21 oct 2020

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Situación extrema del sector

Las salas de concierto, al borde del descalabro

Los locales, que se hallan al límite, se reivindican como programadores de conciertos más allá del ocio nocturno y exigen poder acoger música en directo, como los teatros y los auditorios

Jordi Bianciotto

La sala Razzmatazz, que lleva cerrada desde el mes de marzo.

La sala Razzmatazz, que lleva cerrada desde el mes de marzo. / FERRAN SENDRA

‘Sala de baile’, ‘sala de fiesta con espectáculo’, ‘discoteca’, ‘bar musical’... La música en directo en Catalunya está atascada en un laberinto administrativo porque las denominaciones de los locales no definen con precisión y al 100% su actividad y, en tiempo de pandemia, y sin hilar fino, todo ha ido a parar al (denostado) cajón del ‘ocio nocturno’. Pero estas salas han combinado siempre la función de discoteca, club o bar con la música en directo (nunca se ha podido vivir solo de los conciertos), y reclaman que se les permita al menos poner en marcha una parte de la actividad: poder colocar sillas distanciadas y acoger actuaciones como sí pueden hacer teatros y auditorios, y pese a que hablamos de aforos reducidos cuya rentabilidad es incierta o imposible.

La pesadilla se intensifica semana tras semana, y al agobio financiero se suma un agravio: la resolución que, el día 22, vía Procicat, aprobó el aumento de aforos del 50 al 70% en el área metropolitana de Barcelona, dejó a las salas en la intemperie, cerradas a cal y canto. Pasan los días y lo que la Asociación de Salas de Catalunya considera “un error” no se enmienda. “Hay una propuesta consensuada de modificación de la resolución, para que podamos abrir y ofrecer conciertos, y la tienen desde hace quince días en el departamento jurídico de Salut”, explica un contrariado Lluís Torrents, presidente de la ASACC y codirector de Razzmatazz. “No sabemos por qué no hay movimientos”. La asociación ve incoherente que mientras se da la luz verde a los conciertos en teatros se vete a las salas, que bien podrían formatearse sin problemas como auditorios con asientos.

El Curtcircuit, en la cuerda floja

El bloqueo toca de lleno a la ASACC, que organiza el Curtcircuit, cuya nueva edición debería arrancar este viernes con el concierto del grupo de trap PAWN Gang en la sala Wolf (120 localidades; su aforo es de 500), escenario que para el día siguiente ofrece a Javier Corcobado (dos pases, la nueva tendencia). “Si no se levanta la prohibición, tendremos que cancelarlo o aplazarlo, porque no podemos desobedecer una norma, aunque todavía esperamos que se imponga la sensatez y se pueda celebrar”, lamenta Carmen Zapata, gerente de la asociación y directora artística del ciclo.

El problema es que la clasificación de ‘sala de conciertos’ existe tan solo desde hace una década, y los locales han ido funcionando sin problemas con otra clase de licencias

El desencuentro tiene su origen en que la clasificación de ‘sala de conciertos’ existe tan solo desde hace una década, y los locales han ido funcionando sin problemas con otra clase de licencias, a veces heredadas de inquilinos anteriores, que, sin aludir específicamente a la música en vivo, les permitían ejercer esa actividad. “Las licencias de sala de baile, de fiesta o discoteca son las que tienen todas las salas”, explica Zapata. “Y, además, en Barcelona hace años que no se dan licencias para música en vivo”, lo cual explica que el epígrafe ‘sala de conciertos’ carezca de contenido y no sea representativo del sector. La administración, al aprobar el 70% de aforo para las descritas como ‘salas de conciertos’, en realidad, ha dejado fuera de la resolución a todas ellas, que operan sujetas a otras categorías.

No sin las barras

Con todo, este bloqueo no es el único quebradero de cabeza de las salas, muchas de las cuales, sobre todo las más grandes, ven difícil abrir, aunque se les permita, con los aforos reducidos. Aforos minimizados, más bien: ese 70% se calcula a partir de la ocupación con asientos, no con el público de pie, con lo cual, según Lluís Torrents, “acaba equivaliendo a un 15%”. Por ello, aunque se modifique la resolución, Razzmatazz seguirá sin abrir. Imposible poner en marcha el transatlántico sin sus cinco espacios con sus respectivas barras funcionando a todo gas hasta bien entrada la madrugada. “Abriremos cuando se pueda recuperar la actividad de los clubs y con un aforo mínimo del 60%”.

Sí que levantará la persiana, si se le permite, Apolo, con un aforo que puede rozar las 300 localidades, mientras que Luz de Gas lo está sopesando. “Pero, aunque solo fuera por ilusión, más allá del negocio, valdría la pena hacerlo”, apunta su director, Fede Sardà. Esta sala, que respira a golpe de ICO (“hasta marzo o así podemos aguantar”) iba a celebrar el pasado sábado su 25º aniversario trayendo a The Christians y The Blow Monkeys. Misión imposible. “Pero nos han asegurado que vendrán cuando volvamos a abrir”.

Copas por ‘whatsapp’

Otros escenarios mantienen los conciertos acogiéndose a licencias variopintas, como, en L’Hospitalet, L’Oncle Jack (este jueves programa a El Niño de la Hipoteca), que opera como café concierto y gracias a que se trata de un negocio familiar, conducido en pareja. Bolos para un máximo de 35 personas, “con plásticos entre las mesas y consumiciones que los asistentes piden por ‘whatsapp’”, explica su dueño, Jaume Ramon. “Hemos podido renegociar la hipoteca para tener los menos gastos posibles y para sobrevivir. Dos pases diarios, y si vendo 30 cervezas, pues eso que vas sumando”.

A todo esto, los fondos buitre acechan, buscando locales en los que cuando el temporal amaine “puedan montar una discoteca llena de mesas VIP, sin los riesgos de traer a artistas y con ingresos muy superiores”, advierte Lluís Torrents. Y el sector invoca al poder de la ciencia para salvarse, con el test rápido en el punto de mira. “Se está invirtiendo mucho para que sea rápido, barato y fiable, y creo que es el camino, y que podemos verlo hecho realidad en pocos meses”, suspira. Mientras, se trata de resistir. “Esta es una carrera de fondo, y quien pueda aguantar más tiempo, sobrevivirá”.