Un inmigrante nepalí en la colmena de celebridades llamada edificio Dakota

Entrada del edificio Dakota, en Nueva York, este diciembre.

Entrada del edificio Dakota, en Nueva York, este diciembre. / AFP/ ANGELA WEISS

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Idoya Noain
Idoya Noain

Periodista

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El 8 de noviembre de 1980, como cada lunes por aquel entonces, Indra Tamang salió del Dakota para ir a su clase de karate. Al ir y al volver recuerda haber visto a un joven con abrigo entre la gente que habitualmente se apostaba junto a la entrada del emblemático edificio en la calle 72 junto a Central Park para arrancar un autógrafo o una foto a John Lennon, entonces el más popular y famoso de los residentes de un edificio no falto de estrellas, el lugar que han llamado hogar a lo largo de la historia de Rudolf Nureyev, Lauren Bacall o Boris Karloff a Leonard Bernstein, Roberta Flack o Judy Garland.

Esa misma noche, mientras Tamang dormía ya en el sofá del salón del apartamento 103, el estudio en la novena planta donde vivía y trabajaba como asistente de Charles Henri Ford, le despertó la conmoción. Bajó y vio a la gente aglomerada, a la policía... Sin hablar con nadie subió de nuevo y se volvió a acostar. Solo cuando despertó y encendió la radio supo lo que había ocurrido. El joven del abrigo que se había cruzado, Mark David Chapman, había asesinado a Lennon.


Tamang estaba, de nuevo, en el epicentro de un momento histórico que cimentaría el icónico estatus del Dakota, un lugar dado a lo extraordinario. Y su propia historia en el edificio, su relación con él, también lo es.

Una historia surrealista

Es apropiado que, en la superficie, esa historia tenga algo de onírico, que parezca superar los límites de lo real. Y lo es porque fue Ford, el poeta, artista y padre de las revistas ‘Blues’ y ‘View’, que introdujo el movimiento surrealista en Estados Unidos, quien en 1974 llevó hasta el Dakota al entonces veinteañero Tamang.

El mayor de seis hermanos de una familia humilde en Fakhel, un pueblo sin agua corriente en las afueras de Katmandú, había conocido a Ford dos años antes en el hotel Panorama de la capital de Nepal, donde era camarero. El coautor de 'The young and evil', una de las primeras novelas 'queer', le convenció, al segundo intento, de que abandonara ese empleo y se fuera a trabajar para él, primero enviándole y trayéndole el correo o preparando desayunos en la casa que había alquilado. Fue también quien le dio su primera cámara y le animó a tomar fotos. Fue quien, cuando abandonó Nepal, se llevó a Tamang en sus viajes a Creta o a París, donde Ford décadas antes había entrado en el círculo de Gertrude Stein y había conocido a Pavel Tchelitchew, el pintor y escenógrafo de ballet ruso que sería su pareja hasta su muerte en 1957.

Ford fue también quien, cuando en noviembre de 1974 decidió que volvieran a Nueva York, al Dakota, empezó a escribir un bello poema vital para Tamang. Y esa oda ha incluido cuatro décadas en un palpitante entorno artístico como asistente y cuidador de Ford hasta su muerte en 2002 y luego de su hermana, la actriz Ruth Ford, así como dos apartamentos que esta, fallecida en 2009, le dejó en herencia. También y, más allá del nada despreciable legado económico que incluye la venta de esas propiedades, un auténtico tesoro no solo de obras de arte y derechos de autor sino, también, de experiencias y recuerdos que Tamang recorría el jueves con sencillez y humildad al recibir a EL PERIÓDICO en su casa en Woodside, en el barrio de Queens, físicamente a solo nueve kilómetros del Dakota pero a años luz del Upper West Side, recordatorio de los dispares universos que concentra Nueva York.

La semilla del arte

Con Ford salía Tamang a pasear por ese Central Park que veía desde la ventana del estudio, para él la auténtica joya del pequeño apartamento. Con Ford iba a eventos culturales, recepciones, inauguraciones de exposiciones cuando el epicentro de las galerías no era aún Chelsea sino el Soho, a fiestas en Studio 54 con luminarias como Andy Warhol, a quien Ford introdujo en el cine experimental. En esas ocasiones el artista le decía a quién fotografiar y la cámara se volvía su "agente de relaciones públicas", o animaba a sus famosos amigos a firmar en el libro de autógrafos que Tamang siempre llevaba con él. En esas páginas está, por ejemplo, el que le dedicó en el hotel St. Regis Salvador Dalí, que como Allen Ginsberg fue uno de los narradores en Johnny Minotaur, el único largometraje de Ford.


En la foto, Charles Henri Ford, Indra Tamang y Ruth Ford, en el apartamento de esta última en el edificio Dakota, en 1978.


Tamang servía también el té en las sesiones que Ford organizaba en su estudio los domingos, esas que Patti Smith, asistente a una con Robert Mapplethorpe, describió en ‘Cuando éramos niños’ como "uno de los salones literarios más sofisticados de la ciudad". Y era también quien, cuando Ford organizaba actos como una fiesta para continuar un 'opening' de una exposición de Leonora Carrington al que acudió gente como Norman Mailer, corría a rebuscar en la nevera una botella de vodka para otro de los invitados. "Tennessee Williams no era un gran fan del té", recuerda Tamang con una sonrisa.

De Ford Tamang aprendió a "amar el mundo del arte" y, también, "a aprender". Aunque se casó en segundas nupcias y se mudó a la casa de Queens, trayéndose de Nepal a las dos hijas de su primer matrimonio allí y criando a la que tuvo con su segunda esposa, Tamang siguió yendo al Dakota a cuidar de Ford hasta que murió a los 94 años. Y luego siguió cuidando a su hermana Ruth, musa y protagonista de la única obra de teatro de William Faulkner, actriz de cine y sobre todo de teatro y cuyo apartamento en la quinta planta del Dakota fue también germen de cultura. Un encuentro en su salón entre Stephen Sondheim y Arthur Laurents con su vecino Bernstein alumbró, por ejemplo, la colaboración de la que nació 'West Side Story'.

Una familia

Cuando Tamang habla de su relación con los Ford dice que "no hay ninguna diferencia con una familia". Y no le falta razón. Cuando Ruth murió, a los 98 años en 2009, fue Tamang y no la hija biológica de la artista quien heredó tanto el apartamento como el estudio, así como de una colección de arte que incluía cuadros de Tchelitchew (y que Tamang vendió en Sotheby’s). Con una nieta de Ford alcanzó un acuerdo económico que evitó un juicio.

Los números exactos son esquivos en la entrevista pero Tamang explica que los elevados impuestos sobre la herencia y los altos costes mensuales que implica tener una casa en el Dakota hicieron que nunca pensara en quedarse los pisos. Y aunque hasta el año pasado mantuvo el estudio “casi como un almacén de las cosas de Charles Henri y de Ruth”, acabó vendiéndolo también.

La esposa de Tamang sigue trabajando. Él no. Con la herencia terminó de pagar la hipoteca de la casa de Queens y ahora ha comprado otra en Fishkill, unos 100 kilómetros al norte de la metrópoli. "Mi esposa y mi hija querían más espacio", explica Tamang, propietario de derechos literarios de Charles Henri Ford y dueño de su propio tesoro de fotos y recuerdos, pendientes de ordenar. No oculta un toque de nostalgia ante la mudanza al campo. Porque a los 67 años le sigue atrayendo la fuerza de la ciudad, un poder que él, en una historia extraordinaria en la que no duda en definirse como "un privilegiado", ha sentido en primera persona.

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