Entrevista

Love of Lesbian: “En este país te ponen en la lista de extremistas muy rápidamente”

  • Love of Lesbian regresa, cinco años después, con ‘Viaje épico a ninguna parte’, un álbum escéptico en el que propone, pese a todo, el paso adelante como actitud vital. Santi Balmes (cantante), Jordi Roig (guitarra y teclados) y Oriol Bonet (batería), integrantes del grupo junto al guitarrista Julián Saldarriaga, reciben a este diario acompañados de un enfermero que somete previamente a cada periodista a un ‘test’ de antígenos.

Jordi Roig, Santi Balmes y Oriol Bonet, de Love of Lesbian.

Jordi Roig, Santi Balmes y Oriol Bonet, de Love of Lesbian. / Ferran Sendra

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Un ‘test’ clínico para hacer una entrevista. Cómo nos tenemos que ver.

Santi Balmes. Debemos dar ejemplo, porque si no, la gente se nos echa encima. Desde el concierto del Palau Sant Jordi, una foto mal hecha y ya la hemos liado. Cada día que salimos nos hacemos una prueba.

 

Aunque el concierto era un ensayo clínico con ‘tests’, mascarillas y el visto bueno sanitario, generando una corriente principal de simpatía, en las redes les han llamado locos e irresponsables.

S. B. Cuando leí un comentario que decía “ojalá se muera toda tu familia” marché una semana de las redes por salud mental. Este es un país muy visceral, donde se opina de algo solo por un titular, y ha habido alguno un poco capcioso: “concierto sin distancia social para 5.000 personas”.

Jordi Roig. Se ha hecho mucha demagogia. Pero yo me habría preocupado más si las entradas no se hubieran vendido. Cuando hicimos lo de Open Arms en Apolo ya nos llamaron traficantes de personas y colaboradores de las mafias.

 

Ya está aquí, con muchos meses de retraso, ‘Viaje épico a ninguna parte’. ¿En qué ha cambiado respecto a como lo concibieron tras la pandemia?

S. B. Dio tiempo a algún retoque de versos, estructuras, pero poco más.

Oriol Bonet. Alguna canción no ha entrado porque quedaba un poco fuera de lugar.

S. B. Tenía un punto demasiado barroco.

 

¿Querían alejarse del sonido multicapa de ‘El poeta Halley’ (2016)?

S. B. Queríamos hacer un disco en el que primara la emoción y la contundencia, sí, con canciones en las que no hiciera falta una transición para ir al estribillo. Primando la sencillez. En ‘El poeta Halley’ había canciones de hasta seis minutos, llegamos a un tope y yo personalmente no quería ir más allá.

 

Un paso atrás.

S. B. O adelante, para que la música controle más la canción que la letra. Con temas como ‘Los males pasajeros’ nos obcecamos en que la lírica dictase la música.

J. R. Nos encontrábamos muy cómodos con aquel exceso de capas, pero ahora si vemos que un tema va con bajo, batería y guitarra, lo respetamos y lo extremamos.

 

Pero no es un disco súper-pop: aunque contiene algunos temas expeditivos, abundan los medios tiempos.

S. B. Porque queríamos huir de la típica canción que parece hecha exprofeso para los festivales.

J. R. En ‘La noche eterna. Los días no vividos’ (2012) había algunas de estas.

S. B. Porque íbamos a los festivales y teníamos ‘Club de fans de John Boy’ o ‘Algunas plantas’, y nos vimos faltos de más temas contundentes, trajes a medida para esa situación. Pero, cuando ya has pasado por eso, y no te ha hecho feliz, pues fuera.

J. R. Salvando distancias, The Cure es un ejemplo de grupo que hace una gira con su repertorio tanto en un local para 2.000 personas o para 20.000, con una seguridad en sí mismo.

 

¿Cambiaron la orientación narrativa de las canciones con la pandemia?

S. B. Curiosamente la mayoría estaban escritas antes, de una temporada en la que nos había costado tomar decisiones. Por eso la idea del álbum es la de dar el paso. Estábamos en Ciudad Juárez, teníamos El Paso ahí, tan cerca y tan lejos, y pensé en los pasos que en la vida te cambian para siempre. El disco habla de eso, de la necesidad de huir de lo estático. Comienza con el paso delante de un amigo para marchar de esta vida.

