Entrevista

Aziza Brahim: "Lo que hace Marruecos con nosotros es un genocidio en toda regla"

La cantante saharahui presenta en el festival Blues i Ritmes de Badalona su disco 'Sahari', aclamado internacionalmente

La cantante saharaui Aziza Brahim, en Barcelona

La cantante saharaui Aziza Brahim, en Barcelona / MARIA D'OULTREMONT

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Aziza Brahim nació en 1976 en el campo de refugiados de Tinduf. Ha vivido en Al-Aiun, Cuba, Madrid, Murcia y León antes de mudarse en Barcelona en 2011. Como estandarte de la cultura y la causa saharahui, ha actuado en medio mundo: desde Suiza hasta Nueva Zelanda. Sin embargo, es difícil verla actuar por España. El viernes presenta su quinto disco, 'Sahari' (2019), dentro del festival Blues i Ritmes. Su música es hipnótica y fascinante. Su historia es de película.

¿Cómo era la casa en la que creció?

Era una jaima. Teníamos también un cuarto pequeño de adobe y una cocina pequeña. Allí vivíamos todos los hermanos y mi madre. Es lo que había en esa época, aunque no toda la gente de los campamentos tenía la casita de adobe.

Se fue a Cuba con 11 años. ¿Qué recuerda del viaje?

El año anterior había ido mi hermana y la echaba mucho de menos. Mi madre me apuntó a las listas y fui seleccionada. Yo creía que Cuba estaba a la vuelta de la esquina. Cuando llegamos a Argel me dio el bajón. Y me puse a llorar.

Subió al avión con el resto de niños y…

Cuando llegamos a Cuba me extrañó todo. Nunca había visto edificios ni calles. Estaba acostumbrada a levantar un trozo de tela, la puerta de la jai-ma, y ver la inmensidad del desierto. La primera semana hubo una tormenta tropical. Nunca había visto tantos truenos y tanta lluvia. Pensé que iba a morir.

¿Dónde vivió?

Nos mandaban a estudiar a la Isla de la Juventud. Fue transcurriendo el tiempo y entendí que sería difícil ver a mi familia en un corto plazo. Aun así, Cuba tiene un lugar muy especial en mi corazón. Pasé los años más importantes de mi vida. En Cuba se formaron muchas generaciones de saharahuis. Y también ofrecían enseñanza a muchos países pobres. Allí había gente de Angola, Zaire, Mozambique, Yemen, China, Nicaragua, Brasil, Rusia…

¿Por qué decidió regresar?

Quería estudiar música. Pesaba en mí un amor por la música que tengo interiorizado desde niña. Mi abuela es una de las poetas más importantes de mi país y siempre nos ha transmitido el valor de la cultura para reivindicar la lucha.

¿Cómo fue el regreso a los campamentos?

Muy chocante. Me apenaba ver a mi gente así. Y se potenció mucho el compromiso con mi país y mi causa. Entendí que el compromiso del pueblo cubano con la revolución no era muy diferente de lo que defendíamos los saharahuis.

¿Cómo interiorizó que el suyo era y es un pueblo abandonado?

Todos los saharahuis tenemos interiorizada una gran rabia. No se entiende que la geopolítica hable del derecho de los pueblos cuando con los saharahuis hay un doble rasero. Hemos luchado en una guerra de 16 años. Luego entregamos nuestros sueños y respetamos un alto al fuego durante 30 años para realizar un referendum de autodeterminación que resultó ser una mentira. Marruecos lleva 45 años colonizando un territorio, explotando sus recursos y comprando con ello voluntades y lobbies. El mundo se ha acostumbrado a que se violen constantemente los derechos de los saharahuis. Nos hemos cansado de esperar. Somos la población refugiada más antigua del mundo.  

¿Cómo afecta esta situación su manera de afrontar la música?

Los saharahuis también necesitamos escribir sobre cosas bonitas, pero el sufrimiento no te deja sitio para eso. Somos el territorio más minado del mundo, con más de siete millones de minas. Lo que hace Marruecos con nosotros es un genocidio en toda regla.

¿Cómo llegó a España?

El sello discográfico Nube Negra de Madrid me hizo un contrato como artista y estuvimos tres meses de gira por España, Francia, Suiza… Volví a mi país, pero ya sabía que quería tener un futuro fuera de allí. Me veía un poco estancada y quería salir para ayudar a mi familia, a mí país y, sobre todo, a mi persona.

Y volvió para quedarse.

Unos amigos tramitaron una invitación. Entonces, la ley de extranjería era muy severa y pocas veces salía a la calle porque podían hacer una redada y llevarte a comisaría. Tuve un periplo muy difícil en España. En Murcia trabajé en el campo y en un taller clandestino pegando alpargatas con cola. A veces me pagaban lo que querían y a veces, nada; sabían que sin papeles no podría denunciarles. En León trabajé en un Burguer King y en varios restaurantes. Hasta que me cansé y volví a la música. En León monté mi primera banda, Gulili Mankoo.

¿Llegó a abandonar la música?

Sí. Mi lucha de entonces era para sobrevivir. Vivir de la música era muy difícil.

Vive en España desde hace dos décadas, pero sus cinco discos los han publicado sellos franceses y alemanes. ¿Qué dice de la industria discográfica española?

Buena pregunta… No sé. Creo que aquí no hay interés por la música afri-cana.

¿Cuántos conciertos, de todos los que realiza, son en España?

Uf… Ni la tercera parte. Y no me lo explico. Tal vez no interesa mi propuesta. Pero con esta misma he tocado en festivales de Inglaterra, de Australia…

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¿Ha llegado a presentar ‘Sahari’ en directo?

Salió el 15 de noviembre de 2019, pero aún no lo he podido presentar. Se va a estrenar en el Blues i Ritmes y se lo agradezco infinitamente. Será la primera vez que suba a un escenario desde hace un año y medio.