29 oct 2020

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Que no pare la música

Versos para el siglo XXI

Josep Pedrals predica los poderes "mágicos" de la palabra como poeta, rapsoda, activista y codirector, con Mireia Calafell, de Barcelona Poesia

Jordi Bianciotto

El poeta-rapsoda Josep Pedrals  codirector del festival Barcelona Poesia

El poeta-rapsoda Josep Pedrals  codirector del festival Barcelona Poesia / SERGI CONESA

Una de las perlas que nos ofrece el festival Barcelona Poesia es una mesa redonda titulada ‘¿Qué es un verso en el siglo XXI?’ y la moderará Josep Pedrals, vivaz activista de la rima a quien en el instituto ya llamaban “el poeta”. Aunque se crió junto a una biblioteca que ocupaba un piso entero, la de su padre, que había sido capellán (Mossèn Pedrals: esto ya da para otro artículo), él siempre ha querido sacar la poesía de los sacros tomos literarios y fundirla con la vida a pie de calle. “Y si había que escribir el himno del equipo de fútbol de la clase, se hacía”, revela quitando hierro a su querencia por el verso, que muchos años después le ha llevado a codirigir (con Mireia Calafell) esta muestra lista para una edición de urgencia, que a partir de este martes acogerá a rapsodas, trovadores y teóricos de las letras en escenarios como el jardín de la Casa de la Misericòrdia y el CCCB.

Pedrals no tiene aspecto de tipo torturado, ni habla de poesía como si estuviera tratando de descubrir a qué huelen las nubes, y está más a favor de la palabra “viva y feliz” que de la “triste y melancólica”. De aquella biblioteca familiar le queda un fondo letraherido: está “obsesionado” con el barroco y maneja excitantes teorías sobre su gran ídolo pop, el Rector de Vallfogona. Pero su visión de la jugada se amplió aquel día en que su amigo Eduard Escofet, con quien compartía aula en COU, le llevó a ver a poetas que se atrevían a subirse a un escenario: Jesús Lizano, Joan Vinuesa, Accidents Polipoètics... “Un flipe”, recuerda en términos coloquiales.

El sonido de la palabra

Poco después, en calidad de joven promesa, se vio recorriendo Catalunya en coche con la ‘troupe’ de Enric Casasses, Dolors Miquel, Pau Riba... “Y me di cuenta de cómo me gustaba decir mi poesía, hacerlo sonoramente, tal como la había concebido en mi cabeza”. Pedrals se considera un tipo con suerte, y ha tratado de que “esa suerte no resulte estéril”.

A fe nuestra que no lo ha sido: Pedrals ha inventado actividades poéticas desde El Prat hasta Ripoll, pasando por el bar Horiginal, da clases en el Ateneu y en la Beckett, y se patea 50 institutos al año. Ha fundido su verbo con la música electrónica de la mano de Guillamino, ha cantado con Els Nens Eutròfics y ahora maquina un espectáculo con el héroe del saxo Llibert Fortuny. Lleva su arte declamatorio a las fiestas mayores, y le hace feliz cuando al terminar “viene un abuelo y te dice: ‘nunca había escuchado así la poesía’”.

¿Cómo, así? Pues como un acto natural, defiende, y sin timidez. Pedrals cree que los poetas de las últimas quintas son “más trovadores” y tienen “más tablas y determinación a proyectarse al público”. Se trata de hacerlo sin abaratar el mensaje, “pensando poéticamente”, pero disponiéndose a ver poesía allá donde no estaba ni se la esperaba. “Hoy me he levantado con la canción de Nathy Peluso en la cabeza”, observa Pedrals, y aflauta su voz imitando su dicción y su medio falsete con cadencia hip-hop. La música de las palabras.

Volvemos a la pregunta: ‘¿Qué es un verso en el siglo XXI?’, ahora que el Nobel ha recaído en una poeta, Louise Glück. “La palabra mágica, el sortilegio con efectos curativos”, aventura él. “Quizá con más acento social, forzados por la situación”. Pero la definición puede cambiar. “Porque no eres el mismo que el día anterior. Así que..., tío, ¡yo qué sé!”.