 

En la canción que da título al disco.

S. B. Y después la idea reaparece en ‘Viento del oeste’, ‘Los irrompibles’, ‘El paso’… Este álbum se hizo después de haber tomado decisiones internas convulsas.

 

¿Como el cambio de ‘management’?

S. B. Ahora trabajamos con un triunvirato: Gonçal (Planas), hombre de confianza de toda la vida; Industria Works, para Latinoamérica y Estados Unidos, y Panda para la contratación nacional. Y nuestra carrera ya está mejorando: en Panda nos aconsejaron hacer el concierto del Sant Jordi, que nosotros no queríamos hacer porque no deseábamos ser el estandarte de algo mal organizado. Nos decidimos cuando vimos que estaríamos muy bien acompañados de un equipo de médicos, y con los festivales detrás.

J. R. El grupo se había convertido en una entidad tan fuerte que nadie nos discutía nada, y un mánager tiene que discutirte cosas. Luego, otro cambio interno fue la marcha de Joanra (Joan Ramon Planell, bajo), una persona que estuvo en el local con nosotros desde el principio.

S. B. En todas las bandas formadas por amigos se producen lógicos desgastes.

 

Los pasos que dan son en teoría para bien, pero el álbum tiene un punto de nihilismo desde el mismo título.

S. B. Totalmente. En esta contradicción se mueve la creatividad quizá. Cuando pensé en lo que hizo mi colega, después de tantos sueños, me pareció que el suyo había sido un viaje épico hacia la nada. En la vida nos llenamos de heroicidades, pero hay un poco de autoengaño.

 

Se citan con Bunbury en ‘El sur’, canción muy digna de él.

S. B. Me he sentido como Andrew Lloyd Webber cuando compone un tema a medida de un cantante.

O. B. Si él hubiese dicho que no, seguramente no la habríamos grabado.

 

Llama la atención ‘Escuela de danza aérea’, delicada y majestuosa.

S. B. Haciendo un símil futbolístico, seria una canción Iniesta, jugando en medio campo con elegancia, entre el pasado, el presente y el futuro. Para mí es un tema de segunda o tercera escucha, pero es de los que más está gustando.

 

Hay enfado en el disco. En ‘Eterna revolución’ habla de “listas de extremistas”.

S. B. Porque solo por defender el referéndum del 1-O a unos cuantos de la banda casi nos querían meter en la cárcel. En este país te ponen en la lista de extremistas muy rápidamente. Y solo somos músicos. También hay críticas veladas a la ultraderecha en esa canción: “Si blanquean al racista no hay color”. Y en ‘Los irrompibles’. Y lo más ‘heavy’ es que algún fan del grupo dejará de serlo porque es votante de Vox. Están subiendo, es dramático.

 

¿Por qué dicen en una canción (compartida con El Columpio Asesino) que Catalunya es ‘bondage’?

S. B. Porque nos hemos resignado a perder.

O. B. Cuando hemos podido tomar decisiones, históricamente, no hemos sabido aplicar lo mejor de nuestra forma de ser. Nos hemos equivocado siempre.

S. B. Me da miedo que esto se convierta en un mal endémico. Llevamos siglos así. Incluso el 1-O fue muy naíf. Cualquiera que conozca cómo es el Estado, y sus cloacas, sabe que algo así no se iba a permitir. Y nosotros fuimos todos a votar.

 En Catalunya llevamos más de dos meses esperando la constitución del nuevo gobierno. ¿Siguen el serial?

S. B. Estamos cansados de estas luchas intestinas. Te da la sensación de que todo esto está muy fuera de la realidad.

J. R. Mientras la iniciativa privada ha arriesgado capital haciendo el concierto del Sant Jordi, con un mensaje para el mundo entero, ellos van jugando.

 

Este verano no habrá eventos multitudinarios, pero sí festivales como el de Pedralbes, donde actuarán el 2 de junio. ¿Cómo encaran las presentaciones del álbum?

J. R. Planeábamos dar pocos conciertos para mucha gente, y serán muchos para poca gente.

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S. B. Con el aforo que se pueda. Todo el tiempo pendientes del Procicat.