Crítica de música

Carlos Sadness, playas y bikinis en el Sant Jordi Club

El músico barcelonés implantó su pop tropical de fantasía en dos calurosos pases en la sala olímpica, acogido por el festival Guitar BCN

Concierto de Carlos Sadness en el Sant Jordi Club.

Concierto de Carlos Sadness en el Sant Jordi Club. / Ferran Sendra

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El chute de ‘buenrollismo’ escapista de Carlos Sadness resulta oportuno ahora que los ánimos están tan reprimidos, y pocas veces como este sábado hemos visto a lo largo del último año cómo la música deviene bálsamo y vitamina. El barcelonés Carlos Alberto Sánchez Uriol no pudo vérselas con el Palau Sant Jordi porque el Procicat no levantó el veto a las convocatorias de más de mil personas, pero su doble bolo en el Sant Jordi Club, dentro del festival Guitar BCN (uno a las 17.00 horas, otro a las 20.15), fue una exhibición de poder más allá de las limitaciones y la linealidad de su lenguaje musical (y lírico).

Recinto con distancias y mascarillas, a 890 asistentes por pase (según The Project) que se pasaron hora y media levantándose y sentándose, siguiendo los compases de ese cancionero descaradamente decantado hacia el lado lúdico de la vida y con vistas a aquel ‘País tropical’ al que un día cantó el brasileño Jorge Ben Jor. Marcaron la pauta los temas de ese disco, ‘Tropical Jesus’, que Sadness lanzó el pasado junio, dominados por una rítmica afrocaribeña y distinguidos por los pulcros punteos de guitarra de Jordi Bastida (Trau, Els Pets, Ramon Mirabet), en la estela de ese pop de cenefas exóticas que acuñaron Vampire Weekend, si bien en versión más amable y festivalera.

Fantasía y factor cursi

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El material nuevo causó estragos en la pista con piezas como ‘Me desamaste’, ‘Todo estaba bien’ o ‘Isla Morenita’, invitando a “perrear sentados” al son mágico de un Sadness de voz desvalida y ukelele. Un encantador de serpientes que nos iba envolviendo en su telaraña de fantasía. “Cae la noche y sigues en bikini / mirando cómo bajan las estrellas”, cantó el poeta en ‘Chocolate y nata’. Imágenes en la pantalla de playas de catálogo turístico, con océanos turquesa como retocados por Photoshop, y estrofas ricas en factor cursi, también en las repescas de logros pasados: “Eres mi fruta favorita / Te rompes en mi boca, me llenas de pepitas”; “no he visto en el espacio algo que me guste tanto como tú”. A juego con esa sensibilidad, el guitarrista Marc Sospedra detuvo la sesión para pedir matrimonio a su novia, que subió a escena para responder con un largo y coreado beso enmarcado por las notas de la marcha nupcial.

Mundo feliz y en soleada armonía, el de Carlos Sadness, con retórica reiterativa y exceso de dulce, pero de gratificación inmediata a través de ese cancionero asentado en ingeniosas tramas rítmicas prestadas de Colombia, Cuba o Jamaica. Los conciertos de estos días siguen siendo distintos, con ese aire de cápsula de resistencia y la actitud de ir todos a una: “gracias por la paciencia, lo hemos conseguido”, remarcó él haciendo notar la anormalidad y fundiéndose con los deseos del público. Canciones como ‘Aloha’ (apetitosa cita con Bomba Estéreo) no revolucionarán la historia de la música, pero suministraron un poco de desahogo una tarde de sábado de la era covid-19.