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¿Por qué 'Casa ajena' es la película de terror del año?

El debutante Remi Weekes mezcla el horror sobrenatural de casas encantadas con la problemática de la inmigración. Y la combinación resulta realmente explosiva

Fotograma de ’Casa ajena’

Fotograma de ’Casa ajena’ / NETFLIX / AIDAN MONAGHAN

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El cine de terror siempre ha sido un género con un componente alegórico muy potente a la hora de plasmar los miedos contemporáneos. Cada época tiene los suyos. En los años 50, Don Siegel inauguró con ‘La invasión de los ladrones de cuerpos’ la temática de la conspiración y la paranoia, de la manipulación mental y el poder de la ideología, dejando claro su fuerte trasfondo político y social. En los 60, George A. Romero quiso poner de manifiesto en ‘La noche de los muertos vivientes’ el problema racial en Norteamérica en ese momento, así como las heridas en el imaginario colectivo que generó la guerra de Vietnam. Siguiendo la estela de ‘Psicosis’, en los 70 los monstruos se convirtieron en nuestros vecinos y en la casa de al lado podía esconderse un 'psychokiller' o una secta satánica.

En definitiva, el miedo es una herramienta para hablar del mundo en el que vivimos, para hacernos preguntas sobre él y sobre nosotros mismos aquí y ahora. Por eso, una nueva generación de directores lo ha utilizado como arma reivindicativa para reflexionar en torno a algunos de los temas que nos interesan en estos momentos: la rebelión de la mujer contra el heteropatriarcado, la identidad sexual, la represión racial, los problemas medioambientales o el terrorismo. Se trata de un terror más sugestivo, más mental, que no siempre busca el efectismo ni los golpes de sonido, sino que genera un malestar que te remueve por dentro y que te encoge las entrañas.

Precisamente, esa liga de películas que recoge toda la tradición de los grandes maestros del terror con un mecanismo metafórico se encuentra una de las grandes sorpresas de la temporada. Se llama ‘Casa ajena’, es la ópera prima del director británico y artista visual Remi Weekes, se presentó en el pasado Festival de Sundance (fue adquirida para su distribución por Netflix, donde fue estrenada el pasado 30 de septiembre) y mezcla el horror sobrenatural de casas encantadas con la problemática de la inmigración. Y la combinación resulta realmente explosiva.

Realmente la historia de los dos personajes protagonistas no necesitaba de maldiciones ancestrales para resultar espeluznante: escaparon de la violencia de Sudán, cruzaron el mar en una patera, sufrieron durante el trayecto una experiencia traumática y cuando por fin llegan a Londres, tienen que pasar por un sinfín de pruebas policiales y estar bajo vigilancia para no ser deportados y, si son buenos chicos, ganarse el derecho a convertirse en ciudadanos con un mínimo de derechos. Hasta aquí podría ser perfectamente una película de Ken Loach.

Pero a la pareja protagonista, los Majur, Bol (Sope Dirisu) y Rial (Wunmi Mosaku), que son unos auténticos supervivientes en toda regla porque han pasado por todo y nada ya parece asustarles, todavía les queda enfrentarse a lo peor: una casa repleta de fantasmas que los enfrentarán a sus miedos más profundos.

¿Por qué es importante ‘Casa ajena’? Porque es capaz de tratar muchísimos temas, entre ellos el sentimiento de pérdida, la identidad, el trauma, el desarraigo, la exclusión y los estigmas sociales, incluso la maternidad herida y sacar de cada uno de ellos el máximo jugo a través de imágenes que nos llevan del terror más tangible al más abstracto, entre la claustrofobia y los pasajes anímicos y psíquicos que distorsionan la realidad y funden pasado con presente.

La hostilidad del entorno atrapará desde el primer momento a los Majur. Él quiere integrarse en esa nueva vida y pasar página. Ella se encuentra todavía arraigada a sus raíces. Ese choque será fundamental para abrir un agujero por el que entren los espíritus que se alimentan del conflicto y la culpa.

‘Casa ajena’ se convierte en una película en la que campa a sus anchas la pesadilla. Del mar emergen los cadáveres de los miles de migrantes que no han conseguido llegar a su destino, como sí lo han hecho los Majur. Y toda esa desesperación, toda esa muerte violenta, ese drama terrible, se colará en las entrañas de la historia. ¿Se puede olvidar todo eso y salir reforzado? De todo eso intenta hablar Remi Weekes.

Hija de su tiempo

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En la película encontramos ecos a ‘Terror en Amityville’ (en modo muy humilde, como los protagonistas) o ‘El resplandor’, pero como buena hija de su tiempo, también dialoga con películas que inciden en la herida de la soledad en medio de un panorama repleto de dificultades, como ‘Under the Shadow’, de Babak Anvari, o en la idea de otredad y éxodo migratorio como en ‘Atlantique’, de Mati Diop, que utiliza el fantástico en clave lírica y simbólica para devolver la vida a los fallecidos en el mar a través de las mujeres de un suburbio de Dakar.

En cualquier caso, Weekes consigue configurar una obra rotundamente personal, repleta de ideas y de momentos de una gran carga simbólica, sabe cómo jugar con las expectativas, utiliza la sugerencia y convierte la situación de los refugiados en un estudio sobre la alienación y sobre los monstruos, reales o imaginarios, que habitan en nuestra sociedad. El filme, por cierto, tiene una puntuación de 100, esto es, la nota perfecta, en la web de reseñas y críticas Rottentomatoes.