Crítica de teatro

'Canto jo i la muntanya balla', la imaginación mueve montañas

Un momento de ’Canto jo i la muntanya balla’.

Un momento de ’Canto jo i la muntanya balla’. / Silvia Poch

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Manuel Pérez i Muñoz
Manuel Pérez i Muñoz

Periodista.

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'Canto jo i la muntanya balla', Biblioteca de Catalunya, función del 17 de febrero de 2021

En 2019 Irene Solà publica su segunda novela que se convierte rápidamente en un fenómeno literario. Ahora, la adaptación teatral de 'Canto jo i la muntanya balla' en la Biblioteca de Catalunya supone también un revulsivo, una de las sorpresas escénicas de la temporada. Para nada se trataba de un éxito fácil de trasplantar. Hablamos de un libro con un alto voltaje lírico donde el testigo de la narración pasa de humanos a animales, de vivos a muertos, de las nubes a las setas. El relato coral se contagia a la compañía gracias a un despliegue de imaginación apuntalado con economía de elementos por los directores Guillem Albà y Joan Arqué, gente de circo que sabe domar el riesgo desde la artesanía.

La versión escénica de Clàudia Cedó -dramaturga en muy buena forma- poda con inteligencia la estructura enrevesada y autorreferencial del original. De cada página se mantiene la esencia de narración oral para dar aliento a personajes que miran y forman el paisaje de las montañas del Pirineo. En ese marco, entre el hechizo telúrico de les 'dones d'aigua' y el costumbrismo neorrural, se cuenta la historia de dos generaciones de can Matavaques, una misma familia marcada por la desgracia. Mujeres que deberán afrontar la pérdida y la soledad en un ambiente atravesado por energías ancestrales.

En el teatro como en el libro, todo pasa en la cabeza del espectador. Simplemente unas ramas alineadas con los nervios de la estructura gótica de la Biblioteca nos invitan percibir la sala como un frondoso bosque. El suelo, claro, todo cubierto de tierra para que se note la producción de La Perla 29 de Oriol Broggi en su mejor versión del teatro pobre brookiano. La escenografía de Alfred Casas y Laura Clos se completa con tres simples mesas y cuatro bancos que harán de muebles, de cascada e incluso de ataúd: la muerte siempre acecha tanto como la vida. También son de madera las marionetas que dan cuerpo inquieto a los animales del relato: quien crea que son un recurso pasado de moda que pase y vea.

Una 'troupe' encantada

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El relato y su forma de transmitirlo se acoplan con naturalidad, porque se consigue también una mecánica encantada como de vieja barraca, un aire de 'troupe' de técnicas atávicas. Chisporrotean los ojos de Anna Sahun cuando Mia evoca paisajes de infancia, pero también su presencia de madurez hace de guía entre los muchos meandros del relato. En clarividencia con sus personajes desdoblados, Laura Aubert saca al fantasma de la casa en una de las mejores escenas de la obra -y del libro-, y de paso nos vuelve a encantar con sus dotes al violín.

La música, por cierto, de Judit Neddermann interpretada por Amaia Miranda a la guitarra, sirve para envolver todo el montaje como una frondosa canción de cuna. Diego Lorca e Ireneu Tranis se llevan la parte de los hombres, menos desarrollada, sobre todo en el caso de Hilari, el poeta. Caterina Tugores explora terrenos más (sobre)naturales entre bestias, brujas y espectros. Conseguir que toda esta cosmogonía se encuadre no es fácil y el resultado tiene mucho de magia.

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