro). Para más inri, la revista 'Forbes' (aquí no sé dónde basan su análisis), en su clasificación anual de los países más felices del mundo, da un peso determinante a los logros deportivos y culturales.

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En fin, una atajada de Donnarumma o un oro de un chico de Desenzado del Garda no te cambia la vida, pero te da esperanza, fuerza y ánimo. Y en Italia la cosa se ve, se toca, se siente. ¡Gracias entonces, Jacobs, Maneskin, 'Azzurra', Tamberi y todos los demás que han traído y traerán alegría al país, "'porca puttena'"!  

Y un deseo. No separe ahora la alegría lo que la pena ha unido.