Entrevista

Jackson Browne: “El mundo está en declive y requiere una atención seria"

  • El cantautor californiano publica el álbum ‘Downhill from everywhere’, donde plasma sus preocupaciones sociopolíticas y medioambientales

  • El disco incluye la nueva canción ‘A song for Barcelona’, su aproximación a la rumba catalana, dedicada a la ciudad que le dio “refugio” en su “huida del rock’n’roll”.

Jackson Browne, en el estudio con el ingeniero Kevin Smith.

Jackson Browne, en el estudio con el ingeniero Kevin Smith. / Lori Fletcher

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Jordi Bianciotto
Jordi Bianciotto

Periodista

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‘De mal en peor en todas partes’: no es un título que suene muy optimista.

Se refiere en primer término a los océanos. Todo lo que hacemos los humanos termina impactando allí. Pero, además, tiene que ver con lo que ha pasado en este último año en todo el mundo. Sí que pensé “¿no será un poco deprimente o negativo este título?”, pero, al fin y al cabo, este no es un mal momento para sentirnos negativos, si me permites hablar en términos absolutos. No creo que el disco lo sea, pero la situación global da que pensar. El mundo está en un estado de declive y requiere una atención seria

Aunque en Estados Unidos se ha terminado la ‘era Trump’.

Llegué a pensar en escribir algo sobre él. Tenía unas palabras que rimaban con Trump, pero al final no quise ver su nombre en una canción mía. En ese tema, ‘Downhill from everywhere’, me ha gustado contrastar imágenes: “de mal en peor desde la cárcel, desde el centro comercial, desde la granja industrial y el hospital...” ¿Qué relación hay entre la granja y el hospital? Pues la hay y es grande: la comida que pensamos que es saludable y cuyos nutrientes han desaparecido, y las enfermedades que pillamos. Y acabo mencionando a la Asociación Nacional del Rifle, y al G.O.P. (‘Grand old party’, como se conoce al Partido Republicano), y el I.C.E. (Servicio de Control de Inmigración). Porque pienso que las canciones tienen que ser entretenimiento y, aunque la música deba servir a la letra, creo que el tema ya funciona si pillas algunas frases y las conectas, si tener que seguir toda una historia. Esa forma de escribir es nueva para mí, más inmediata de como escribía antes, que era más lineal. Pero, admitámoslo: la canción no es el vehículo ideal para transmitir información. Es otra cosa, más importante. Para expresar cierta verdad, la música sí que funciona. 

En ‘Cleveland heart’ habla de corazones que “no se rompen / ni siquiera laten”, y no es solo una metáfora.

La canción se refiere una fundación médica que construye y comercializa lo que llama ‘corazones inteligentes’. Comenzó antes de los móviles inteligentes, como un concepto de marketing. La canción habla de sustituir nuestros corazones defectuosos por otros que no se rompen, que no cometen errores...

 

Y en ‘The dreamer’ apunta a la inmigración. Esta canción la publicó hace cuatro años con el grupo californiano de raíces mexicanas Los Cenzontles.

Quise regrabarla para que más gente pudiera escucharla. Una canción sobre la frontera, un poco influida por la música ‘norteña’. Hay una tradición de canciones sobre México hechas por tipos anglosajones de Los Ángeles y que no son muy auténticas: mi ‘Linda Paloma’, sin ir más lejos, o ‘Carmelita’, de Warren Zevon, o ‘Cheek to cheek’, de Lowell George... Una vez, David Hidalgo (Los Lobos) me dijo que era todo un subgénero. Por eso este tema lo hice con Eugene (Rodríguez), de Los Cenzontles. Mis líneas favoritas son suyas, cuando dice “¿adónde van los sueños nacidos de la fe y la ilusión...?” Es bonito y es verídico.

¿Cree que la cultura hispana debería incorporarse de un modo más natural al paisaje ordinario de Estados Unidos?

Yo soy de Los Ángeles y he escuchado música mexicana toda mi vida. Es parte de mi paisaje. Crecí en un barrio mexicano y lo escuché todo, desde Ritchie Valens, cantando en español, a Thee Midniters. Muchos artistas, como Santo & Johnny o Johnny Otis incorporaron ritmos latinos a su manera de tocar rock and roll. Y no es solo Los Ángeles. ¿Has escuchado esa canción de Marty Robbins, ‘El Paso’? Creo que la debió grabar en Nashville. Y en Nueva Orleans hay muchas influencias latinas: está cerca de Latinoamérica. Siempre trato de reflejar las cosas que veo, y ‘The dreamer’ es sobre toda esa gente a la que oigo trabajar y sin la cual no podríamos funcionar. La película ‘A day without a Mexican’ explica de manera divertida cómo sería la vida en Los Ángeles sin los mexicanos, que están ahí trabajando en todas las cocinas, cuidando a gente mayor, construyendo las casas... ¡Los necesitamos! ¡Y están ahí desde antes que nosotros! Antes que los anglosajones, España ya estaba en California. Mi abuela vino a este país, desde Noruega, igual que los inmigrantes mexicanos. No lo hizo ilegalmente, tenía un papel, pero lo hizo con 16 años, dejando atrás su país.

Esa temática parece perseguirle últimamente, o quizá sea al revés: tenemos la versión exuberante de ‘Across the borderline’ por parte de Van Dyke Parks, con ese dueto suyo con Gaby Moreno.

