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Rafaela Carra, en una actuación televisiva

Rafaela Carra, en una actuación televisiva / El Periódico

Llegábamos a un mundo nuevo que comenzaba a ser una fiesta, qué fantástica, fantástica esta fiesta. El pasado reciente y el presente continuo eran todavía tan grises como la policía armada. Después vendrían esos de marrón de qué carrera de las manifestaciones estudiantiles con el cojo Manteca y esos de azul que en nada se parecían a los 'blues' de Hill Street. El mundo que creíamos nuevo era de plexiglás rojo y tinte rubio platino en el que algunos, los más afortunados, se iban al sur para hacer bien el amor con algunas a las que les explotaba repetidamente el corazón. Y viceversa. Qué simple era todo: bastaba saber que en el amor todo es empezar. Aunque es posible que todo esto sean solo rumore, rumore.

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El nuevo mundo era un mundo caliente-caliente eh-oh, caliente-caliente oh-ah. Pero apenas se notaba más allá del zoom del ballet Zoom y de Valerio Lazarov. El colocón de escotes, pantalones apretados, melenas del príncipe valiente y estridencias no tiene consideración en los manuales de medicina ni en los atenuantes de la fiscalía general del estado. Rafaella salía al escenario y ponía en jaque las leyes de la energía cinética. Se convertía en una niña del exorcista con sonrisa permanente, atropellaba al diccionario, rompía las barreras de Europa, alimentaba sueños más de muselina que de Mussolini.

La Carrá era el golferío sin pretensiones, la 'dolce vita' de andar por casa, el marido que escondía una mujer en el armario, qué dolor, qué dolor. Rafaella decía hola en la tele sin mando a distancia y se le ponía firme media España. Rafaella bailaba todas las danzas del mundo, era cosmopolita y sonriente sin reparos. Sin Cultural Studies, sin restricciones morales, sin franquicias. Ganaremos mañana a Italia en las semifinales de la Eurocopa. Y yo me acordaré de Rafaella y quizá de mi infancia setentera, tan gris, mientras me digo a mi mismo -y esto ya es en serio- “Mama, dame cien pesetas”.