Crítica de teatro

'Els subornats': proyectar preguntas

Un cine a punto de cerrar enmarca la nueva obra de Lluïsa Cunillé creada para La Ruta 40 y dirigida por Lurdes Barba en la Sala Beckett

Albert Prat (izquierda) y Sergi Torrecilla en ’Els subornats’, de Lluïsa Cunillé.

Albert Prat (izquierda) y Sergi Torrecilla en ’Els subornats’, de Lluïsa Cunillé.

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La nueva obra de la compañía La Ruta 40, dirigida por Lurdes Barba, actúa de plato fuerte del ciclo que la Sala Beckett dedica a la dramaturga Lluïsa Cunillé. Sin el estrecho binomio Sala Beckett y Lluïsa Cunillé la dramaturgia catalana, sus modos y su actual hegemonía, serían diferentes. La autora vuelve al nuevo local de Poblenou por todo lo alto, con un ciclo de dos nuevos montajes, lecturas dramatizadas y actividades entorno a su obra. La Ruta 40 presentan en la sala de baix 'Els subornats', escrita especialmente para la compañía y dirigida por Lurdes Barba, gran conocedora del universo Cunillé, artífice de éxitos suyos como 'Barcelona, mapa d'ombres'.

Fragmentos de la película homónima de Fritz Lang de 1953 nos dan la bienvenida a la pretérita sala de proyección de un cine a punto de cerrar por falta de espectadores. Por este escenario vetusto y estanco -recreado con detalle con algunas piezas de la colección personal del crítico de cine Jaume Figueras-, desfilan personajes impenetrables dispuestos 'in media res', cuyos antecedentes y futuros deberemos imaginar. De nuevo ese ejercicio tan cunillesco de transformar al espectador en una suerte de 'voyeur' desarmado frente a enigmas abiertos en canal. No olvida la autora tampoco ese toque de reflexión ética que acostumbra a zarandear a los personajes, y también cierta dimensión social que cobra peso en los últimos tiempos. Historias más pegadas a los dramas humanos que generan las crisis del sistema camufladas de progreso. Un argumento que trate las dudas morales de un político frente a su gestión puede sonar a ciencia ficción, pero nunca los personajes de Cunillé quisieron chapotear el barro de los lugares comunes, y aquí tampoco pasa.

La dirección de Barba sí que tiende a buscar cierto anclaje en el naturalismo impreciso de las situaciones, o en la ambientación que reconstruye al detalle las acotaciones. Los diálogos se ahogan al intentar conectarse con la verosimilitud de unas situaciones humeantes de extrañamiento y ricas en silencios pinterianos tratados con incomodidad. Solo Alberto Díaz con el personaje del proyeccionista consigue levantar un muro de hermetismo y distancia que encaja como la pieza maestra de un engranaje que no busca conectar sus mecanismos. Sus acciones, rutinas y costumbres pertenecen a ese universo de criaturas cuya lógica es un trabajo de artesanía del misterio.

Las otras Cunillé

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Lejos de buscar cierres o conclusiones, la obra parece querer escapar de sí misma en su parte final. Un último chute de materia onírica entre la irrealidad proyectada del cine y la acción de los personajes, aliento poético que tampoco consigue sacar a la propuesta de su zona de confort. Soluciones bien diferentes a las que practica Albert Arribas en otra de las obras de Cunillé que vemos estos días, ‘El jardí’, leída y montada como si fuera un calcetín del revés, subvirtiendo muchas ortodoxias de la interpretación y la puesta en escena.

Completa el ciclo una pequeña joya del camarada dramaturgo de la autora de Badalona, Paco Zarzoso. Celebran los veinticinco años de su compañía conjunta, L’ Hongaresa, con la pieza autoficcional 'Piedra y encrucijada'. Se trata de un inesperado 'harakiri' escénico como pocas veces se ha visto, con el autor en escena aguantando el chaparrón de su escritura autolesiva. Razones para ir a la Beckett no faltan esta semana.