Festival de Cannes

Emmanuel Carrère traslada su método a la gran pantalla

El escritor, maestro de la autoficción, presenta fuera de concurso en Cannes su tercer largometraje, 'Between two worlds', historia de paro y exclusión social protagonizada por Juliette Binoche

Fotograma de ’Between two worlds’, de Emmanuel Carrère 

Fotograma de ’Between two worlds’, de Emmanuel Carrère  / El Periódico

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Nando Salvà

Suele decirse que el escritor Emmanuel Carrère usa las vidas de los demás para hablar de sí mismo. Y es indudable que el método le funciona: para bien y para mal, el flamante premio Princesa de Asturias ha convertido la autoficción en el género más en boga de los últimos tiempos. Y si algo -pero poco más- hay que reconocerle a su tercera película como director es que la utiliza para hablar de lo que sabe.

Al principio de ‘Between two worlds’ -cuya presentación este miércoles en Cannes ha servido para inaugurar la sección paralela Quincena de Realizadores- conocemos a Marianne (Juliette Binoche), una mujer madura que encadena trabajos temporales y mal pagados limpiando sanitarios. No lo hace por necesidad, eso sí; es parte del proceso de escritura de su próximo libro. El problema es que toda la gente con la que estrecha lazos en el proceso, currantes precarios que sí tienen serios problemas para sobrevivir, no conocen su doble vida. Desde el principio queda claro que, llegado el momento, la mujer deberá enfrentarse a los daños emocionales causados por su mentira; y, considerando la contrastada solvencia literaria de Carrère, resultan especialmente llamativas tanto la tosquedad narrativa que la película aqueja a la hora de resolver ese conflicto como su decisión de retratar a aquellos más castigados por la sociedad exclusivamente como dechados de bondad, solidaridad y sororidad. 

Mientras desarrolla la historia, además, durante parte del metraje Carrère se muestra dispuesto a usarla para hacer examen de conciencia y cuestionarse si determinadas estrategias literarias son moralmente aceptables o no. Y resulta decepcionante que al final, aunque evita el impúdico recurso de la autoexculpación completa, parece solventar el debate afirmando que, para los escritores como Marianne y como él mismo, el fin -en el caso de ella, dar visibilidad a los maltratos y la explotación que el sistema capitalista impone sobre los menos favorecidos- justifica los medios.

Eutanasia sin drama

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El otro autor galo ilustre de la jornada ha sido el cineasta François Ozon, poseedor de una filmografía lo suficientemente extensa, ecléctica e irregular para resistirse a generalizaciones pero de quien, en todo caso, puede decirse que resulta más convincente cuando adopta un tono travieso, malicioso y un poco petardo que cuando trata de abordar temas importantes. Lo demostró hace poco con ‘Gracias a Dios’ (2019), película que dedicó a la pederastia en el seno de la Iglesia Católica y a la que, quizá paralizado por la gravedad del asunto, fue incapaz de intensidad o pulso dramático algunos. Y algo parecido, de hecho, puede decirse de la ficción que ha presentado aquí a concurso.

Basada en el libro homónimo de Emmanuel Bernheim, en el que la autora relataba el proceso que culminó con el suicidio asistido de su padre, ‘Todo fue bien’ se acerca a la eutanasia desde un enfoque original: a Ozon no le interesan los dilemas éticos sino las complicaciones logísticas, y para explorarlas huye por completo del tremendismo y la sensiblería. Hasta ahí, todo bien. Sin embargo, el francés se muestra incapaz de encontrar soluciones dramáticas alternativas -a ratos coquetea con la comedia, pero sin excesiva convicción- para aportar energía al relato y dotarlo de estructura. Como consecuencia, en su camino hacia una conclusión conocida de antemano, la película transcurre como una amorfa y tediosa sucesión de escenas demasiado parecidas entre sí.

Navad Lapid lanza su furia con Israel

El cine de Navad Lapid está protagonizado por personajes enfadados, desorientados, aterrados, paranoicos y retorcidos, y es lógico que así sea porque la idea principal de sus películas -por la tercera, ‘Sinónimos’ (2019) obtuvo el Oso de Oro de la Berlinale- es que ese precisamente es el estado en el que Israel sume a su gente. La ficción con la que compite por la Palma de Oro, ‘Ahed’s Knee’, contempla el progresivo quebranto psicológico de un cineasta que se desplaza a un pueblo en el desierto de Aravá y allí se topa de bruces con los perversos mecanismos de censura. Y, mientras lo hace, el ataque que Lapid dirige contra el Estado, los líderes y la sociedad israelíes es tan furibundo, tan explícito y tan frontal que resulta inevitable entenderla como un provocador acto de protesta -un grito de alarma, si se quiere- disfrazado de película. Promete dar mucho de qué hablar.