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Sean Connery y Harrison Ford, en ’Indiana Jones y la última cruzada’

Sean Connery y Harrison Ford, en ’Indiana Jones y la última cruzada’ / El Periódico

Como la vieja cartilla del extinto servicio militar –hablo de “la blanca”, por si no está claro–, el escritor, a falta de acción bélica, debiera resumir su actividad con un escueto “Valor: se le supone”. Pero no el valor que concedemos a una obra o a un autor entre sus contemporáneos o a posteriori. No una “valoración” crítica sobre criterios estéticos, sociales, éticos o de cualquier otro tipo. Hablo del valor que el DLE define, siempre tan rimbombante, como “cualidad de ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros” (acepción 8). Hablemos del valor de los autores, de ese valor que se le exige a Indiana Jones cuando, en busca del Santo Grial, se ve en la obligación de cruzar un precipicio para salvar la vida de su padre. “Solo el que salte de la cabeza del león probará su valor”, estaba apuntado en la libreta de su progenitor. Indi se arriesga, claro, porque la situación es dramática: la vida o la muerte. Y da el primer paso en el vacío. Quizá como la propia exigencia de la escritura.  

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Pero no se trata de los viejos resabios de “tener pelotas” o de “hacerlo por cojones”, por otra parte elevados conceptos motivacionales muy usados en la formación del espíritu nacional de la citada “mili”. La realidad es que todo podría resumirse en una sentencia de 'El simple arte de escribir' del siempre directo Raymond Chandler: “Si uno tiene el talento suficiente, puede arreglárselas, hasta cierto punto, sin agallas; y si tiene suficientes agallas, puede arreglárselas, hasta cierto punto, sin talento. Pero no se puede salir adelante sin lo uno u otro”. También lo ha dejado meridianamente claro Lorrie Moore en 'Pájaros de América': “Además, creo que para estar dispuesta a hacer las cosas se necesita valentía; esta es la esencia misma del talento”.

El valor de creer en uno mismo, el valor de crear, el valor de equivocarse, el valor de corregir (“se escribe por la otra punta del lápiz, la que tiene goma de borrar”, parece que dijo Juan Rulfo), el valor de dejarse enseñar, el valor de tener miedo, el valor de ser original y el valor de no serlo, el valor de fracasar. Ahora, una ración de emperador a la plancha. Se cuenta que, habiendo regresado el joven Carlos I de una empresa militar resuelta en derrota, quedó muy mohíno y apesadumbrado. Su preceptor, un don Juan Manuel, le dijo aquello de “quien nunca se pone a nada, nunca le acaesce nada”. O lo que es lo mismo: “Es un salto de fe”, como se anima Indiana Jones antes de dar su primer paso. “Tienes que creer”. 

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