EL LIBRO DE LA SEMANA

Crítica de 'La ciudad que el diablo se llevó': Varsovia después de la batalla

David Toscana sigue a cuatro jinetes del apocalipsis por las calles de la ciudad polaca devastada por la contienda mundial

El escritor mexicano David Toscana. 

El escritor mexicano David Toscana.  / Raphael Gaillarde

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Vuelve por sus fueros David Toscana (Monterrey, México, 1961) ahora con una novela europea que narrala vida y milagros de cuatro jinetes del apocalipsis pululando en lo que se convirtió Varsovia al final de la segunda guerra mundial: un paisaje en ruinas, puro escombro, una miríada de cristales rotos, los fragmentos de un espectáculo apocalíptico marcado a fuego por el peso y el poso del recuerdo de lo que fue la guerra y la posguerra en una ciudad, convertida en esta ficciónen la fotografía en blanco y negro de “un bosque en el que trinaban pájaros de piedra.”

Y regresacon el mismo personaje huecos de sí mismo, tan característico de Toscana, “un hombre pisoteado, una bandera más roja que blanca, la certeza de una guerra perdida”, héroe anónimo tratando de sobrevivir a la tragedia que le asola. En 'La ciudad que el diablo se llevó' habitan Varsovia unos seres queandan fatalmente heridos por la flecha de un tiempo agrietado por el que se desangró Europa. Habitando una ciudad devastada por el paso de las hordas nazis esos cuatro jinetes viven un presente continuo de destrucción física y anímica, que mudará en miseria y desolación antes de la ocupación soviética: “Los nazis nos dejaron exhaustos… de eso se aprovecharon los soviéticos.” Ludwik, Eugeniusz, Kazimierz y Feliks bailan y se emborrachan al son de una tocata y fuga interpretada a cuatro manos, sin un solo atisbo de que vaya a sonarla nota final. Una novela que podría empezar aquí y acabar allá y cuyos episodios destilan tragedia grácil y humor funesto al unísono. Una novela eterna e “inasible”, la misma que intenta por todos los medios ejecutar un enigmático novelista que aparece y desaparece misteriosamente a lo largo y ancho de la novela con su pobre máquina de escribir a cuestas.

Quizá esto sea lo más notable de esta ficción: su falta descarada y más que  consciente de trama tejida. Como las vidas que se relatan, el cuento es largo y no está urdido, sino por el pasar grave y frívolo de los acontecimientos como si fueran las únicas experiencias posibles en un paraje devastado por la guerra. Unos gestos cotidianos que devienen excepcionales porque no hay nada más. De lo que se da cuenta aquí es del logro de haber ocupado casi trescientas páginas con episodios deshilachados, sin armazón argumental sólido, voces y vidas cruzadas en busca de un destino cuyos personajes ya no pueden reclamar, sino como puro discurrir en un presente eterno y maldito. Ellos, los jinetes, han sobrevivido a ejecuciones, bombardeos, epidemias, prisión, “a las balas perdidas. Al paso de los años. A la mano de dios y los caprichos del diablo…. Habían sobrevivido a la ciudad capital de la muerte.”

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Entre tanta destrucción surge la escritura de un providencial Toscana, tocado por la mano de los dioses, para interpretar de qué manera se puede resurgir como un ave fénix de un “presente oxidado” por la salvación de un “futuro que relumbra”.