CRÍTICA

Marilyn Monroe visita a Hedy Lamarr

El TNC reabre con un hipotético encuentro entre dos mitos de Hollywood releídos en clave de presente

Elisabet Casanovas (izquierda) y Laura Conejero en ’Monroe-Lamarr’.

Elisabet Casanovas (izquierda) y Laura Conejero en ’Monroe-Lamarr’. / MAY ZIRCUS

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Tras 27 días de cierre forzoso, los teatros han vuelto a subir el telón. El TNC se despidió en octubre con 'La dona trencada', estreno y despedida simultáneos. Ahora, el mismo escenario de la Sala Tallers vuelve a abrir con otra historia protagonizada por mujeres, pero en este caso montada y escrita por hombres, el director Sergi Belbel y el dramaturgo Carles Batlle. 'Monroe-Lamarr' es un montaje zarandeado por el azar y por la actual coyuntura de cancelaciones y retrasos, que llega por fin a una platea enrarecida por las circunstancias, sin mucho margen para celebrar el estreno. 

El director del TNC, Xavier Albertí, encargó este texto al autor, y quizá sea este compromiso el que hizo salir a Batlle de sus coordenadas habituales, más experimentales a nivel formal. Abraza ahora en su argumento la cultura popular, pero no por ello renuncia a una estructura compleja que mezcla el 'thriller' de espionaje con el retrato fabulado de dos mitos del Hollywood clásico. Una época revisada desde el presente que hurga en la doble faceta de la actriz Hedy Lamarr: como juguete roto de la industria del cine, pero sobre todo como la gran inventora que últimamente se reividica. Su descubrimiento de un protocolo militar precursor del actual Wifi es un excelente señuelo –'McGuffin' que diría Hitchcock–, como también nos hechiza ese imaginado pero plausible encuentro con Marilyn Monroe entre las cortinas de acero de la crisis de los misiles de Cuba.

Chorretones de glamur

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Con chorretones de glamur, vestuario preciso de Mercè Paloma, intermedios musicales de gran poder evocador y una escenografía de Max Glaenzel etérea pero eficiente, Belbel construye un marco reconocible que nos conecta con la pantalla y los códigos que demanda un texto cargado de referencias cinéfilas. Como atrapados en una retrospectiva sobre Mankiewicz, las protagonistas y los secundarios –resueltos Eloi Sànchez y David Vert– saltan de un género a otro entre una red de símbolos y subtramas muy bien cerradas.  No obstante restan protagonismo al gran reclamo, el esperado cara a cara entre las dos divas que, solo muy al final, adquiere la temperatura emocional que se espera de semejante colisión de estrellas.

Los espejos de la imitación casi siempre son cóncavos. De aquí el acierto de Laura Conejero para evitarlos, llevarse a Lamarr a su terreno y revestirla de un muro de sofisticación que se acaba derrumbándose hacia la fragilidad. Elisabet Casanovas, más joven que esa Marilyn crepuscular cercana al desastre, ahonda trágica en la desesperación del personaje, pero también en la necesaria inteligencia de una mujer atrapada en el estereotipo sexual que todos conocemos. Viejos mitos, nuevas lecturas.