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Julio Verne también profetizó el cataclismo medioambiental

  • El escritor francés auguró en su poco conocida novela 'Al revés', que acaba de ser reeditada, el cambio climático provocado por el hombre 

J. T. Maston, uno de los protagonistas de ’Al revés’ haciendo sus cálculos para cambiar el eje de la Tierra. Ilustración de Georges Roux.

J. T. Maston, uno de los protagonistas de ’Al revés’ haciendo sus cálculos para cambiar el eje de la Tierra. Ilustración de Georges Roux.

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En 2019, cuando nadie imaginaba la pandemia y nos dedicábamos a celebrar con nostalgia el cincuentenario del momento en el que pisamos la Luna por primera vez, muchos artículos volvían al lugar común: la sagacidad de Julio Verne, el primero que nos hizo soñar con la hazaña, clavando los pormenores reales del viaje del Apollo 11. A saber, la forma del proyectil, el número de tripulantes de la nave (tres), la velocidad del despegue o el lugar del lanzamiento (Florida). Aunque los aciertos no hagan del escritor francés un profeta sino más bien un autor sensible a los conocimientos científicos de su tiempo, capaz de prever los futuribles con una ingente documentación.

Pocos saben que 20 años después de aquel éxito, un Verne sesentón y desencantado dio continuidad a aquellas dos novelas, ‘De la Tierra a la Luna’ y ‘Alrededor de la Luna’, con una obra hoy un tanto olvidada, ‘Al revés’ (en francés ‘Sans dessus dessous’, literalmente ‘Sin pies ni cabeza’, publicada también en el pasado como ‘El secreto de Maston’ o ‘El eje de la Tierra’), que acaba de recuperar Alba y que, sorpresa, sube la apuesta de las predicciones vernianas poniendo en pie un cataclismo medioambiental: el deshielo de los polos y el cambio climático y, lo que es aún más inquietante y actual, esa transformación tiene su origen en la intervención humana. Verne estaba imaginando el siglo XXI.

El escritor francés Julio Verne.

/ Félix Nadar

Comprar el Polo

Publicada en 1889, ‘Al revés’ recoge a los ya conocidos miembros del Gun Club, los artificieros ahora aburridos y sin objetivo que después de haber intentado llevar a la humanidad a la Luna, tienen unas intenciones más predatorias. Así, en un principio compran para Estados Unidos las tierras polares, aparentemente sin valor, vendidas en pública subasta por 814.000 dólares, con el fin de explotar los yacimientos de hulla que, suponen, existen en su interior. ¿Pero cómo extraerlos a través de las capas de hielo?

La apuesta es de órdago. Dispararían un cañón inmenso que según los cálculos de J. T. Maston, el cerebro matemático del club, cambiará el eje de la tierra con su retroceso y colocará el Polo Norte bajo los rayos del sol. En fin, que lo que inventa Verne no es otra cosa que un genio del mal ‘avant la lettre’, unos Doctor No de Spectra, contemplados, eso sí, con cierta admiración y mucho humor, como niños manipulando un juguete peligroso puesto que a los inventores les parece de perlas que el mundo, siempre según sus cálculos, acabe viviendo en una eterna primavera -algo que perciben como progreso- y no les preocupa en absoluto la modificación de las estructuras continentales, el hundimiento de territorios a base de tsunamis, ciclones y otros fenómenos catastróficos de dimensiones planetarias, a los que no dan ninguna importancia.

Depresión

El Julio Verne que escribe ‘Al revés’ ha dejado atrás sus grandes éxitos del pasado y aunque es una estrella en todo el mundo, ahora encarando la vejez, está depresivo. Tiene problemas de movilidad porque un sobrino en un ataque de locura decidió dispararle en una pierna -nunca volverá a estar en plena forma- y también ha fallecido recientemente su querido editor, Jules Hetzel, que había cimentado su fama y a su vez lo tenía sujeto con contratos draconianos. Su literatura acusa el golpe. En el pasado las novelas del autor estaban marcadas por un optimismo a toda prueba frente a la ciencia, que iba a hacer de la Tierra un lugar mejor, marca de la época. Ahora Verne empieza a tener sus dudas.

Moneda celebratoria del 'Gun Club'.

/ El Periódico

En ‘Al revés’ aparece la irresponsabilidad de los científicos más interesados por las ganancias que en la consecuencias negativas que se desprenden de sus acciones. Esta idea, cómo el capitalismo transforma el sentido de la ciencia, acabará tiñendo de oscuridad y pesimismo no solo al autor sino también algunas de sus últimas novelas, como ‘La asombrosa aventura de la misión Barsac’, publicada póstumamente en 1914, en la que algunos críticos como Miguel Salabert han querido ver nada menos que una prefiguración del nazismo.

Anexo matemático

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La edición de Alba tiene, además, un apetecible ‘bonus track'. Recoge por primera vez desde su publicación original un anexo titulado ‘Capítulo suplementario por el que pocas personas mostrarán interés’ que incluye los cálculos que Verne solicitó a Albert Baudoureau, un ingeniero de minas y buen matemático, para demostrar la imposibilidad del enderezamiento del Planeta. El capítulo, en realidad, era una respuesta al astrónomo y divulgador científico Camille Flammarion, a quien el escritor admiraba, aunque este a su vez acusaba en público a Verne de tomarse la ciencia a la ligera y no documentar suficientemente sus ficciones. Más de un siglo más tarde, cuando nadie se acuerda de Flammarion, Verne sigue ahí para demostrar que en nuestra idea de progreso siempre se han enredado lo mejor y lo peor. 

Mujeres científicas

Leer ‘Al revés’ con ojos del siglo XXI supone también algún desencuentro con el burgués tradicional que era Julio Verne. La novela se inicia con una conversación entre J. T. Maston y su enamorada Evangelina Scorbit en la que discuten sobre si sería posible que las mujeres pudieran hacer progresar las ciencias matemáticas o experimentales. “Dada su conformación cerebral, no hay mujer capaz de convertirse en una Arquímedes y menos aún en una Newton”, zanja Maston (e imaginamos que con él, el propio Julio Verne). Al parecer cuando Baudoureau leyó la novela obligó a Verne a añadir que en "Rusia existían algunas mujeres matemáticas", en alusión a Sofía Kovalevskaia, una de las más importantes científicas del siglo XIX. Bien, en una trayectoria literaria en la que la mujer es meramente incidental, no sorprende la valoración del escritor.