Hotel Cadogan (35)

Para nieve, la literatura rusa

  • Iván Turguéniev es el mejor paisajista, con descripciones que parecen acuarelas de colores suaves

El cuadro ’Invierno’ (1890), de Iván Shiskin, expuesto en el Museo Estatal Ruso de San Petersburgo.

El cuadro ’Invierno’ (1890), de Iván Shiskin, expuesto en el Museo Estatal Ruso de San Petersburgo. / Museo Estatal Ruso de San Petersburgo.

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Olga Merino
Olga Merino

Periodista y escritora

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Estos días no apetece siquiera ventilar las alcobas del hotel. El frío nos mantiene atrincherados a huéspedes y servidumbre, de manera que hemos decidido, de común acuerdo asambleario, tumbarnos a la bartola sin más propósito que el de caldearnos las entretelas a base de 'hot toddy': agua caliente o bien té, un buen chorro de whisky, una cucharada de miel, una rodaja de limón y una ramita de canela -nuestra jefa de cocina,la señora Patmore, tiene una mano especial para prepararlo y un secreto adicional que ni muerta desvelaría-. El cuerpo caliente, pues, y el alma entonada a base de buenos libros rusos. ¿Nieve?, ¿quién dijo nieve? Que se lo pregunten al gran Varlam Shalámov, media vida en el infierno blanco de Kolimá, condenado por Stalin a los campos de trabajo en la taiga.

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Si en algún lugar 'tombe la neige' desaforadamente, es en la literatura rusa. Hace años, El Aleph Editores reunió en un solo volumen, titulado 'Tres tormentas de nieve', tres ejemplos de sus más conspicuos representantes: Pushkin, Tolstói y Chéjov (el libro lo recuperó después Austral). Caen copos como almendras plateadas sobre el paisaje y las encrucijadas de los caminos, sobre las cabezas y las almas, sobre la lengua de los poetas, sobre Anna Ajmátova y Ósip Mandelstam ("Y cruje / en los ojos la nieve como un pan limpio, inocente"). Se abate la cellisca sobre 'Los hermanos Karamazov', de Dostoyevski; sobre 'El doctor Zhivago', de Borís Pasternak, cómo no; y sobre 'Padres e hijos', de Iván Turguéniev (Alba): "Llegó el blanco invierno con el crudo silencio de sus heladas sin nubes, con su nieve compacta y crujiente, la escarcha rosada en los árboles, el cielo pálido esmeralda, los gorritos de humo sobre las chimeneas…".

Ah, Turguéniev, cómo nos gusta, tan cosmopolita y tan ruso a la vez, tan loca y platónicamente enamorado de su lengua materna y también de la cantante de ópera Pauline Viardot García. Es el mejor paisajista de la literatura rusa. Por lo menos, el gruñón de Vladimir Nabokov, tan cicatero en los elogios, con tanta retranca en sus comentarios, le respeta el título y le alaba esos "cuadritos de colorido suave" esparcidos por su prosa, semejantes a acuarelas. Anuda Turguéniev frases que recuerdan "a una lagartija drogada por el sol sobre una tapia". Donde más abundan estas "golosinas", como las llama el autor de 'Lolita', es en 'Apuntes de un cazador', una gavilla de cuentos que aquí rescató Atalanta bajo el título de 'La reliquia viviente'.