La Contra

El Yiyo y la tormenta de su 'troupe'

El bailaor de Sant Roc y sus hermanos, El Tete y El Chino, siguen taconeando con ilusión y nuevos bríos. Muy pronto, actúan en el Teatre Blas Infante, de Badalona

El Yiyo, el Tete y el Chino, los hermanos Hernández, en su estudio de Sant Roc.

El Yiyo, el Tete y el Chino, los hermanos Hernández, en su estudio de Sant Roc. / MARTÍ FRADERA

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El compás, como el carisma, o se tiene o no se tiene. Ni se imposta ni se aprende en la academia, y a El Yiyo (Badalona, 1996) ya se le notaba ese pellizco especial a los 4 o 5 añitos, cuando se arrancaba a bailar en bautizos, cumpleaños y otros saraos familiares. Un fenómeno, un superclase que fraguó su talento en pequeños tablaos y logró, en poco tiempo, que le pusieran la alfombra roja. Yiyo viene de Miguelillo, que así le decía su abuelo, a quien se le cae la baba con el duende de su estirpe, los Fernández Ribas. Porque al primogénito le siguen los pasos sus dos hermanos, otros dos volcanes en erupción: El Tete (su verdadero nombre es Ricardo, 20 años) y El Chino (Sebastián, 13 años). Los dos pequeños se han integrado en el cuerpo de baile del nuevo espectáculo 'El Yiyo & su Troupe', estrenado el pasado 16 de septiembre en el Primavera Sound, en el Fòrum, la primera vez quizá que se programaba flamenco en un festival de música electrónica. Lo viejo y lo moderno.

El encuentro con el clan se produce en Sant Roc, el barrio de Badalona que los vio nacer y crecer, donde el flamenco, la música de raíz de los gitanos, flotaba en el aire, en las esquinas de un rincón humilde donde cantarse una coplilla o tocar una farruca con la guitarra eran el pan nuestro de cada día. Un barrio con sus problemas, construido para albergar a los chabolistas de Montjuïc y el Somorrostro, a veces, con cemento aluminoso, otra sinvergonzonería del tardofranquismo. Viviendas minúsculas que invitaban a jugar a fútbol en la plazoleta, o a saltar a la comba o, por qué no, a bailar por alegrías.

«Es lo que hemos mamado; cuando yo era pequeño, el flamenco se pegaba aquí más que la pandemia esa», dice con guasa El Yiyo, a quien, por cierto, el decreto del estado de alarma lo sorprendió en Madrid, actuando en El Corral de la Morería junto con su hermano, El Tete, y los dos tuvieron que coger el portante corriendo antes de que el virus nos recluyera.

Viven los tres en el barrio, bajo el techo paterno, en un piso «muy normalito» donde pasaron juntos el confinamiento como tigres enjaulados, no por el encierro en sí -se encuentran muy a gusto con la familia, con papá Ricardo y mamá Laura-, sino por el cambio drástico de hábitos, acostumbrados como están a andar de acá para allá, de bolo en bolo. El vaivén, cómo no, ha disminuido por culpa de este maldito covid que nos tiene viviendo a medias. Por lo menos, el parón les sirvió para repensar y pulir 'El Yiyo & su Troupe', que presentarán en Madrid, nada menos que en el Teatro Real, el próximo 3 de noviembre. Y, ojo, que enseguida después regresan a casa: el 27 de noviembre, en el Teatre Blas Infante, de Badalona.

Los chicos se presentan puntualísimos a la cita en el estudio, a dos pasos de su domicilio, acompañados por su padre y mánager, Ricardo Fernández, nacido en Úbeda (Jaén) pero trasplantado a Badalona cuando apenas había aprendido a caminar. A él le deben mucho los chavales: el inculcarles la disciplina, el tesón, el caminar rectos en un sendero, el del artisteo, difícil, cuesta arriba y lleno de trampas. Aunque Ricardo iba para futbolista -jugó en los juveniles de RCD Espanyol-, es innegable que lleva en la sangre una arraigada afición al flamenco que sus tres vástagos han logrado subir a los escenarios. Detrás del padre, acuden los tres, decíamos, con la mascarilla, las melenas al viento, la espalda erguida como un junco, el mentón desafiante y ese porte de «aquí estoy yo», un estilazo que ha cautivado a diseñadores como Armani o la firma Guess.

En este local, entre talleres, almacenes y naves industriales, los tres varones ensayan cada día, llueva o truene, confinados o no, porque con el talento solo no basta. Como decía el guitarrista Sabicas, si dejaba de tocar dos días, él ya se notaba flojera en los dedos, aunque el público no lo percibiera ni por asomo. El arte pide yunque y martillo. Lo que más lamenta El Yiyo es haber tenido que aparcar las clases en el estudio, los sábados por la mañana, por la distancia y contención que exige el coronavirus. Todo volverá.       

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Así, a palo seco, sin guitarra ni cajón, sin más acompañamiento que sus palmas, los tres son capaces de arrancar al duende de su siesta, de convertir la foto para estas líneas, la grabación en frío de un vídeo, en una fiesta, repiqueteando con sus talones sobre el piso como si, de repente, hubiese estallado una tormenta tropical con relámpagos de fuego y truenos eléctricos. Flamenco catalán, savia fresca que mezcla la ortodoxia con lo nuevo. El Yiyo, de la generación YouTube, con formación en ballet clásico y contemporáneo, asegura haberse reflejado en «muchos espejos», de haber chupado técnica de aquí y de allí. Por citar solo un par de nombres entre sus referentes, menciona a la grandiosa Carmen Amaya y a Eduardo Serrano, El Güito, con quien tuvo la suerte de pisar las tablas siendo apenas un crío. ¿El palo más difícil de bailar? No sabría decir, porque el flamenco es «un estado de ánimo», que lo mismo pide bulerías que una soleá. Por eso, como en el jazz o en el blues, es tan importante la improvisación.

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¿Adónde pretenden llegar estos chavales? «No me gusta ponerme límites», dice El Yiyo; «hasta donde se pueda», tercia El Tete con una mezcla de ambición y humildad propias de su edad. Anda estos días muy contento el mediano por un notición: el maestro Tomatito, el guitarrista que durante muchos años acompañó a Camarón, lo ha contratado como bailaor solista para su nueva gira.

Orgullo de Badalona. A buen seguro que el Blas Infante, en Llefià, reventará de aplausos el 27 de noviembre.