Crítica de teatro

'La meva violència': jóvenes aunque sobradamente cabreados

El dramaturgo Llàtzer Garcia y la compañía H.I.I.I.T levantan en el Tantarantana un incómodo retrato generacional con algún dardo envenenado hacia el 'establishment' teatral.

Un momento de ’La meva violència’.

Un momento de ’La meva violència’.

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'Look back in anger' fue la obra fundacional de los Angry young men de mitad del siglo XX. Con ella su autor, John Osborne, inició una corriente alternativa al teatro escapista de ambientes refinados. Llàtzer Garcia -dramaturgo de nivel y cada vez -más certero- reconoce sin rodeos la influencia de la pieza inglesa, inspiración libre para 'La meva violència' que también dirige para la compañía H.I.I.I.T en el Tantarantana. En ambos textos encontramos un retrato generacional salido de las tripas, desencanto como materia prima para construir personajes incómodos y, en cierto sentido, prisioneros de sus contradicciones.

En la intratable Barcelona del presente, tres amigos comparten piso cochambroso y rutinas precarias en trabajos poco remunerados. Las dos chicas forman una de esas parejas atrapadas en una espiral tóxica. El tercero, Sebi (Roger Torns), intenta poner paz sin mucho éxito. El precario equilibrio se resquebraja cuando aparece Abel (Sergi Torrecilla), el hermano de Lara (Marta Ossó), que intenta restablecer los lazos de una familia bien acomodada. La situación va a llevar al límite a Judit (Laura Daza), un personaje volcánico y por momentos desbocado. Su verborrea insolente es el motor de la obra, arma de doble filo que corta hacia fuera y también en sus propias carnes.

Desesperanza e ira

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El loco y su verdad siempre son el azote de la hipocresía en las comedias. Sin embargo, hablamos de un buen drama marca Garcia, con el fracaso como espejo. La desesperanza se vuelve ira y sacude las situaciones sin dar tregua al espectador. El costumbrismo es ácido como en Mamet, pero se va abriendo paso la violencia sorda de un Koltès más pegado al suelo. En contados momentos distendidos los personajes se burlan de los teatros oficiales, de las obras con conflictos de arquitectos que no encuentran trabajo de lo suyo. ¿Rencor de clase? Se apunta más hacia el falso mito del ascensor social. No es gratuito que esta vez la referencia cinéfila de rigor sea 'Rebelde sin causa'.

Escenario desnudo -solo unas sillas- y el público rodeando a los intérpretes: el minimalismo de la escenografía y la cercanía de los actores nos conectan con las últimas obras de Rigola. Todo recae sobre los intérpretes. Destaca Roger Torns con su vulnerabilidad y, en especial, la construcción de Laura Daza, que doma la rabia sin tregua de Judit hasta hacerla aterrizar en la verosimilitud. Menos creíbles son algunos giros desconcertantes del argumento, desenfoques del realismo que llevan la trama hacia un final cargado de furor y su melancólico epílogo que encaja raro.

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