Literatura y compromiso

Adiós a Caballero Bonald, la ejemplaridad del estilo

Con el fallecimiento a los 94 años de José Manuel Caballero Bonald, Premio Cervantes 2012, desaparece el último gran poeta de la generación del medio siglo.

José Manuel Caballero Bonald, en su casa de Madrid en el 2012.

José Manuel Caballero Bonald, en su casa de Madrid en el 2012. / DAVID CASTRO

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Con la muerte de Caballero Bonald ya no queda nadie en la foto de Colliure, la del homenaje a Machado en febrero de 1959. Todos han ido yéndose de ella: Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda y Carlos Barral. Ahora la imagen de aquel brillante equipo de poetas, los de la promoción de los 50, está vacía, como un escenario sin actores, sin obra ni telón.

Desde su primer libro de poemas, 'Las adivinaciones' (1952) hasta la colección de retratos 'Examen de ingenios' (2017), la obra de Caballero Bonald se despliega en innumerables direcciones y con indesmayable vigor expresivo en todas ellas: la poesía, la novela, la semblanza, el ensayo. Dueño de un idioma exuberante y preciso, lo vitalizó con el combustible de una inteligencia incisiva -y por ello a veces cortante-, con una mirada descreída y, cuando hacía falta, airada, y con un sentido del humor que iba de lo irónico a lo corrosivo. Como ocurre con otros grandes creadores, sus últimos años fueron inopinadamente fecundos y no me refiero a la cantidad de títulos sino a la hondura y complejidad de su obra.

De izquierda a derecha, Carlos Barral, Caballero Bonald, Luis Marquesán, Gil de Biedma, Ángel González y Joan Ferraté, junto a la tumba de Antonio Machado en Colliure en 1959.

/ El Periódico

Rebeldía clarividente

'Somos el tiempo que nos queda' fue el título, en 2004, de su poesía completa, y como si respondiera a esa lúcida percepción del tiempo, desde 1995 estaba escribiendo una serie de libros excepcionales. De aquel año fue el primer tomo de sus memorias, 'Tiempo de guerras perdidas', al que siguió 'La costumbre de vivir' (2001): ambos conforman una 'Novela de la memoria' (fue el título conjunto en 2010) que es un prodigio de forcejeo entre el recuerdo dado y el forjado y no menos un ejercicio soberbio de prosa. Pero Caballero Bonald no se refugió en absoluto en el pasado: el presente del siglo XXI lo interpelaba y desde sus ochenta años, con una rebeldía clarividente, escribió 'Manual de infractores' (2005). Este poemario no fue un fruto aislado, porque le siguieron 'Entreguerras' o 'De la naturaleza de las cosas' (2012) y 'Desaprendizajes' (2015), libros sobre la desposesión progresiva y el adiós imposible.

Cuando la foto de Collioure, en 1959, tenía Caballero Bonald 33 años, había publicado cuatro poemarios, era secretario -sería subdirector- de la revista 'Papeles de Son Armadans', que Cela había creado en Mallorca para favorecer la publicación de los escritores exiliados y militaba en un activo y clandestino antifranquismo.

Aunque había empezado a estudiar Náutica en Cádiz (él era jerezano), le pudo su pasión por la literatura y en 1949 cambió a Filosofía y Letras en Sevilla, aunque su escuela literaria la encontró al mudarse a Madrid en 1952, donde conoció a algunos supervivientes de la generación de la República como Vicente Aleixandre. Meses después de honrar a Machado, aquel poeta andaluz obtenía el premio Boscán y el de la Crítica por el buceo poético en su memoria que fue 'Las horas muertas', aunque para entonces ya creía, como casi todos, que era ineludible que la poesía asumiera una misión social.

Argónida

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De esa convicción salieron los versos de 'Pliegos de cordel' (1963), pero sobre todo su primera novela, 'Dos días de septiembre' (1961), con la que ganó el Premio Biblioteca Breve. No era solo una historia de oprimidos y opresores en el mundo rural limitada a dos días de vendimia, sino que era un relato mítico situado en el territorio de Argónida (transposición del Coto de Doñana) en el que el escritor hacía una exhibición de estructura del relato y de elaboración de estilo. Probó Caballero Bonald que era factible conciliar la denuncia de la explotación o la injusticia con la labor rigurosamente literaria. La construcción de una escritura de alto tonelaje literario, barroca en su forma y simbólica en su fondo, se completaría en 1974 con la novela 'Ágata, ojo de gato', en perfecta consonancia con los experimentos que estaban llevando a cabo los narradores españoles y latinoamericanos del momento. No se movió de Argónida en sus novelas posteriores, de 'Toda la noche oyeron pasar pájaros' (1981) a 'Campo de Agramante' (1991), pero sí supo acercarse a sus lectores sin abaratar su exigencia literaria.

En esta exigencia, que dotó de nobleza artística toda su obra, reside su ejemplaridad literaria e intelectual.