Discoteca legendaria

Studio 54: el segundo lugar más vicioso de los años 70

Steve Rubell y Ian Schrager, fundadores de Studio 54, en la puerta de la discoteca, en 1978.

Steve Rubell y Ian Schrager, fundadores de Studio 54, en la puerta de la discoteca, en 1978. / Photofest

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Ramón Vendrell
Ramón Vendrell

Periodista

Especialista en pop antiguo, tebeos, libros, rarezas y juventud

Escribe desde Barcelona

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Con la salvedad de la sede de Casablanca Records, en la East 20th Street de Los Ángeles, la discoteca neoyorquina Studio 54, en la West 54th Street, fue el lugar más libertino de la década de 1970. Competir en excesos con el cuartel general del sello discográfico fundado por Neil Bogart, casa de Kiss, Donna Summer, The Village People y los Parliament de George Clinton, solo es posible poniendo alegremente un pie en la tumba. La cocaína estaba por doquier, como si un hada, o una bruja más bien, la hubiera espolvoreado sobre las oficinas. "Estaba en yemas de dedos, en mesas, en labios superiores, en el suelo", dijo Larry Harris, socio de Bogart en Casablanca. Los años 70 tuvieron dos colores en Estados Unidos: el naranja de ropas, muebles, paredes y alfombras y el blanco de la farlopa.

La música y la escena disco se forjaron en los márgenes de la sociedad, como todas o casi todas las culturas que valen la pena. The Loft pasa por ser el kilómetro cero del asunto. Con este nombre montó el 'disc-jockey' David Mancuso en 1970 sus primeras fiestas 'underground', al principio en su casa de Nueva York. No se servía alcohol y la entrada era solo con invitación. Fueron estos saraos, que irían cambiando de ubicación, agua de mayo para los gais, cuyos clubs habituales estaban en el punto de mira policial. El equipo de sonido de Mancuso era tremendo y no menos tremendo era su ojo para detectar heterodoxos llenapistas, verbigracia 'Soul makossa', de Manu Dibango.

Siguieron a The Loft otros templos del baile subterráneo como The Gallery, Paradise Garage y Crisco Disco, los tres en Manhattan, si bien el fenómeno se extendió a Chicago, Filadelfia y Los Ángeles. Homosexuales, negros, latinos e italoamericanos formaban el núcleo de la clientela. Pronto los productores musicales más listos empezaron a facturar largas canciones o remezclas específicas para el baile. Solo un segundo después había hasta 'roller discos'; en efecto, discotecas para bailar patinando. La extraordinaria película 'Fiebre del sábado noche' (1977) documentó los orígenes 'curriquis' de la locura disco y la propulsó hasta el infinito y más allá.

El movimiento disco, comprometido solo con el baile y pasarlo bomba, estaba hecho a medida de la 'jet set' artística de los 70, que había encontrado en la narcisista coca el anestésico ideal contra la pérdida de las esperanzas de los 60. De modo que en 1977 los empresarios Ian Schrager y Steve Rubbell abrieron Studio 54. La primera canción que pinchó Richie Kaczor en la inauguración fue 'Devil's gun', de C. J. & CO., en realidad un fenomenal producto de estudio de Mike Theodore, Dennis Coffey y Tom Moulton.

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Studio 54 llevó al extremo la principal regla del negocio de la noche: hacer sentir un privilegiado a quien consigue entrar. De Andy Warhol a Truman Capote, de Bianca Jagger a Grace Jones, de Debbie Harry a Elton John, todo quisqui que salía en las revistas paraba por allí. Cómo no estar dispuesto a hacer las mil y una para acceder a ese Olimpo del glamur, caracterizado por el 'laissez faire' con el consumo de drogas e incluso la práctica del sexo.

La primera y más importante etapa de Studio 54 terminó con una fiesta en la madrugada del 3 de febrero de 1980: Schrager y Rubbell tenían un marronazo con Hacienda. Al final se declararon culpables de evasión de impuestos y pasaron 13 meses en prisión.