Crítica de música

Flipando con Sokolov

El pianista ruso eclipsó a sus incondicionales con un programa que se transformó en arte con mayúsculas

Grigory Sokolov, un habitual del Palau de la Música Catalana.

Grigory Sokolov, un habitual del Palau de la Música Catalana.

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Para flipar. No parece humano y a ratos su mágico sonido es de una delicadeza absoluta que contrasta con la fuerza de sus 'forte', cuando el piano está a punto de colapsar. Grigory Sokolov regresó por decimocuarta vez al Palau, esta vez nada menos que con Chopin y Rachmaninov. Se puede estar o no de acuerdo con su enfoque musical, pero no hay duda de que su arte sublime -técnicamente arrebatador y expresivamente prodigioso- le coronan como uno de los mejores (si no, el mejor).

Las cuatro polonesas chopinianas que abrieron el programa recuperaron en sus manos su dignidad aristocrática; estas obras, identificativas del compositor que llevó a la cima la forma, fueron un destello de virtuosismo. Sokolov también puso el acento en los ecos populares y folclóricos, y, las más conocidas, la 'Polonesa en Do sostenido menor. Op.26 nº1' y la 'Polonesa en La bemol mayor, Op. 53', parecieron casi baladas, como si estuvieran explicando una historia gracias a un fraseo maravilloso contrastado con pianísimos y 'forte' espectaculares. La 'Polonesa en Mi bemol menor, Op. 26 nº 2' y la 'Polonesa en Fa sostenido menor, Op. 44', fueron recreadas con profundidad y espectacularidad.

¿Se puede tocar mejor Rachmaninov?

Y, cabe preguntarse, ¿Se puede tocar mejor Rachmaninov? Probablemente no. Sokolov es hoy en día su defensor más preciado. En los '10 preludios Op. 23' se creó un discurso musical tan impresionante como propio, con una perfección técnica sumada a un brillante sentido del espectáculo, fulgente y poderoso. Las voces, las sutilezas, la caña, todo se hizo presente, superando sin problemas las extremas dificultades de los números 2 -con ese comienzo con la mano izquierda de otro mundo-, 5, 7, 8 y 9, y la arrebatadora ensoñación de piezas como el 4.

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Siempre generoso con las propinas, y a pesar de la hora, regaló una mazurca de Chopin -la 'nº 2 del Op. 68'-, el 'Preludio nº 20', también del polaco, y el 'Preludio nº4 del Op. 11', de Scriabin. Lo dicho: para flipar.