Crítica de teatro

Alfredo Sanzol monta un festín en el Lliure

  • 'El bar que se tragó a todos los españoles' es un gran artefacto escénico, un megarrelato que nunca titubea en sus tres horas de duración

  • El director del Centro Dramático Nacional sirve como un caudaloso torrente teatral el historión de un joven cura navarro que en 1963 quiere colgar los hábitos

Un momento de ’El bar que se tragó a todos los españoles’.

Un momento de ’El bar que se tragó a todos los españoles’. / Luz Soria

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Un historión ha aterrizado en el Lliure de Montjuïc durante cinco días. El de Jorge Arizmendi, un joven cura navarro que decidió colgar los hábitos en 1963. Quería disfrutar de la libertad de formar una familia y ser dueño de su futuro, ya que no lo había sido de su pasado. Así sucedió porque se vio obligado a entrar en el seminario a los 12 años. Es el personaje sobre quien gira la obra con la que el dramaturgo navarro Alfredo Sanzol se ha estrenado como director del Centro Dramático Nacional. Ya desde el propio título –'El bar que se tragó a todos los españoles'- Sanzol avisa de que va a por todas: tres horas de un gran artefacto escénico que pasa como el trago de una buena cerveza. El autor y director ha vuelto a desplegar, además, otro saludable ejercicio de memoria histórica, 'género' del que es un maestro.  

La figura de su padre le inspiró para escribir un megarrelato que bien podría ser la adaptación de una gran novela. Supone su personal homenaje a unos tiempos y a una sociedad que empezaba a dejar atrás los años más tenebrosos de la dictadura franquista. Arizmendi no solo pelea por la dispensa papal como si le fuera la vida en ello, que le va, sino que mantiene actitudes propias de un cura rojo de la época.

Material para una serie televisiva

Como el protagonista, el padre de Sanzol también dejó el sacerdocio y se fue a Orange (Texas) para aprender inglés, y allí encontró una familia de rancheros que le querían adoptar. Hasta aquí los hechos reales y a partir de ahí Sanzol nos regala un caudaloso torrente teatral. La 'road movie' del sacerdote que no quiere serlo le lleva en su Ford Galaxy hasta San Francisco. Allí llegará, incluso, a coincidir en una fiesta con Martin Luther King. Y es que Sanzol no se está de nada en una pieza con aire de telenovela de sobremesa, o que podría dar lugar a una serie televisiva de una decena de capítulos. El historión cuenta también con alguna situación que hace tambalear la credulidad del espectador, como ese encuentro con Luther King, en el que conocerá a la que será su mujer, Carmen.

Un soberbio Francesco Carril es Jorge Arizmendi y una no menos sobresaliente Natalia Huarte es su enamorada Carmen. Están al frente de un elenco extraordinario

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Pero Sanzol siempre sale victorioso de cualquier triple mortal que afronte por una brillante escritura teatral y una dirección dinámica. O por ese tono entre poético, melancólico, costumbrista y vitalista que impregna la mayoría de sus piezas. No falta tampoco en esta el humor saludable y gamberro. Se destapa sin freno en la segunda parte cuando relata el viaje de Arizmendi a Roma en busca de la ansiada dispensa. Allí encontrará la ayuda de un compañero de colegio -sacerdote también, aunque de costumbres digamos licenciosas-. Es el impagable Txistorro.

Un soberbio Francesco Carril encarna a Jorge Arizmendi y una no menos sobresaliente Natalia Huarte es su enamorada. Magníficas resultan sus escenas a dúo y son los únicos con un solo rol en un elenco extraordinario. Elena González, David Lorente, Nuria Mencía, Jesús Noguero, Albert Ribalta, Jimmy Roca y Camila Viyuela se multiplican en la infinidad de personajes que se mueven en la poliédrica escenografía de Alejandro Andújar, otro puntal de un espectáculo que vuelve a ratificar que Alfredo Sanzol se mueve por la zona vip del teatro español.