Oh, Van siempre ha sido un enamorado de la música latinoamericana. Su musicalidad es orquestal, y lo que hizo en ese disco (‘¡Spangled!’, 2019) fue una locura. Esa pieza la grabó con un ‘tempo’ tan lento... Yo no puedo cantar así. Era la velocidad de la versión de Freddie Fender. “There’s a place where I’ve been told / every street is paved with gold...”. La compusieron Ry Cooder, John Hiatt y Jim Dickinson, grandes autores, para el filme ‘The border’, y esa versión, con esas armonías, suena como las bandas sonoras de los años 30 o 40, casi como de una película de Disney, tipo ‘Canción del sur’. Van es un ‘freak’, una persona muy singular. ¿Quién hace algo así? La única persona que me viene a la cabeza es Randy Newman, un cantautor que se acompaña de una orquesta. 

Usted también es cantautor, pero en su nuevo disco sigue desarrollando el formato de banda de rock’n’roll, de un modo adulto y perfeccionista.

El rock’n’roll es un lugar muy grande. En otros tiempos, en las radios de rock podía triunfar un tema góspel como ‘Oh happy day’, de Edwin Hawkins Singers. Tengo la sensación de que antes todo el mundo escuchaba las mismas cosas, y ahora eso no ocurre tanto. No escucho mucho la radio, pero sí cosas etiquetadas como ‘adult album alternative’ o ‘Americana’, y ahí no es probable que pongan góspel.

A su obra se la ha encuadrado a veces en el ‘soft rock’, una etiqueta que ahora se aplica a creadores muy particulares como Weyes Blood, cuya voz hace pensar en una juvenil Carly Simon.

Natalie Merling, sí, la he visto actuar un par de veces, y de hecho vino al estudio y cantó un poco cuando estábamos mezclando el disco de Haití (‘Let the rhythm lead: Haiti song summit vol.1’, del colectivo Artists for Peace and Justice, 2020). Antes objetaba esas etiquetas, pero ahora entiendo que las necesitamos, porque hay que llamar a las cosas de alguna manera. Weyes Blood es buena y muy peculiar, sí. Me gusta. Como Phoebe Bridgers, una creadora única, con esa manera de cantar tan calmada y perturbadora, muy hipnótica. Tiene una canción, ‘Kyoto’, que habla del padre que trata de recuperar el contacto con sus hijos, que me emociona profundamente, casi me hace llorar. Y me encanta su sentido del humor. A veces se escribe que a mí me han nominado siete veces a los Grammy, lo cual es cierto, pero que a mí me recuerda que esas siete veces no lo gané. Y bien, a ella la han nominado cuatro veces, y en el disco puso una etiqueta que decía ‘Cuatro veces perdedora del Grammy’. ¡Quizá la ponga yo también!

El álbum concluye con ‘A song for Barcelona’, dedicada a “the city of Gaudí and Jujol”, su aproximación a la rumba y a la lengua catalana.

La génesis de la canción fue tratar de acceder a algo de lo que percibí cuando fui a Barcelona, el sentimiento del lugar. Siempre supe que debía ser una rumba, y cuando comencé a probarla con la banda, todo lo tocábamos mal. Vi ese tema de Peret con Ojos de Brujo y fue embriagador. Tenía el plan de ir a grabar el tema a Barcelona con músicos como Aleix (Tobias), Raúl (Rodríguez) o Mario (Mas), pero al final no pude por varios motivos, como que mi nieto estaba a punto de nacer. Me di cuenta entonces de que tenía más sentido grabarla en Los Ángeles, siendo quien soy, sin más. Aleix me dijo que, en términos de percusión, solo cabía añadir una cosa: las palmas. Había que buscar a alguien en Los Ángeles, no era fácil, y por eso las puso Raúl desde la distancia. Siempre me han preguntado qué podía coger de España e integrarlo en mi música, y quizá esa influencia de la rumba y del flamenco ha estado siempre ahí. Me acuerdo de cuando conocí a Sly Dumbar y Robbie Shakespeare, la gran sección de ritmo jamaicana. Le dije a Robbie que estaba tratando de escribir una canción de reggae, y me respondió: “tío, si todas las canciones son reggae, puedes convertir cualquier tema en reggae”. Fue muy revelador.

Como con la rumba.

Creo que sí. Luego me di cuenta de que no tengo derecho a opinar sobre una cuestión como el autogobierno de Catalunya, pero las ideas que lanzo ahí son universales: el respeto, el futuro, la justicia, “la terra”...

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Es poderoso ese tramo final en el que recita los nombres de las calles y las plazas. Hasta menciona la “plaça del Tripi”, que, por cierto, se llama oficialmente “de George Orwell”.

¿Ah, sí? ¿George Orwell? Hice una lista de nombres y Pep Sala me ayudó a pronunciarlos mandándome unas notas con su voz grave y profunda, y su acento de Vic, de la Catalunya interior. ¿Los he pronunciado terriblemente mal? Con la pandemia, estuvimos trabajando treinta días seguidos en esa canción, como en una burbuja del tiempo. Esta canción representa entrar en nuevo territorio para mí. Tiene algo de himno. Puedo imaginarme tocándola cuando a vaya a Barcelona.

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