Festival de Cannes

Cannes 2021: Nanni Moretti vuelve a casa

El cineasta italiano, ganador de Palma de Oro con 'La habitación del hijo', compite por octava vez en el festival francés, esta vez con 'Tres pisos', en la que examina las vidas de un cuarteto de familias que viven en un edificio romano

Nanni Moretti, con las actrices Alba Rohrbacher (izquierda) y Margherita Buy, en Cannes

Nanni Moretti, con las actrices Alba Rohrbacher (izquierda) y Margherita Buy, en Cannes / AFP / Valery Hache

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Nando Salvà

Puede decirse que, al menos a grandes rasgos, la filmografía de Nanni Moretti se compone principalmente de dos tipos de películas: a un lado están aquellas en las que el italiano reflexiona con ironía sobre la sociedad y la política de su tiempo o sobre sus obsesiones personales, a veces a través de la autoficción; al otro, dramas familiares centrados en explorar las emociones a menudo sombrías. En este segundo grupo destaca ‘La habitación del hijo’, la película por la que el italiano obtuvo una Palma de Oro, y desde este domingo también forma parte la que compite por proporcionarle otra.

‘Tres pisos’ examina las vidas de un cuarteto de familias que viven en un edificio romano, y para ello presenta tantos personajes que, inevitablemente, casi ninguno es explorado con la hondura psicológica propia del mejor Moretti. A través de ellos, la película maneja generosas dosis de la clase de material argumental que nutre las telenovelas -atropellos mortales, adulterios, peleas fratricidas, acusaciones de pedofilia, enfermedades mentales, hijos que patean patean el estómago a sus padres, y así-, pero lo cierto es que trata todos esos asuntos con total sobriedad. En el proceso, además, el director demuestra una gran habilidad a la hora de alternar y hacer avanzar las distintas líneas narrativas, aunque con ese fin a veces obliga a los personajes a exhibir comportamientos altamente ilógicos e improbables.

Hansen-Love y Bergman

Si ‘Tres pisos’ ya es la octava película de Moretti que compite en Cannes, ‘Bergman Island’ tan solo la primera de la francesa Mia Hansen-Love que lo hace. Su título lo deja claro: transcurre en Fårö, la isla de Suecia en la que Ingmar Bergman vivió buena parte de su vida y rodó algunas de sus obras. Y mientras contempla a un matrimonio de cineastas que llegan allí en busca de paz e inspiración para sus respectivos proyectos, en cierto modo ofrece una guía introductoria al universo del maestro: los personajes hablan de su cine, discuten aspectos de su biografía -su fe, su nociva obsesión por el trabajo-, visitan escenarios donde rodó títulos como ‘Secretos de un matrimonio’ o ‘A través del espejo’ y hasta interactúan con una figura demiúrgica que no se llama Ingmar pero tal vez podría. Entretanto, poco a poco, de dentro del relato emerge otra historia, y con ella va Hansen-Love va dando forma a un audaz juego metatextual que permite a la película funcionar también como intrigante reflexión acerca de los mecanismos de la inspiración creativa y de cómo los artistas utilizan la ficción como espejo de la realidad y viceversa.

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Ese diálogo entre el arte y la vida, por último, también es una de las preocupaciones de ‘Drive my car’, la primera obra maestra rotunda e indiscutible entre los títulos aspirantes a la Palma de Oro de este año presentados hasta la fecha. Basada en un relato corto homónimo de Haruki Murakami, la nueva película del japonés Ryūsuke Hamaguchi observa a un director teatral que, aún sumido en un estado de duelo reprimido tras la muerte de su esposa, afronta la producción de un montaje experimental de ‘Tío Vania’ en el que todos los personajes hablan usando lenguajes distintos, incluído el de signos. A partir de esa premisa, Hamaguchi replantea cuestiones ya abordadas previamente en su cine, como el papel que la simulación y la actuación juegan en nuestras vidas, la capacidad purificadora de la confesión y nuestra incapacidad para comunicarnos de forma sincera y profunda pese a poseer todas las herramientas necesarias para hacerlo; y lo hace a través de una sucesión de exuberantes intercambios de diálogos, y de 180 minutos de metraje tan íntimos como absolutamente monumentales. Ya hace tiempo que el genio de Hamaguchi dejó de ser un secreto, pero esta película promete elevarlo a la categoría de autor imprescindible.