La crisis de las salas de cine, en cinco historias de lucha

Hablamos con los responsables de cuatro cines que resisten y de un quinto que hubo de bajar la persiana

La sala Phenomena, en una de las proyecciones de ’Tenet’.

La sala Phenomena, en una de las proyecciones de ’Tenet’. / MÒNICA SERRA

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Julián García / Beatriz Martínez / Quim Casas

Las dificultades de las salas de cine para salir adelante no viene de ahora. Hace tiempo que la pérdida de espectadores, atraídos de forma irreversible por otras propuestas audiovisuales y otras formas de ocio, había llevado a los cines a una grave situación de crisis. Y la pandemia ha acabado de ponerlos al filo del abismo. Este diario ha querido conocer los esfuerzos que han debido acometer las salas, que no las multisalas, para tirar adelante: un ejemplo de cine heroico, de resistencia, de una pequeña localidad catalana; una fabulosa singularidad que combina los 'blockbusters' con el cine clásico; una sala que se ha atrevido a abrir en Madrid en mitad de la pandemia; un modelo de irrenunciable exhibición de cine independiente en Gràcia; y, la desdicha, un icono de la cinefilia barcelonesa que, pese a años de lucha contra la adversidad, hubo de bajar la persiana.

Jordi Bellapart, del Cinema Montgrí de Torroella de Montgrí

Jordi Bellapart, en los Cinemes Montgrí / david aparicio

Hubo un tiempo, otro tiempo, en el que Torroella de Montgrí (Baix Empordà) tenía tres cines. Dos de ellos acabaron cerrando; uno a principios de los años 60, otro a finales de los 70. En un emocionante ejercicio de supervivencia, el Cinema Montgrí, inaugurado en 1929, sigue abierto, proyectando películas de viernes a lunes. "Ha habido momentos muy difíciles pero siempre hemos acabado sacando la cabeza", asegura el irreductible activista cultural Jordi Bellapart, presidente y miembro fundador del Cine Club Torroellenc, que gestiona la programación del histórico Montgrí desde 1985. 

La pandemia ha hecho daño, no nos engañemos. "Desde la reapertura en junio hemos tenido unos niveles de asistencia muy bajos. Los jóvenes ya no vienen al cine. Nuestro público es de una edad y, en fin, con tantos rebrotes ha cogido miedo, no se atreve a venir.  La asistencia es apenas un 30% de la que teníamos antes", explica Bellapart.

El precioso Montgrí, repleto de detalles 'art-déco' y catalogado en el Inventari del Patrimoni Arquitectònic de Catalunya, es propiedad del Ayuntamiento de Torroella, que lo salvó del cierre también en 1985. El cine programa "películas, digamos, serias, intelectuales, adultas. No ‘blockbusters’, porque nuestro público no vendría a verlos", ríe Bellapart. Estas dos últimas semanas, por ejemplo, se han podido ver en su fabulosa pantalla gigante ‘Rifkin’s Festival’ de Woody Allen y ‘Falling’ de Viggo Mortensen.  Cada 15 días, los viernes organizan un cine club con película en versión original. Todos los viernes por la noche proyectan cine en VO; los sábados y domingo por la tarde, cine infantil. Y los sábados, domingos y lunes por la noche, cine doblado. "Nuestro público mayoritario es de aquí, de Torroella, pero también viene de La Bisbal, de L’Escala y de Verges. Y mucha gente que tiene aquí segunda residencia".

Desde hace muchos años, el Cine Club Torroenc pone a la venta talonarios de 25 o 40 entradas. "Nos ha ayudado a tener liquidez y clientela fija. La entrada te sale más barata, a 4,80 euros, cuando el normal es de 6 euros", dice este devoto del cine de autor desde que, mientras estudiaba Ingeniería en Barcelona a finales de los años 60, descubrió el fascinante tejido de los cines de arte y ensayo. Hoy, la perspectiva es sombría. "No solo para los cines de pueblo como el nuestro, sino casi más para los grandes multisalas que dependen de que se estrenen 'blockbusters'. Pero seguiremos luchando. Nos ayuda mucho tener el apoyo total del ayuntamiento. Es un cojín imprescindible", admite Bellapart. 


