CRÍTICA DE LIBROS

Crítica de 'Tercer acto': al servicio de la memoria y los otros

Nueva entrega autobiográfica de Félix de Azúa, en la que recrea a sus colegas Agustín García Calvo, Ferran Lobo y Víctor Gómez Pin

El escritor Félix de Azúa, en una de sus últimas visitas a Barcelona. 

El escritor Félix de Azúa, en una de sus últimas visitas a Barcelona.  / ÁLVARO MONGE

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Unos cuantos lectores de este cuarto asedio de Félix de Azúa a una autobiografía solapada (o falsa) sufrirán algún tipo de desorden mental. Así lo considera el autor en una nota en la que advierte contra cualquier posible identificación de sus criaturas con personas reales. Pero es justo al revés, porque solo la confusión mental puede impedir reconocer a Agustín García Calvo oficiando de pontífice en el café parisino de La Boule d’Or en los años 70 y a los filósofos Ferrán Lobo y Víctor Gómez Pin, asistentes, como el autor, a sus lecciones sobre los presocráticos.

En esta nuevo ejercicio autorreflexivo, Azúa ha escogido el formato de la novela para regresar a aquella heteróclita asamblea filosófica (donde no faltaban rateros de variado pelaje) y desviar el protagonismo de él al resto de pupilos, de manera señalada a Ferrán Lobo (aquí Josean), fallecido en 2007. Con saltos cronológicos que se indican en cada capítulo, se deshace, como en una devanadera narrativa, el tiempo transcurrido hasta 2017, cuando el narrador (Azúa mismo) siente que se encuentra en el tercer acto de su comedia (ante la hoja roja, como escribió Delibes). El escepticismo de final de ciclo que, con melancolía y causticidad, permea sus libros desde hace diez años encuentra aquí un aliado en la aparentemente serena asunción de que también su vida enfila su tramo último.

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Pero como a Azúa le abochornaría incurrir en la autoconmiseración (no ya, a estas alturas, en cierto sentimentalismo del todo legítimo), ha decidido asumir el papel de testigo del talento ajeno, el de García Calvo y, sobre todo, el del carismático pensador cuasi ágrafo Ferrán Lobo. De ahí que apele varias veces a un personaje de Thomas Mann, Serenus Zeitblom, que en 'Doctor Faustus', narra la vida del compositor Adrian Leverkühn: como él, Azúa aspira a salvar, sin maquillajes, la memoria de otros.