CRÍTICA

Niño de Elche, cante atómico en el Espai Zow1e

El cantaor ofreció un apabullante recital en solitario en el ciclo Sala L’H, partiendo de su nuevo libro, ‘In memoriam’, y abriéndose a la improvisación

 Concierto del Nino de Elche en el Espai Zowie

Concierto del Nino de Elche en el Espai Zowie / SERGI CONESA

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CRÍTICA

Siempre es desconcertante que salga el artista al escenario y te suelte que no tiene ni idea de qué va a hacer esa noche. Bueno, no será tanto. Pero la improvisación es un recurso que está al alcance de los altos talentos, y el Niño de Elche lo ilustró, este viernes, creciéndose más allá de toda pauta en un recital de verso libre, con la palabra hablada y cantada, acompañándose tan solo de sus palmas, su guitarra y la letra con perfiles autobiográficos de su libro ‘In memoriam. Posesiones de un exflamenco’, que ha visto la luz estos días.

Bolo con un plus de excepcionalidad en el Espai Zow1e, de L’Hospitalet (ciclo Sala L’H), que acogía su primer concierto desde el 14 de marzo. Emoción en el ambiente, en sintonía con la actitud de Francisco Contreras, el Niño, al aventurarse en un recital distinto, enraizado en sus vivencias infantiles y familiares, y rememorando a “ese chaval que quería ser cantaor de flamenco y no lo consiguió”. Como sabemos, su modo de ser flamenco consiste en discutir los códigos y los acuerdos que han hecho del género lo que es, y que, a su parecer, lo alejan de lo que siempre fue. Una posición que envolvió con un aura de realismo mágico a partir de una escena concreta y bautismal: “Mi padre me cortó las uñas detrás de una puerta para que saliera cantaor”. Punto de partida del libro y símbolo de su ánimo de liberarse de las “corazas” a través del cante.

Villancico ‘hardcore’

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Esa sublevación llega hasta hoy y se hizo carne y verbo alzado en escena, entre la suma delicadeza del ‘Fandango cubista de Pepe Marchena’ y el severo rasgueo de guitarra del villancico justiciero ‘Los campanilleros’; acordes secos apuntalando su festival de onomatopeyas, ‘quejíos’ y gemidos a cuenta del “rico avariento” al que “Jesucristo limosna pidió”. Cante vertiginoso, heterodoxo con causa y doctrina, que enredó en historias sobre sus años de crecimiento, cuando en el coro del colegio le reñían por salirse por la tangente, o cuando soñaba con poder cantar algún día en el mercado de abastos de La Unión, sede del Festival del Cante de las Minas, ilusión consumada hace ya tiempo.

Fue el recital a palo seco de un Niño de Elche que se bastó y sobró para tensar el ambiente, y que salió al paso de sus propias exigencias. “El flamenco cansa mucho, no como la música experimental, donde no tienes que hacer nada”, bromeó tras darlo todo en el concienzudo ‘Romance de las tres cautivas’, a punto para estirar el pase citando al fandango de Huelva y la bulería, y preguntándose, un poco contrariado, “por qué en Catalunya no se oyen muchas saetas”. Pero, recordando los tiempos en que trabajó en Tablao Flamenco Cordobés, en la Rambla, fue expeditivo: “Las mejores juergas las he pasado aquí, en Barcelona”.