Examen a la serie

Verdades y mentiras de los antidisturbios de Sorogoyen

Verdades y mentiras de los antidisturbios de Sorogoyen
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Sobre la figura del antidisturbios caen toneladas de demagogia. Sus actuaciones más complejas suceden bajo el foco mediático –la estética de los altercados es irresistible para los periodistas gráficos– y pueden desencadenar las crisis políticas más profundas –solo en Catalunya han dimitido en los últimos años dos directores generales de la Policia (Rafael Olmos y Manel Prat) y un 'conseller' de Interior (Felip Puig) por conflictos vinculados al orden público–. Su condición de depositarios de la fuerza legal en una democracia, el aspecto oscuro que otorgan los equipos antitrauma que visten o el eco que reciben los casos de mala praxis en comparación con la nula visibilidad que tienen la mayoría de sus intervenciones –las menos polémicas que discurren lejos de la violencia– los han convertido en policías enigmáticos sobre las que abundan opiniones a menudo desinformadas y casi siempre negativas.

La extraordinaria serie 'Antidisturbios' de Rodrigo Sorogoyen, narrativamente poderosa y de intención hiperrealista, fascina en parte porque parece romper esa opacidad. Y de ahí nace, según opinan los cuatro antidisturbios consultados por EL PERIÓDICO, el malestar que han manifestado airadamente los sindicatos de la Policía Nacional: se trata solo de una ficción que algunos pueden confundir con un documental, y hay cosas que son ciertas pero otras que son mentira. 

La jerga

La serie está bien documentada y usa términos frecuentes en los dispositivos. Palabras como 'embolsar' a un colectivo violento ­como las aficiones ultra –que significa encapsularlo rodeándolo de agentes– o 'pastorear' –conducir al colectivo de un lugar a otro– son tecnicismos reales. 


La cocaína

Que dos de los seis personajes consuman cocaína ha dolido mucho en las unidades de antidisturbios. Sobre todo porque refuerza un cliché que arrastran en las manifestaciones y que no se corresponde con la realidad. "Llevamos una vida muy sana, hacemos dieta y entrenamos constantemente porque el equipo pesa casi 20 kilos. Ni he visto a ningún compañero drogarse ni conozco a nadie que lo haya hecho".


Los trofeos

El grupo Puma 93 guarda 'trofeos' que se han incautado en intervenciones –pancartas, banderas, bufandas de clubs de fútbol o baloncesto– y que terminan decorando techos de vehículos o paredes de la base. Es una tradición interna que algunas unidades ya han abandonado. En cuerpos como el de los Mossos está prohibido colocar banderas en los vehículos. 


La presión judicial

Cuando una intervención termina mal–y alguien resulta herido o incluso muere como en la ficción de Sorogoyen– los agentes que han actuado acaban bajo el foco mediático y sufren la acusación de penas de cárcel muy duras. La serie refleja bien el calvario que padecen. "O incluso se queda corta, porque eso es terrible, te puede conducir a una depresión de la que no te repongas hasta que todo se resuelva".


La agresividad

El más joven del grupo (Rubén, interpretado por Patrick Criado) tiene un carácter irascible e inestable y pierde los papeles al recibir un escupitajo. "Es inaceptable. Nuestro trabajo consiste en lo contrario: aguantar y tener sangre fría. Pasamos un proceso de selección y una formación exigentes que sirven para detectar actitudes como esas. Somos los primeros interesados en expulsar a temperamentos agresivos porque son focos de problemas".


Los gritos

Los personajes de Sorogoyen gritan a menudo durante los operativos debido a la tensión. "Se dan situaciones de mucha adrenalina en las cuales puedes acabar a gritos, sí, esto es verdad, a veces pasa". "El estrés agudiza el sentido de la vista pero atenúa el del oído. Además, con el casco, la braga y el ruido exterior o levantas la voz o es imposible que te oigan". 


La justicia paralela

Úbeda (interpretado por Roberto Álamo), uno de los personajes, recibe una paliza por parte de aficionados ultra del Olympique de Marsella. Sus compañeros, al saberlo, salen corriendo a buscarlos sin recibir ningún tipo de orden del jefe de dispositivo. Cuando los localizan, se toman la justicia por su cuenta. "No se trabaja así. Es un disparate. Es que salen a cazarlos, los muelen a palos y ni siquiera los arrestan. El objetivo ante una agresión es identificar a los autores y detenerlos, nunca golpearlos". "No digo que eso no haya ocurrido jamás, lo que digo es que sería un caso de mala praxis de los que el propio cuerpo condena y persigue, en ningún caso aplaude". 


La falta de medios

El primer capítulo arranca con el grupo Puma 93 en apuros porque debe afrontar un desahucio sin los recursos necesarios. "La serie muestra muy bien lo mal que se pasa sin la fuerza necesaria y cómo se pueden complicar las cosas. En general, salvo la actitud del más chulito de ellos, la secuencia del desahucio es bastante fiel a la realidad". "Aunque resulta exagerado algo tan extremo. Ante una situación tan complicada, una furgoneta en solitario no efectúa nunca el desalojo". 


La violencia

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En la ficción los personajes parecen cada vez más consumidos por una violencia que estalla entre ellos. "Dan la impresión de estar a punto de liarse a hostias incluso durante una cena. En los grupos la gente se lleva bien. Y si se van de cena, se ríen y hacen coñas como cualquier pandilla, no están a punto de partirse la cara porque uno quiera salir a fumar".