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Humboldt, los secretos de los volcanes y las plantas

Humboldt nació en esos años en los que el hombre ya había alcanzado la pericia suficiente para poder alcanzar los límites del mundo

Los viajes se habían acotado. La piratería a principios del siglo XIX ya representaba un problema menor...

Humboldt, los secretos de los volcanes y las plantas
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José María Pérez-Muelas

El Chimborazo es el punto de la tierra más cercano al sol y el más alejado del núcleo terrestre. La curvatura del planeta provoca que cuando un hombre respira los aires gélidos de la cima del Everest se sienta físicamente inferior en altura a otro que esté dominando la cumbre del volcán ecuatoriano. Son juegos de efectos que nadie percibe y que solo los últimos avances científicos han sido capaces de determinar. Pero en enero de 1802, en pleno clima tropical, un alemán vestido con levita negra observó por primera vez las faldas de la montaña, con nieve perpetua en la cima. 6263 metros sobre el nivel del mar, y se maravilló de cómo la naturaleza se pone siempre al servicio de la belleza.

El barón Humboldt estaba en el lugar preciso para dejarse sorprender por un medio salvaje, aún no pervertido por la industria humana. Se trata de América, el continente donde los restos del paraíso terrenal se perciben en cada paso. Pero para llegar hasta allí había tenido que viajar mucho. Había nacido en un castillo cerca de Berlín, en una vieja familia de aristócratas de Pomerania. Del castillo a las bibliotecas y de estas a la Universidad, la vida de Humboldt se resistía a inclinarse por las armas o la burocracia prusiana, así que se derivó a la investigación científica. En un tiempo en el que los seres vivos del mundo, las plantas y los animales, las montañas y los ríos aún no tenían nombre (pero no por ser recientes como Macondo), no había mejor manera de conocer que viajar. Por eso su vida y su legado se recuerda hoy como una expedición prodigiosa.

Humboldt nació en esos años en los que el hombre ya había alcanzado la pericia suficiente para poder alcanzar los límites del mundo. Los viajes se habían acotado. La piratería a principios del siglo XIX ya representaba un problema menor, sobre todo porque Inglaterra dominaba los mares como nadie antes y los piratas, en muchos casos, hablaban inglés. La expedición del científico alemán no fue aislada. Ejemplos encontramos también en España, con el biólogo Celestino Mutis y en la Francia de La Perouse. América era por entonces un continente descubierto, por supuesto, burocratizado y plagado de Universidades y Ayuntamientos, con ciudades tan populosas como Londres o París. Pero el salvajismo de su naturaleza había sido imposible de reducir. Y para ello, la ciencia se empeño en la tarea más noble de la historia: estudiar el mundo que nos rodea.

Su viaje comenzó en La Coruña, siendo las islas Cíes, frente a la costa de Vigo, una de las primeras paradas para observar y catalogar científicamente las plantas y animales que habitaban en ellas. Antes había costeado y atravesado la Península Ibérica, elaborando mapas del territorio. Tras quince días de navegación en la corbeta Pizarro, llegó a las Islas Canarias, previo paso de atravesar el Atlántico, una ruta ya conocida por los grandes marineros. Durante el verano de 1799 navegó por el océano hasta arribar en las costas de Venezuela. Será la primera gran misión científica, realizada junto a Bonpland, uno de los mejores médicos del siglo. Juntos exploraran el Orinoco y el río Negro, llegando hasta las inmediaciones de la selva en San Carlos y volviendo hacia la costa.

Humboldt vuelve a la Pizarro y navega rumbo a Cuba por el Caribe. Visita la isla y tras una breve estancia se introduce en Colombia por Cartagena, la ciudad que los ingleses habían intentado tomar en más de una ocasión durante toda la centuria del XVIII. Tras pasar por Bogotá llega a las faldas del Chimborazo y observa la luz de ceniza de sus alturas. Su viaje se recrudece y pasa del paisaje tropical y las playas de palmeras a la cordillera de los Andes. Allí el científico comprueba la grandeza natural de América y la diversidad de su flora y fauna. El de Humboldt es un viaje de lupa y notas, de carboncillo y bisturí, una expedición que requiere de paciencia y observación, dos atributos que todo viajero debería tener en cuenta.

En el invierno de 1803 abandona Perú y se dirige en barco hacia México, navegando por el Pacífico y llegando a Cancún. Salió de México por el Puerto de Veracruz, al contrario que Cortés casi tres siglos antes. Desde allí superaría la América Española y viajaría hacia el nuevo país que había logrado independizarse hacía apenas veinte años. En Estados Unidos Humboldt visitó Washington, la última gran ciudad americana, en una expedición que se alejó de las urbes para conocer la naturaleza, la lejanía de los hombres.

Pero la necesidad viajera que Humboldt no se quedó entre los muros de las bibliotecas y siguió entendiendo la vida como un viaje. Veinte años después se desplazó desde Berlín hasta el macizo de Altái, en la frontera de China con Rusia, para catalogar minerales. Un viaje muy distinto del que lo llevó a redescubrir América, pero con la misma intención de universalidad. Humboldt fue un hombre que no entendió de fronteras y quiso conocer todo a su alrededor.

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Libros

Visitas de las cordilleras y los monumentos indígenas de América. Alexander von Humboldt, Editorial La Catarata

La invención de la Naturaleza. El Nuevo Mundo de Alxander von Humboldt. Andrea Wulf, Taurus


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