Biografía novelada

Cuando la princesa Margarita bailaba calipso

Anthony Joseph reconstruye en 'Kitch' la fascinante vida de Lord Kitchener, el gran icono de la música de Trinidad

El cantante de calipso Lord Kitchener, en Londres en 1952.

El cantante de calipso Lord Kitchener, en Londres en 1952.

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El 21 de junio de 1948, el transatlántico 'HMT Empire Windrush' llegó al Puerto de Tilbury, cerca de Londres, con 1.027 pasajeros a bordo, de los que no menos de 800 eran emigrantes caribeños que pretendían acogerse a la inminente Ley de Nacionalización Británica que otorgaría rango de ciudadanos del Reino Unido a los habitantes de las colonias de ultramar. El desembarco de los pasajeros del 'Empire Windrush', considerado hoy como un hecho fundacional en la construcción de la Gran Bretaña multicultural de la segunda mitad del siglo XX, atrajo a los reporteros de la productora de noticieros cinematográficos Pathé News, que entrevistaron a varios viajeros. Uno de ellos era un sonriente joven impecablemente vestido con un traje de solapas anchas y un sombrero trilby que se presentó a sí mismo como Lord Kitchener, "el rey del calipso”, y que cantó a capela para la cámara las dos primeras estrofas de una canción que había escrito durante la travesía: 'London is the place for me'. Mi sitio está en Londres. Por supuesto, Lord Kitchener jamás había estado en Londres.

Su verdadero nombre era Aldwyn Roberts y había nacido el 18 de abril de 1922 en Arima, en el norte de la isla de Trinidad. Tras despuntar a muy temprana edad como instrumentista, cantante y compositor, abandonó a los 20 años su ciudad natal para probar suerte en la ultracompetitiva escena calipsoniana de la capital, Puerto España. Instalado en un barracón de madera en La Cour Harpe, el barrio que la gente decente de la ciudad evitaba pisar, Roberts dormía sobre un par de palés alineados en el suelo y vivía de la generosidad de las prostitutas de la zona, que en un día bueno podían invitarle a un guiso de rabo de cerdo o a un curry de zarigüeya. Entretanto, en las carpas que regentaban las principales figuras del calipso de Puerto España empezaba a correr la voz: aquel joven tartamudo llegado de Arima tenía un talento especial.

La historia de cómo Aldwyn Roberts se convirtió en Lord Kitchener y pasó de vivir en la habitación mugrienta de un cochambroso burdel de La Cour Harpe a ser el principal embajador de la música caribeña en la Gran Bretaña de posguerra y a fascinar con su música a la Familia Real (la princesa Margarita, la misma que se pasea con un cigarrillo emboquillado en una mano y una copa en la otra por los capítulos de 'The Crown', compró 100 copias del 'single' 'Ah Bernice' para regalarlos a sus amistades) está recogida en 'Kitch' (Entre Ambos), la formidable biografía novelada que el escritor, poeta y músico trinitense Anthony Joseph ha dedicado al gran maestro del calipso.

Una comunidad de voces

“Todo el mundo en Trinidad ha crecido escuchando a Kitchener. La suya es una presencia ubicua en la música y en la cultura del país; es imposible obviar su importancia”, explica el autor desde Londres, donde reside desde hace casi tres décadas. Pero 'Kitch' es mucho más que un recorrido por la vida de un gran hombre. En lugar de adoptar un enfoque biográfico convencional, Anthony Joseph utiliza un caleidoscopio de voces distintas (muchas de ellas, recreaciones de entrevistas reales con personas que conocieron a Lord Kitchener), de manera que el conjunto acaba brindando no solo una mirada múltiple sobre el protagonista de la historia sino también, y sobre todo, un vívido retrato de la comunidad de la que surgió.

“Quería huir de ese estilo europeo de gran biografía que consiste en relatar la vida de un individuo que se alza por encima del resto -apunta Joseph-. Sabía que eso no iba a funcionar con Kitchener, así que había que ampliar el campo. Y la idea de comunidad era muy importante en este caso, porque para la gente caribeña las historias suelen ser una cuestión de 'nosotros' contra 'ellos' y quería reflejar eso”.

Lord Kitchener, Lord Superior y Lord Melody, en Puerto España en 1962.

/ Archivo

El libro, que se beneficia del singular talento poético del autor a la hora de atrapar los olores, los colores y los sonidos de un mundo que en la distancia se antoja fascinante (todo un reto para el traductor Ben Clark, que supera la prueba con nota), constituye también una decidida reivindicación de la importancia que la comunidad trinitense y la música calipso en particular tuvieron en la construcción de una nueva identidad británica, multirracial y abierta al mundo, después del trauma de la segunda guerra mundial.

“Una de las razones por las que escribí 'Kitch' -explica Joseph- fue porque sabía que nadie en el Reino Unido iba a escribir un libro sobre Lord Kitchener. No existe en Gran Bretaña un registro de la contribución que los caribeños hemos hecho a las artes escénicas. No hay memoria para nosotros. Como dijo en una ocasión Pearl Connor [agente literaria, actriz y activista cultural nacida en Trinidad], solo hay un agujero en el suelo y nosotros caemos por él”.

