23 oct 2020

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Selecto ambigú

El amor (así, a secas)

Josep Maria Fonalleras presenta este jueves en la librería Laie su primer poemario, 'L'estiuejant', con delicadas ilustraciones de Leonard Beard

Olga Merino

Josep Maria Fonalleras, en Barcelona.

Josep Maria Fonalleras, en Barcelona. / SERGI CONESA

Llueve. Se ha puesto a llover con ganas sobre esta Barcelona que no sabe lloverse. Diluvia en Gràcia, sobre la plaza de la Virreina, sobre el toldo del bar Salambó, donde prendió el amor frente a un par de gintónics. Jarrea sobre el poeta, que ha venido en tren desde Girona con una mochila rojinegra y pesadísima, donde transporta sus herramientas como si fuese un carpintero: la barrena, el martillo, la garlopa y el formón con que ha tallado su primer poemario, 'L’estiuejant' (Edicions Vitel.la). Hablamos con y de Josep Maria Fonalleras, quien bautiza el libro, con finas ilustraciones de Leonard Beard, esta tarde, a las 18.30 h, en Laie (Pau Claris, 85), un acto íntimo y con inscripción previa por  las servidumbres del maldito covid (info@edicionsvitella.com). De todas formas, la presentación se retransmite por el Instagram Live de la librería.

Un primer poemario, a los 61 años. Esta frase es más falsa que un euro de madera, porque a Fonalleras se le delata la pulsión poética en las novelas y en cada uno de los artículos que escribe casi a diario para esta santa casa. Vocación poética y de veraneante, de hombre que transita por la vida como si fuera un verano infinito, la estación donde la luz despiadada incide sobre las cosas y los hechos hasta casi achicharrarlos, donde el tiempo se expande hasta detenerse en una eternidad minúscula. Fonalleras es sobre todo mirada, crítica y tierna a la vez.

Conversamos el sábado, a cobijo del aguacero bajo el techo del Salambó, al que dedica uno de los poemas de 'L’estiuejant', gestado entre dos primaveras, la del 2018 y esta última, la primavera robada por el encierro y el estado de alarma. Sentados a una de las mesas, el poeta abrió la mochila y sacó sus 'eines', sus mapas, los secretos de la orfebrería, decenas de papeles donde interconectó ideas y escandió versos con paciencia y precisión de neurocirujano. Postales, destellos, a veces un haiku o un tanka, imágenes. De entre la montonera de anotaciones, salió incluso una estampa del cuadro 'Las edades y la muerte', de Hans Baldun Grien, donde la de la guadaña intenta arrastrar a una joven voluptuosa que parece resistirse. Esos son los grandes temas que explora el poemario: la muerte, el paso del tiempo y el amor (¿acaso hay algo más?). Un amor que duele menos. Ya no somos el que fuimos ayer, ¿o sí? A veces, como dijo Pessoa, el poeta es un gran fingidor, «finge tan completamente/ que hasta finge que es dolor/ el dolor que en verdad siente».

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Fonalleras entiende la poesía a la manera del más importante de los poetas románticos ingleses, William Wordsworth («palabras que valen», ¡qué apellido tan envidiable!); es decir, el verso tiene su origen en el recuerdo tranquilo de emociones pasadas. La simplicidad, lo esencial, la fragilidad de lo perdurable, observada desde la lejanía, desde la distancia, como defendía Joan Vinyoli, otro de su grandes referentes: «Que lluny de tot aquest vaivé lentíssim/ d’onades a la sorra dels miratges».

Hay mucho azul mediterráneo en 'L’estiuejant', mucho mar, siempre recomenzado. ¿Qué más decir sin destriparlo? La poesía explicada pierde algo de magia. Léanlo. Disfrútenlo con lentitud y, de ser posible, con una doble banda sonora: la 'Sarabande', de Haendel, y el sirtaki que Zorba el Griego sigue bailando en la playa.

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