Crítica de teatro

'Les tres germanes': Manrique levanta un 'chéjov' de gran factura en el Lliure

El acreditado director y actor presenta una adaptación de ecos incuestionables con la incierta realidad que vivimos

La magnífica escenografía de Lluc Castells es uno de los puntales de un montaje coral con un reparto muy sólido

Una escena del montaje estrenado en el Lliure de Montjuïc.

Una escena del montaje estrenado en el Lliure de Montjuïc. / Sílvia Poch

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Diez años después Julio Manrique se ha sacado la espina con Chéjov. Su estreno con el autor ruso ('L’hort dels cirerers', Romea) no obtuvo el aplauso que recoge su versión de 'Les tres germanes' en el Lliure. Estamos ante un director que, acompañado del éxito como en su carrera actoral, ha construido un reconocible sello escénico. Hoy, su aproximación a un clásico como 'Les tres germanes' responde a ese estilo: un teatro de impecable factura que atrae a un público mayoritario. 

Chéjov, como todos los clásicos, es un nombre recurrente de la cartelera. El impacto que dejó en su día el argentino Daniel Veronese es de los que perviven por un naturalismo y trabajo actoral brutales. Más recientes, los tres ‘chéjovs’ de Àlex Rigola son desnudos, despojados, hasta el límite de que ni los personajes se llaman como en el original, sino con el nombre propio de sus intérpretes.

El espacio de representación

Se mueve por coordenadas muy distintas la propuesta de Manrique. Pocas veces como aquí surge la idea de que un espectáculo crece, o nace, a partir del espacio de representación. La magnífica escenografía de Lluc Castells sitúa a los personajes de Chéjov en una enorme pecera, en la que se ven atrapados física y existencialmente. Es ahí donde las tres hermanas Prózorov y la corte que les rodea despliegan toda su desesperanza, pesimismo, desazón, bajo ese aliento poético tan arrebatador de Chéjov. Lo hacen por un presente que en nada les satisface y un futuro que no saben dónde les llevará. Pero que ellas, habitantes de un entorno provinciano, ubican en un ansiado regreso a la idealizada Moscú. Publicado en 1900, ese presente y ese futuro parecen de este 2020 pandémico. Por no hablar de esa pecera que tanto nos remite a la idea del confinamiento.

La necesidad de imprimir un sello actual puede llegar a chirriar en algunos momentos con la altura poética del original

El propio Manrique, Cristina Genebat (que también encarna a la hermana mayor, Olga) y el dramaturgo Marc Artigau firman la adaptación. Al margen de ese paralelismo con una existencia tan incierta, que Chéjov, con su amor por los bosques, era un ecologista en su época no es un descubrimiento. De los bosques de aquella época a la actual amenaza del cambio climático media un paso.

Un epílogo controvertido

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Funciona esa mirada contemporánea, pese a que pueda chirriar la altura poética del original con esa necesidad de imprimir una óptica actual. La controversia sobre esta adaptación es un epílogo que va más allá, quizá de forma innecesaria, de la visión metafórica de Moscú de Chéjov. También es una apuesta que puede jugar contra el original rejuvenecer al personaje del barón Tusenbach -que quizá hoy debía haber perdido ese título nobiliario- hasta el punto de que va en patinete en una escena. O que el desdichado hermano de Olga, Masha e Irina se dedique a diseñar videojuegos de realidad virtual. Igual no hacía falta que fuera tan ‘moderno’. También parece innecesario que se caricaturice en exceso a su mujer, la interesada Natalia.  

Pero acaban siendo cuestiones de debate que no frenan un montaje solemne con un sólido equipo interpretativo en una obra muy coral. Y todo enmarcado de forma soberbia: esa escenografía de Castells, la iluminación de Jaume Ventura o el espacio sonoro de Damien Bazin. Alimentado este además con canciones de una banda sonora ‘cool’ tan del agrado de Manrique. Un espectáculo, en definitiva, llamado a ser uno de los 'must' de la temporada.