Nacho Cerdà, del Phenomena de Barcelona

Nacho Cerdà, en el cine Phenomena / carlos montañés

Nacho Cerdà lleva días durmiendo poco y mal, intentando cuadrar los nuevos horarios de su cine, el Phenomena, tras el decreto que impide que haya sesiones más allá de las 23.00 horas. "Está siendo muy complicado", admite el propietario del fabuloso cine de la calle de Sant Antoni Maria Claret, templo de la feligresía del cine de género, con sus cortinas rojas, la marquesina iluminada, el vestíbulo 'à l’ancienne'. Un cine único en su exitoso modelo híbrido, capaz de combinar los rutilantes 'blockbusters' de estreno y las películas de repertorio, todo ello siempre degustado en condiciones visuales y sonoras nivel Club del Gourmet.

"Tantos meses de parón nos ha afectado a todos los niveles", dice Cerdà. "En lo económico, obviamente, pero también en el hábito de ir al cine. Nosotros tenemos gente que viene cada semana o cada día, y ese hábito se ha cortado. Y luego cuesta recuperarlo". El director lamenta que se haya lanzado el mensaje de que ir al cine no es seguro "cuando es todo lo contrario. Quizá es por haber visto durante mi vida tantas películas de ciencia ficción, pero el miedo es un factor determinante. La imaginación, el miedo y la paranoia no tienen límite".

Durante estos últimos meses, el Phenomena solo ha proyectado dos película de estreno, ‘Tenet’ y ‘El juicio de los 7 de Chicago’, con buena afluencia de público. El resto ha sido repertorio. "Hemos notado una presencia mayor de público joven en películas clásicas tipo ‘El bueno, el feo y el malo’ o 'Río Grande'. Es un cambio de hábito interesante", apunta Cerdà, preocupado, en cambio, por la alarmante ausencia de ‘blockbusters’ en el calendario de estrenos de los próximos meses a causa de la pandemia. "Al tener una programación mixta, no nos afecta de la misma manera que a unos multisala tipo Cinesa, pero aun así vivimos y nos apoyamos en los ‘blockbusters’ para financiar nuestra programación alternativa. Ahora mismo estamos en una situación de austeridad que no sabemos cuánto durará. Necesitamos estrenos tipo ‘Wonder Woman 1984’ o ‘Dune’, estrenos muy Phenomena. El mercado asiático está funcionando muy bien, pero necesitamos que se normalice cuanto antes el mercado de EEUU", remata Cerdà antes de volver a dejarse los ojos en las complejas, asfixiantes cuadrículas de los nuevos horarios.


Fernando Lobo, del cine Embajadores de Madrid

Fernando Lobo, en los cines Embajadores / josé luis roca

Han surgido en el contexto de la ‘nueva normalidad’, así que no pueden comparar con cómo eran antes las cosas. El cine Embajadores abrió sus puertas el pasado junio y nunca ha tenido llenas las 200 butacas que conforman sus tres salas, por supuesto, a causa de la reducción en los aforos.

Sin embargo, aunque se consideran novatos en el negocio de la exhibición, no se puede decir que les vayan mal las cosas. Su idea fue desde el principio recuperar el concepto de cine de barrio, devolver al vecindario de Arganzuela la posibilidad de tener a mano un espacio donde disfrutar de cine de calidad, estrenos y ciclos alternativos. Y por el momento, la apuesta funciona, quizás porque se lo han tomado como si se tratara de un negocio familiar, llevado con mimo y mucho trabajo.

"Somos como una especie de burbuja, porque hemos abierto un cine que es muy fácil llenar, bastan 60 personas en una sesión, y de jueves a domingo, se completa el aforo", cuenta Fernando Lobo, responsable de comunicación de los cines y mano derecha de su director, Miguel Ángel Pérez.

La noticia de que unos cines iban a abrir en Madrid en mitad de la pandemia les ofreció una publicidad que nunca hubieran imaginado. "Le dio un halo de romanticismo al asunto". A ellos el bloqueo de 'blockbusters' no les importa demasiado, pues funcionan con estrenos de distribuidoras independientes y cine de autor que abarcan un gran abanico, siempre en versión original subtitulada. En su cartelera esta semana encontramos desde ‘El juicio de los 7 de Chicago’ hasta ‘Dehesa: en busca del lince ibérico’, pasando por ‘Falling’ o ‘Corpus Christi’.