Del 'steel drum' al 'sound system'

La huella antillana pervive, eso sí, en el popular carnaval londinense de Notting Hill, nacido a mediados de los años 60 como una réplica de los fastuosos carnavales de Trinidad y Tobago en los que se forjó el calipso moderno. Pero en las calles de Notting Hill, el sonido voluptuoso de los 'steel drums' (los tambores de acero característicos de la música trinitense) no tardó en ser sustituido por los 'sound systems' jamaicanos, que anunciaban la hegemonía del reggae frente al calipso como el estilo definitorio de la comunidad afrocaribeña.

“Los artistas, los mánagers y las compañías discográficas de reggae mostraron una mayor disposición a hacer concesiones, tanto en la música como en la forma de hacer negocios, para encajar en los gustos del público y en la industria -subraya Joseph-. No les importó mezclar el reggae con el pop y el soul y lo hicieron muy bien y con gran éxito. Por el contrario, los calipsonianos, con muy pocas excepciones, estaban más preocupados por la pureza de lo que hacían, querían mantenerse fieles a las tradiciones. El propio Lord Kitchener era muy reacio a tocar con calipsonianos que no fueran de Trinidad o a involucrarse en la escena pop. ¡Y eso que él mismo utilizaba estructuras y melodías pop en su música!”.

Ese puritanismo a ultranza de los músicos trinitenses explica, por un lado, que la moda del calipso que se extendió por todo el mundo en la segunda mitad de los años 50 desapareciera rápidamente sin dejar como legado un estilo bastardo que cogiera el relevo (el soca, que combina las melodías del calipso con ritmos africanos y funk, nunca ha tenido gran relevancia más allá del área del Caribe, donde sí es ultrapopular), y, por otro, que fueran artistas ajenos a la escena calipsoniana y a la comunidad afrocaribeña los que capitalizaran su éxito: de las Andrews Sisters y su 'Rum and Coca-Cola' (versión de una canción escrita por Lord Invader cuya letra era un duro alegato antiestadounidense) hasta el 'Limbo Rock' de Chubby Checker, pasando, claro está, por la célebres adaptaciones de Harry Belafonte ('Day-O (Banana Boat Song)', 'Jump in the Line'…). ¡Hasta Robert Mitchum grabó un disco de calipso en 1957!

Campeón del carnaval

La fiebre ya había pasado cuando en 1962 Lord Kitchener regresó a su país. Ese mismo año, Trinidad y Tobago se independizó del Reino Unido y las autoridades locales no tardaron en advertir el potencial movilizador de las competiciones de calipso que se organizaban cada año con ocasión del carnaval. Y en utilizarlo. Kitchener fue un peón en ese juego. “Kitch no era un artista con una conciencia política tan desarrollada como Bob Marley o Gil Scott-Heron, pero, en la tradición trobadoresca del calipso, era capaz de reflejar y comentar en sus canciones la situación política del momento”. Lo hizo con tanto tino que entre 1963 y 1976 ganó en 10 ocasiones la Road March, el título que distingue a la canción más popular del carnaval. Ni el gran Mighty Sparrow, acaso el más talentoso intérprete de calipso que ha habido jamás, pudo hacerle sombra en ese terreno.

Kitch murió el 11 de febrero de 2000, después de dirigir durante tres décadas su propia carpa de calipso. No pudo, por tanto, ver cómo en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres, en 2012, se escenificaba la llegada del 'Empire Windrush' al puerto de Tilbury. Ni escuchar el homenaje que desde la banda sonora de la estupenda franquicia cinematográfica basada en el icónico personaje del osito Paddington (un plantígrado inmigrante que trata de adaptarse a la cultura inglesa) se le hizo con la inclusión de 'London is the place for me'. La canción que el joven Aldwyn Roberts, alias Lord Kitchener, compuso a bordo del 'Windrush' en su viaje a la conquista del mundo.

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Del calipso al soca, en cinco discos

Anthony Joseph, autor de 'Kitch', selecciona y comenta cinco discos esenciales para introducirse en la música de Trinidad. Todos ellos están disponibles en la plataforma Spotify.


‘LONDON IS THE PLACE FOR ME 8. LORD KITCHENER IN ENGLAND, 1948-1962’. "Cualquier cosa de Kitchener merece una escucha, pero este es un buen lugar por donde empezar. Calipso añejo de los años 50 y 60. Yo escribí las notas interiores".


‘CONGO MAN’ (1965). Mighty Sparrow. "Uno de los mejores discos de calipso de los años 60 por el indiscutible rey del género. Voz increíble, banda funky y hermosas melodías. Es mi álbum favorito de cualquier estilo".


‘THE GILDED COLLECTION 1986-1989’. David Rudder. "David es uno de los artistas de calipso más importantes de los 80 y los 90. Mantiene buena parte del espíritu militante y político del género pero lo actualiza con jazz, soul y aires caribeños".


‘RAPSO TAKE OVER. BROTHER RESISTANCE' (2015). Rapso. "Lo que hace Rapso es ‘spoken word’ militante de tradición calipso. Hondamente político y enraizado en el funk y en los ritmos africanos".


‘G.O.A.T’ (2019). Machel Montano. "El sonido actual del heavy soca a cargo del jefe de la manada. Escucha ‘Famalay' y sube el volumen".

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