UNA VELADA EXCEPCIONAL

...Y volvió el volumen brutal a Barcelona

  • Alyanza y Brote resucitaron en la sala La Nau el heavy y el thrash metal, géneros prácticamente desaparecidos desde que llegó la pandemia

Concierto del grupo de thrash metal Alyanza en La Nau del Poble Nou 

Concierto del grupo de thrash metal Alyanza en La Nau del Poble Nou  / FERRAN SENDRA

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Las músicas metálicas quedaron barridas del mapa en cuanto llegó la pandemia. A diferencia de géneros como el pop, el indie o la canción de autor, bares, teatros, centros cívicos y festivales apenas han contemplado la posibilidad de programar heavy o thrash. Y su público, tan fiel y entusiasta, ha quedado totalmente huérfano. Solo por eso, el programa del sábado de la sala La Nau de Poble Nou ya era noticia. Y hora y media antes de que saliese el grupo principal ya no quedaba una silla libre. Ni el nombre de los teloneros disuadió al público. Brote, se llamaban. ¿Cómo iban a pensar los de Viladecans en 2012 que definirse como grupo de “rock contagioso” resultaría tan intimidante en 2021?

Aun así, las cien entradas volaron entre el lunes y el miércoles. El público sabía que tendría que estar sentado y con mascarilla, pero alguno descubrió en la misma puerta, y con gran dolor, que la barra del local estaría cerrada. Para evitar males mayores, los músicos se hicieron un test de antígenos a media tarde; así podrían compartir camerino. Así también sería más segura la inevitable entrega de púas de guitarra a los fans. Más insólita fue la escena que protagonizó el locutor del programa ‘Metal Vortex’ de Radio Sant Joan Despí: tan excepcional era el reencuentro de la parroquia metalera que lo aprovechó para subir al escenario al final del primer concierto a pedir matrimonio a su novia.

Acordado el enlace, salió Alyanza. Y a la primera canción quedó claro por qué la promotora del evento, Umwelt Rock, renunció a programar dos pases y doblar así el aforo: la garganta de un cantante de thrash difícilmente aguanta tal sobreesfuerzo. El quinteto de Badalona echó el resto en 80 minutos trepidantes y puso a prueba el equipo de sonido de la sala. La avalancha de decibelios, entre el virtuosismo sinfónico y el death metal a tumba abierta, impactaba contra un público que respondía con todo tipo de jaleos: “¡Cojonudo!”, “¡Dale, dale!”, “¡No bebas agua!”... El más celebrado fue: “¡Mi perro ladra mejor que tú!”.

Por una noche, volvieron los puños en el aire, los alaridos inhumanos, las carrerillas por el escenario, las poses de colegueo guitarrístico, las digitaciones por el mástil, los molinillos cervicales, las melenas agitándose en círculo a gran velocidad, el teatrillo gutural… Tres espectadores de primera fila adelantaron medio metro sus sillas para estar más cerca aún del escenario y así empaparse al máximo de todo el ritual. Por si tarda en repetirse. Así pudieron ver mejor que nadie la expresión de felicidad de Mikel Lazcano, el nuevo guitarra de los veteranos Leize, al subir a tocar con Alyanza. Aunque solo fuesen dos canciones.

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En la recta final, varias canciones incluyeron llamadas a la revolución, lo cual demuestra que el metal no siempre vive en otro planeta. Pero lo del sábado fue síntoma de algo más. Poco a poco, las salas de conciertos van retomando su actividad. Hasta ahora, lo poco que funcionaba eran locales para pases acústicos o con claras limitaciones de volumen. Que abran salas bien equipadas e insonorizadas, por pequeñas que sean, permite que rebroten los géneros más ruidosos y que el público se reencuentre con aquella sensación tan física, ya casi olvidada, de recibir un brutal baño de electricidad sónica. Y, créanlo, después de tantos meses, aquel estruendo infernal sonaba a música celestial.

Ya en la calle, otra estampa casi olvidada: el puesto de camisetas, chapas y cedés heavies montado en el suelo.

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