Ensayo

Fonalleras aplica la mirada del 'flâneur' al arte

El escritor y articulista publica 'Tot el que hi veig', donde invita a compartir su visión de obras de Balthus, Giotto o Hodler

Josep Maria Fonalleras, el pasado octubre, en Barcelona.

Josep Maria Fonalleras, el pasado octubre, en Barcelona. / SERGI CONESA

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Anna Abella
Anna Abella

Periodista cultural

Especialista en arte y libros, en particular en novela negra, cómic y memoria histórica

Escribe desde Barcelona

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Defensor de que "la cultura debe remover conciencias, sacarte de tu zona de confort y darte información del mundo y de ti mismo", Josep Maria Fonalleras (Girona, 1959) explica que ha hecho suya la mirada del ‘flâneur’, de aquel que, sin pretender ser especialista, crítico, ni académico, observa y explica lo que siente ante lo que ve. Y el resultado de transmitir las emociones que le ha provocado la contemplación de una veintena de obras de arte a lo largo de los años es 'Tot el que hi veig' (L’Avenç), breve y personal volumen que significa el segundo libro publicado este año por el escritor y columnista de EL PERIÓDICO, quien tras una carrera que incluye cuentos, novelas, libro infantil, ensayo, crítica, artículos, crónicas de viaje y teatro, debutaba en la poesía este otoño con ‘L’estiuejant’ (Edicions Vitel·la). En esos versos, contaba en estas mismas páginas, alumbraba “momentos fulgurantes y felices” al tiempo que dejaba “constancia de aquello que se ha perdido”.

“Hay conexiones”, admite, entre su primer poemario y los capítulos de ‘Tot el que hi veig’: un cuadro de Tintoretto en Venecia, la capilla de los Scrovegni en Padua, obra de Giotto… “Comparten el hecho de la mirada. En la poesía son cosas más personales e íntimas y aquí hago un poco de guía. Mi padre era guía turístico, pero yo comparto lo que veo, aprendo de lo que ven quienes van conmigo, porque sus miradas amplían la tuya o la acompañan. De hecho, cualquier creación, del arte a la literatura, depende de quien la observa, la lee, la ve. Cada uno tiene una percepción distinta y cada uno puede tenerla distinta según en qué momento se acerque a la obra”.

Interior del Panteón, en Roma. 

/ ARCHIVO

Una lágrima

Y ahí, una lágrima, la que derrama la acompañante de Fonalleras al contemplar por primera vez el cielo de lapislázuli, los demonios y el sufrimiento de los condenados de la capilla de los Scrovegni. Al autor, ese “universo singular”, en anteriores visitas, le encogió, fascinó y mareó. “Es difícil decir por qué te emocionas, difícil de cuantificar, pero algo se te remueve por dentro. El arte te enfrenta a las verdades de la vida, te hace cambiar. Y como decía Rilke en las ‘Elegías de Duino’, ‘la belleza no es más que el preludio de lo que es terrible y que aún soportamos’. Al lado de esa fascinación, de una belleza de ese tipo, hay algo en la obra de arte que al acercarte a ella te provoca esa intensidad. Y no solo el arte, también la literatura, el teatro…”.

"El arte te enfrenta a las verdades de la vida, te hace cambiar"

Establece Fonalleras conexiones que ‘flirtean’ con la muerte. “Zoran Music y Ferdinand Hodler hablan de lo mismo aunque lo hagan de cosas distintas. Hodler pintó durante unos siete meses más de 200 dibujos y cuadros de su amante mientras agonizaba de cáncer, incluso la pintó muerta, a la vez que pintaba el lago Leman. Ves la horizontalidad de la muerta y del lago, la relación entre la naturaleza y el ser humano que él había amado”. Y en ese pensamiento, recuerda el escritor las palabras del crítico John Berger: “Decía que la fotografía detiene el tiempo pero que el dibujo lo abraza. Lo abraza para encontrarle un sentido”. 

Los campos nazis y la Venecia amable

Y, continúa, en la obra de Music “existe esa comparación también: cuando hizo sus esbozos preso en el campo de Dachau y los escondió y aparcó al volver a su entorno familiar, se dio cuenta de que pintando esa naturaleza amable de Venecia estaba repintando sin saberlo las pilas de cadáveres que había visto en el campo de exterminio nazi. Y necesita volver a pintarlo. Es muy impactante su referencia al horror, pero reflexionaba también sobre cómo debe representarse la muerte”.

'No somos los últimos', obra sobre los campos nazis de Zoran Music.

/ ZORAN MUSIC

Muerte y diálogos que también están presentes, añade, en las esculturas yacentes de la iglesia de Santa Cecilia del Trastevere y la de Ermesenda de Carcasona en la catedral de Girona, en el Panteón romano o en cementerios como el de Sète, que acoge la tumba de Valéry, o el Cimitero acattolico, donde descansan los restos de Keats, Shelley y Gramsci. “No remiten al vacío o la desaparición sino al canto elegíaco. Ahí hay otra conexión con el poemario, cómo la muerte nos lleva a reflexionar sobre nosotros mismos y, como en el verso de Valéry, ‘La mer, la mer, toujours recommencée’, todo vuelve a empezar”.

Venecia, pintada por Zoran Music.

/ ZORAN MUSIC

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Las habitaciones vacías y la pandemia

Otros sentimientos recorren también los textos de Fonalleras, que se acompañan de los dibujos de Marc Vicens. “La decepción”, ante el “extraordinario” Cristo de Mantegna, que Berger comparó con la imagen del Che muerto, apunta, al cruzársele en la vista una cesta de fruta pintada por Caravaggio. O “la inquietud” que le causan ‘La tempestad’ de Giorgione, porque enlaza con algo “terrible, que te descoloca”; el ‘Pasaje de Comercio de Saint-André’, de Balthus, donde aparece “un hombre con una baguete y personajes como fantasmales, sin pasado ni futuro, como los del ‘Pedro Páramo’ de Rulfo”, o las habitaciones vacías de Hammershøi. Son estas últimas, precisamente, que nos abocan “a la danza del polvo y la ausencia”, las que enlazan con las sensaciones experimentadas durante el confinamiento obligado por la pandemia, opina: lugares “con una sensación de vacío total, de desamparo, de devastación, de soledad, que son a la vez refugio y prisión”. 

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