Para dinamizar la programación, además de los estrenos también están proponiendo ciclos propios, como el que ha preparado el periodista Juan Sardá sobre política y que contará con invitados para los coloquios posteriores como Rita Maestre o Joaquín Almunia. Un ejemplo de resistencia en medio de la hecatombe.


Toni Espinosa, de los Cinemes Girona de Barcelona

Toni Espinosa, cortando entradas en los Cinemes Girona / cesc maymó

Aceptando que la situación "es compleja, es como una ecuación con muchas variantes", Toni Espinosa, responsable de los cines Girona de Barcelona, intenta ver el panorama con cierto optimismo pese a todo. Tras el cierre de las salas dictado por la Generalitat el pasado mes de julio y la reapertura a las tres semanas, los Girona prefirieron no volver a ponerse en marcha hasta el 28 de agosto. Ahora está medio equipo con un erte, las tres salas cierran los lunes y martes y "tenemos más o menos la mitad de público en relación al año pasado por estas fechas", comenta Espinosa, pero su apuesta por la diversidad –son los cines en los que se proyectan festivales de prestigio como el Americana y óperas filmadas en directo o diferido– les ha permitido seguir a flote.

"Siempre hemos apostado por el talento local y la diversidad. Ahora hay espacio y oferta para mucho cine español. Esta diversidad nos está salvando, aunque sin las ayudas institucionales que hemos recibido, sería muy complicado", añade. La programación de los cines Girona se basa en la exhibición de un cine más independiente, de autor, alejado del que promueven las 'majors', y en actividades concretas. En los últimos días no han parado con proyecciones para todos aquellos que contribuyeron al Verkami del filme ‘La mort de Guillem’, de Carlos Marqués-Marcet.

Según Espinosa, "a nosotros no nos afecta directamente el tema de las 'majors', porque sus condiciones nos romperían nuestra dinámica y los porcentajes que piden son de más del 50%. Tampoco es un modelo de cine que a nosotros nos funcione, cuando hemos puesto algún ‘Spiderman’ o títulos parecidos, no hemos tenido buenos resultados". Añade rápidamente: "Pero como sector este tema concreto claro que nos afecta. Que haya competencia hace que te espabiles. Cuanta más oferta, mucho mejor".


Carles Balagué, de los (desaparecidos) Méliès de Barcelona

Carles Balagué, ante la persiana de los ya cerrados cines Méliès.

Una de los cines que cerró al poco tiempo de concluir el confinamiento fue el Méliès, pionero en este país en repertorio de cine clásico y cine de autor europeo, en copias nuevas y restauradas compradas por su propietario, Carles Balagué, quien ha sido también crítico, director, productor y distribuidor. La crisis provocada por el covid-19 fue solo el detonante, ya que "hacía dos o tres años que estábamos en una situación económica muy difícil", explica Balagué. A la precariedad de público se sumaron "problemas derivados de inundaciones en el inmueble, reparaciones en la cabina y conflictos en la finca".

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Para Balagué resultaba imposible hacer frente a los nuevos gastos derivados de los protocolos y medidas de seguridad y limpieza de las salas, así como las restricciones iniciales de aforo. La meditada decisión de cerrar se aceleró a causa de la pandemia, pero se fraguó ante la escasa respuesta de un público que años antes había llenado las dos salas para ver clásicos norteamericanos de Billy Wilder o Alfred Hitchcock y los cuentos morales de Eric Rohmer. En los últimos tiempos, Balagué había programado ciclos de Tarantino, Jarmusch o Von Trier, pero la respuesta seguía siendo mínima.

Fue un duro golpe para la exhibición barcelonesa, ya que los Méliès habían resistido contra viento y marea a otros incidentes, como el incendio de verano del 2011, que obligó a cerrar el cine durante seis meses. El 14 de julio desmontaron el interior y pusieron en venta los proyectores. Esto también se había convertido en un problema, ya que después de una costosa inversión en proyectores nuevos, "apenas existen copias en 35 mm y es imposible afrontar la compra del cine clásico", la gran apuesta de Balagué desde que inaugurara los Méliès el 20 de diciembre de 1996 con 'El gran carnaval', de Wilder.