29 nov 2020

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Un recuento con baile

Pensilvania: soul de lujo y votos teletransportados

La numerosa y activa comunidad afroamericana de Filadelfia que puede dar ahora la victoria a Biden alumbró en los 70 una forma musical propia

Rafael Tapounet

Un manifestante muestra un cartel frente a los partidarios de Trump a las puertyas del Centro de Convenciones de Pensilvania, en Filadelfia.

Un manifestante muestra un cartel frente a los partidarios de Trump a las puertyas del Centro de Convenciones de Pensilvania, en Filadelfia. / BRYAN R. SMITH / AFP

El 28 de octubre de 1943, en el curso de un supuesto experimento secreto llevado a cabo por la Armada de Estados Unidos en los astilleros navales de Filadelfia (Pensilvania), el destructor 'USS Eldridge' desapareció de la vista y fue teletransportado hasta el puerto de Norfolk (Virginia), a unos 600 kilómetros. Lo más asombroso es que el buque no solo viajó en el espacio sino también en el tiempo, ya que llegó a Norfolk 15 minutos antes de desaparecer en Filadelfia. Esa es al menos la versión que el ufólogo (y vendedor de automóviles) Morris Jessup, haciéndose eco del relato de un supuesto marino de nombre Carl Meredith Allen, divulgó en su libro 'The Case for the UFO' en 1955. Por supuesto, se trataba de un gigantesco bulo, pero ello no evitó que el asunto arraigara con fuerza en la imaginación popular.

Es casi imposible no pensar en lo que se conoció como Experimento Filadelfia al escuchar estos días a los partidarios de Donald Trump denunciar que decenas de miles de votos favorables a Joe Biden han sido teletransportados de forma fraudulenta hasta Pensilvania para darle, de momento, al candidato demócrata la victoria en el Estado de la Piedra Angular (así llamado por su posición central entre las 13 colonias británicas que conformaron los Estados Unidos). Quedará ahora a criterio de los tribunales determinar si también eso es, como parece, un inmenso bulo.

Una ciudad de cine

La leyenda urbana del viaje en el tiempo del 'USS Eldridge' sirvió de base para una entretenida aunque olvidable película de ciencia ficción, 'El Experimento Filadelfia', dirigida en 1984 por Stewart Raffill y producida por John Carpenter. No es en absoluto la más distinguida en la larga lista de las películas asociadas a la ciudad fundada en 1682 por William Penn, el filósofo cuáquero que dio su nombre al estado (Pensilvania viene a significar 'los bosques de Penn'). Desde la mansión señorial de 'Historias de Filadelfia', imbatible clásico de la 'screwball comedy' realizado por George Cukor en 1940, hasta las icónicas escaleras del Museo de Arte de Filadelfia de 'Rocky' (John G. Avildsen, 1976) y 'Rocky II' (Sylvester Stallone, 1979), pasando por el puente Benjamin Franklin de 'Doce monos' (Terry Gilliam, 1995), son incontables las ocasiones en que la cámara se ha paseado por los inspiradores escenarios de la capital fundacional de Estados Unidos.

Pero el premio al cineasta de Filadelfia que se ha mantenido más leal a su ciudad se lo lleva de calle M. Night Shyamalan. Allí ha rodado todas sus películas, con las únicas excepciones de 'Airbender, el último guerrero' y 'After Earth' (que resultan ser lo menos inspirado de su admirable filmografía). Mención especial merecen los primeros minutos de la discutida 'El incidente' (2008), en los que las calles de Filadelfia son el escenario de una sucesión de suicidios inexplicables. A la luz de lo que está ocurriendo en estos momentos en la primera metrópolis de Pensilvania, solo cabe desear que esas imágenes no tengan valor profético.

La gran migración

Nacido en la ciudad india de Mahé, en el Estado de Pondicherry, Shyamalan es un producto de las  más recientes oleadas migratorias que han tenido como destino el Estado de la Piedra Angular. La historia de Pensilvania, y la de Filadelfia en particular, está marcada por la inmigración; especialmente, por la llegada de grandes masas de población afroamericana procedente de los estados del sur que buscaban no solo mejores perspectivas económicas sino también un entorno seguro y libre, lejos de la segregación racial impuesta por las leyes de Jim Crow (ya desde mediados del siglo XVIII, Filadelfia había sido uno de los más activos núcleos abolicionistas del país).

En el terreno musical, ese creciente peso demográfico de la comunidad negra se tradujo, primero, en una muy efervescente escena jazzística (del swing de Tommy y Jimmy Dorsey a la revolución post-bop de John Coltrane y la vanguardia clásica de Keith Jarrett, los músicos nacidos o arraigados en Pensilvania atraviesan y modelan la historia del jazz) y, más adelante, en una incontenible explosión soul que a principios de los años 70 derivó en una forma musical propia: el 'sonido Filadelfia'.

Poniendo una pajarita al funk

Fred Wesley, trombonista de la banda de James Brown y del colectivo Parliament-Funkadelic, dijo en una ocasión que el 'sonido Filadelfia' consistía en "ponerle una pajarita al funk". No es mala definición, aunque se queda un poco corta. Recogiendo las enseñanzas de la Motown de Detroit (y, muy particularmente, del exitoso soul sinfónico alumbrado por Isaac Hayes para la banda sonora de 'Shaft'), dos tipos duros de Filadelfia con amplia experiencia como productores, Kenny Gamble y Leon Duff, crearon en 1971 la compañía Philadelphia International Records (PIR) y produjeron una serie de grabaciones con un pie en el rhythm and blues más sudoroso y otro en la sofisticación pop de Burt Bacharach, marcadas siempre por un suntuoso acompañamiento orquestal y la efectiva combinación de los arreglos de viento y de cuerda. Pese a su apariencia de lujoso entretenimiento escapista, las producciones de Gamble y Duff revelaban a menudo un alma atormentada y una conciencia social que recogía el latido de un tiempo marcado por la guerra de Vietnam, el Watergate y las tensiones raciales. 

El 'Philly Sound' dejó como legado un puñado de 'hits' imperecederos de artistas como Billy Paul, The O'Jays, The Three Degrees y Harold Melvin & The Bluenotes, empujó a David Bowie a viajar hasta Filadelfia para grabar 'Young Americans', puso las bases para la arrolladora irrupción de la música disco y, sobre todo, brindó a la Ciudad del Amor Fraternal un lugar junto a Detroit y Memphis como uno de los grandes santuarios del soul.